• Jhonny Jiménez Rodríguez

Un tinto para despedirse


En el centro del país una de las bebidas más populares es el tinto. A veces se toma antes, con o luego del desayuno, en las onces, luego del almuerzo y antes de la cena. No hay mal momento para tomarse uno, porque es para mojar la palabra y así pasarse un largo rato hablando con el otro. “¿Un tintico?”, decimos para hacer una invitación de duración indefinida. El tinto, entonces, nos reúne. Incluso, la bebida tiene sus formas más variopintas: café cuando le ponemos leche, perico cuando es menor la cantidad, carajillo o envenenado cuando lleva aguardiente y así, sucesivamente, con helado y bizcochos.

Es una bebida tan especial que tiene sus propias cualidades: sin azúcar quita el dolor de cabeza y en un termo es energizante cultural. Nuestra relación con el tinto es tan a fin que, además de cafeterías y salas, está en los eventos más insospechados. Por ejemplo, en las funerarias hay una sala con una greca de la que sirven tinto y aromáticas. Los muertos pasan dos días, por lo general, rodeados de coronas de flores y rostros alargados que no saben qué decir, porque en últimas la muerte es silencio. Supongo que así decimos sin hablar que su partida nos duele. Pero en la otra habitación en la que los vasos plásticos se llenan y el vapor da toques en la cara a las personas, las lenguas se remojan y sueltan largos discursos de sus propias vidas para ponerse al día con los demás. Podríamos decir que, incluso, el tinto es capaz de curar ciertos dolores, disminuir las lágrimas y aumentar el chisme.


A mí me gustaría despedirme de una amiga. Decirle: “Has sido maravillosa. Y ahora que te vas, te daré un abrazo inmenso. Lamento no haberte visitado antes. Me has dicho ingrato y es cierto”. La visitaría en su casa y nos tomaríamos un tinto para adelantarnos de nuestras vidas, mientras a sorbos como besos la bebida iría disminuyendo su nivel. Me despediría y luego iría a su funeral lleno de largas caras en las que tomaría tinto y me pondría al día con los demás. Pero ahora ella está muerta y no habrá funeral por el encierro. No hay familias, amigos, conocidos y astutos tomadores de tinto que se reúnan para recordarla y sentir que en el sabor a café hay algo dulce incluso en medio de la muerte.




Yo me tomaré un tinto por ti, Diana. No tengo otra forma de despedirte.



Imagen tomada de: (Simberg, Hugo. El jardín de la muerte, 1896) Imagen tomada de: https://historia-arte.com/obras/el-jardin-de-la-muerte


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