• David White Valencia

Un perfil de don Iván Duque Márquez



Nunca hubo un hombre cuyas acciones y carácter hayan sido más profunda y abiertamente examinados que los del actual presidente, quien habiendo gobernado una nación culta y libre durante más de dos años, rodeado de tal poderosa oposición, puede hacer una gran biblioteca de lo que ha sido escrito en contra suya. Este ha sido el tema de más de la mitad de los periódicos que se han emborronado en el país en estos últimos años. Deseo, por el honor de nuestra tierra, que todos sus perfiles hayan sido dibujados con tal juicio e imparcialidad como para obtener algún crédito en la posteridad, así como para mostrar que nuestra libertad, al menos por esta vez, ha sido empleada para un buen fin. Solamente temo errar en la premisa de mi juicio, pero, si es así, esta no es más que otra página que arrojar lejos, detrás de mil que, sobre el mismo tema, han perecido y se han convertido en inútiles. Mientras tanto, me persuadiré con el agradable pensamiento de que el siguiente perfil será seguido por futuros historiadores.


Don Iván Duque Márquez, presidente de la República de Colombia, es un hombre de habilidad, no un genio; amable, no virtuoso; constante, no magnífico; moderado**, no equitativo. Sus virtudes, a veces, están libres de la alianza con esos vicios que normalmente las acompañan: es un generoso aliado, sin ser un enemigo acérrimo. Sus vicios, en cambio, no están compensados con esas virtudes que suelen ser sus aliadas. Su falta de iniciativa no está acompañada de moderación.


Como hombre, su carácter privado es mejor que el público; sus vicios mayores que sus virtudes; su fortuna mucho más grande que su fama. A pesar de sus canas, ha sufrido el odio del público; a pesar de sus ademanes y famosas sentencias, no ha escapado al ridículo. Habría sido estimado más adecuadamente si nunca hubiera gozado de tan alta posición; en definitiva, estaría mejor cualificado para un segundo lugar en el gobierno que para el primero. Su presidencia ha sido más ventajosa para su familia que para el pueblo, mejor para perpetuar que para regenerar, y tan perniciosa por los malos precedentes como por quejas auténticas. Durante este tiempo, la economía naranja no ha florecido, la libertad ha disminuido y la educación ha ido a la ruina.


Como hombre que soy, lo entiendo; como estudioso, lo detesto; como colombiano, espero tranquilamente su caída. Y si yo tuviera algún escaño en el senado, daría mi voto para verlo salir de la Casa de Nariño, pero me conformaría con que su gobierno terminara en el primer periodo y se retirara, como su mentor debería haberlo hecho hace años, para que pasara el resto de sus días de forma feliz y placentera.


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* Esta es una adaptación del ensayo “Un perfil de Sir Robert Walpole”, del filósofo, historiador y ensayista David Hume (1711 – 1776). La versión utilizada se encuentra en el libro “De los prejuicios morales y otros ensayos” (pp. 51 – 52), lanzada en el 2009 por la Editorial Tecnos de Madrid, España.


** Moderado en el ejercicio del poder, no en acapararlo.


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