• Jhonny Jiménez Rodríguez

Ver y no fijarse


Extraño mirarme distinto en superficies inesperadas. Por ejemplo, ir por el centro de Bogotá y, al girar, verme en una ventana con marcos pintados del azul turquesa más intenso. Verme enmarcado y atravesado por un adentro que no habito, pero que se funde para mi retrato temporal. También hay un afuera, desde luego. La vida sigue moviéndose en ese momento en el que Jhonny decidió girarse para verse sin buscarse. Aun así, qué mirada tan despreocupada. Los ojos caen sobre sí mismos sin asombro de su propia naturaleza. Una revisión rápida, pero sin mayor rigor. En últimas, es una superficie que no está hecha para la vanidad del reflejo, sino para los ojos que husmean entre el afuera y el adentro. Entonces, paso de ahí. Pasamos todos los que descuidadamente nos veíamos sin fijarnos.


Un ascensor se abre, supongamos, y en su superficie metálica nos vemos por un par de segundos antes de dividirnos. Vamos tarde y el viento que baja desde Monserrate hizo de las suyas con el cabello. Hace falta acomodarlo un poco. Dos segundos. Un recuadro rápido que no agobia, porque ni siquiera queda tiempo para tales reflexiones. Ahora imaginemos otro ejemplo: verse en la ventana de un Transmilenio que hace del retrato una sobreposición en movimiento. Digamos que nuestro cuadro se hace de las calles que duran poco, los transeúntes que atrás se quedan e incluso otros buses con otros espejos en los que otras personas se ven a sí mismas y a nosotros. ¿Cómo no extrañar los reflejos inesperados, sucios e incompletos? Más bien, ¿cómo no extrañar los espejos que completan distinto y en más de un nivel?


Ahora con el encierro, las cámaras hacen de los espejos una experiencia diaria y prolongada. Todo el tiempo estamos siendo vistos, pero también nos vigilamos a nosotros mismos. Ya no hay superficies inesperadas, porque nos sabemos ya de memoria nuestro espacio doméstico. No hay ojos que vacilen en reflejos pasajeros. El recuadro de la cámara es un espacio controlado para la mejor luz, el mejor ángulo, la mejor composición. No me atrevería a decir que nuestras recientes circunstancias nos brindan una mayor consciencia visual, lo que quiera que eso signifique. Sin embargo, sí creo que nos obliga a revisiones extendidas de lo que vemos y mostramos. Pronto nos percatamos de alguna imperfección, porque el espectro en la pantalla nos dice: así estás tú, con tres pelos fuera de lugar y la camisa desajustada. Ojo ahí. Todos los ojos ahí, creemos. Hasta que el alivio se cura con el final de la llamada. Tal vez antes no había sido tan palpable la idea de verse en el contacto con el otro.


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