• Edith Rojas

Tránsitos de ausencias…


Pensé que hablaba de mi libertad antes de encontrarme deshabitade… luego tuve que decirme que la libertad es muy distinta al abandono. Y no sé a este momento cuántos tránsitos de emociones he experimentado, pasé por risa, el anonadamiento, la rabia que muta a tristeza y ahora te hablo de la ausencia que dejan todos los lugares que nadie más podrá ocupar, habló de la guarida que construimos juntxs (1) y que dejaste para mí, un refugio propio para salvarme a mí misme, tomar chicha y escuchar a Chavela Vargas con amigues.


Es solo que luego de tu partida ya no pasan esas cosas, ya no es tan espontáneo el vínculo y cuando me veo al espejo, veo un animal herido. Tuve que cambiar los muebles de lugar para darme cuenta que habían pasado tres o cuatro años y para decirme que, aunque ahora soy más fuerte, a veces me siento como un niñe pequeñe cuando te extraño y siento que nada va ser igual, no solo por tu ausencia, sino por la propia ausencia que siento de mi misme.


Entre la cantidad de basura virtual encontré un texto en el que alguna vez reflexioné sobre ti:


Yo no te culpo madre, ese fue el amor que te enseñó tu cristianismo. Siento que esa sumisión cristiana que tú llamas libertad me aleja de ti y de esa imagen de amor. Te miro y solo puedo decir que no quiero amar como tú. Te miro y me reflejo madre y “si tuviera que nombrarte te llamaría silencio, negación, madre sometida, invadida, madre amordazada, madre arrancada del cuerpo, madre pariendo sin parirse” (2). Madre no me pidas alejarme de mi libertad, porque me amo cuando me libero de todos esos miedos que tu junto a mi padre pusieron en mí. No me dejes madre volver a esa niña asustada que jamás se lanzó al abismo para encontrarse. No me pidas alejarme de mi soledad, no me digas que sin un hombre no seré, no me digas que sin hijos tampoco seré, porque yo he elegido amarme madre para no volver al amor cristiano.

Un año después, estabas haciendo tus maletas para un viaje de un mes, no pensé que sería la última vez que te vería. Ahora me trago mis palabras, como quien toma vino amargo, y celebro palabras tan poco acertadas, celebro tu valentía de irte, de recomenzar tu vida y de acogerte a ti misma.

Solo el diálogo con tu ausencia me enseñó lo solitaria que podría sentirse esta casa, lo asqueroso que es cuidar a otres cuando no es recíproco, lo que simbolizó cada movimiento tuyo, lo que significa sentir la violencia en el cuerpo y al mismo tiempo estar tan cabreada para destruirlo todo, para convertirte en fuga y salvar lo único que quedaba, tú misma.


Desacomodarse también es un acto político cuando la inseguridad se nos aferra al pecho y nos enseña a contemplar los abismos, mientras nos repetimos que No, que otras vidas no nos son posibles, que lo único que tenemos son nuestras certezas y desde ese día cabrón mientras abrazamos lo seguro, la rigidez de nuestro cuerpo y el vértigo, negociamos con el patriarcado y quedamos incrustadxs a un lugar y a un cuerpo por nuestres miedes (3), pero las certezas mutan y pese a tus miedes te lanzaste al abismo para darte vida a ti misma y ahora veo tus fotos en el mar y creo en lo profundo de mí, que otras vidas nos son posibles y me aferro a la posibilidad de encontrar en el caos otra vida y otras respuestas.

Y te citó madre como citaría a las grandes escritoras tercermundistas que amo, porque por mucho tiempo pensé que no tenía nada de ti para poner en mis textos y hoy encuentro en ti la fuga para encontrar mi valentía y me encuentro en ti en la renuncia a las certezas, que me convocan al nomadismo corporal.


No es tan distante madre renunciar a los lugares físicos como la posibilidad de renunciar a nuestrxs cuerpxs normalizados y pienso en lo profundo que significó para mí leer a Diana J. Torres (La Pornoterrorista) jadear en un tono contestatario “Nuestro cuerpo, ese territorio que habitamos a veces sin saber nada o casi nada sobre él, está completamente atravesado por estas mentiras. Comandamos nuestras carnes desde un cerebro cuyos recovecos nos son absolutamente ajenos” (4) y su poder de destruirme todas las certezas, que ahora nombró como mentiras…mentiras que atraviesan nuestros cuerpos y nuestras carnes, no sin dejar heridas y grietas por las cuales mirar los lugares a los que no queremos volver.


Si pensamos en nuestros cuerpos, nuestro género y nuestras sexualidades, podemos encontrar esas heridas que acompañan nuestras construcciones, porque nos enseñaron a encarnarnos desde las verdades absolutas, narraciones desde la convicción heterosexual y binaria y sobre el miedo de ser lo otro o la fantasmagórica imagen de la rareza.


Nunca nos hablaron de la alquimia, la metamorfosis o otras maneras de encarnarnos y nada me cabrea más que ese silencio…territorio donde tuvimos que escarbar para encontrar nuestras trincheras, nuestros cuerpos, nuestras voces y el abrazo a nuestras monstruosidades. Un no-lugar donde conjugar la rabia para convertirla en venganza, esa posibilidad sanadora de equilibrar el universo como me lo enseñó La Pornoterrorista.


Mi rabia se desata en el escupitajo a la heterosexualidad obligatoria. En mis mutaciones que abortan el género como una compresión binaria. En mi abrazo a esa niña y esas otras que fui, pero a las que no deseo volver. En mis paseos de profe raritx que incomodan las instituciones educativas. En mi beso a esa criatura monstruosa, cabreada con su feminidad y tanta masculinidad tóxica y suficientemente traidora al heteropatriarcado para encontrar su trinchera en el nomadismo del ser, en el hackeo corporal que nos invita a mover nuestros cuerpos como venganza a la certeza, a desenrainzarnos de las mentiras y mierdas con las que nos construimos. La venganza como la renuncia profana de nuestras carnes a cualquier institución que quiera anclar nuestras vidas, deseos o fuerzas de trabajo a su normalidad.


Notas de la autora:

  1. Las X que acompañaran este texto, hacen parte mi posición política frente al lenguaje, entendiendo que este no es imparcial y que juega un papel importante en las luchas feministas, como parte de la descolonialización del lenguaje y la visibilidad de las corporalidades más allá de las ideas binarias de mujer-hombre.

  2. Vélez, M. (1982). El feminismo: una alternativa política. En: Revista Brujas Las Mujeres Que Escriben. N° 1, P. 13.

  3. Habló de miedes con E porque considero que el miedo con O no es suficiente para retratar los miedos encarnados en los cuerpos feminizados o disidentes sexuales y del género.

  4. Torres, D. (2016). Declaración de intenciones. Coño potens. p. 7.




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