• Angelo Cifuentes

Sociedad superficial

Una de las clases del colegio que con más agrado recuerdo es ‘Lectura Contextual’, que equivaldría a lo que conocemos como ‘español’. Iván, mi profesor de la clase, siempre tenía una analogía, símil o metáfora para enseñarnos cualquier tema. Particularmente me acuerdo de la del iceberg, que fue la que nos dijo el primer día para explicarnos el propósito de la asignatura. La razón por la que siempre me gustó tanto es que es tan simple como reveladora: cuando vemos un iceberg, es fácil impresionarnos por sus tremendas dimensiones, sin embargo, lo sorprendente es que sólo vemos el 10% de su tamaño; el otro 90% está en el fondo del agua y es imperceptible a primera vista. Así pasa, nos decía Iván, con los textos, pues normalmente nos quedamos con el 10% que captamos en una lectura apresurada, por lo que el objetivo de esta clase será que aprendamos a analizar ese 90% restante, que es donde está el verdadero contenido.


Si hoy pudiera volver a hablar con Iván, le diría, con algo de desconcierto, que el ejemplo del iceberg no sólo sirve para explicar el análisis de textos, sino también para entender la discusión pública en nuestro país. Si nos fijamos, está centrada en hechos que, aunque escandalizan profundamente a los ciudadanos, son esencialmente irrelevantes y efímeros. Ejemplos de eso vemos todos los días, y basta con escuchar las noticias o visitar las redes sociales de los principales medios de comunicación para comprobarlo. En este momento, recuerdo dos que son bastante representativos y que, para fortuna de esta columna, fueron protagonizados por personas ideológicamente muy distantes.

Uno es el del famoso video en que se ve a Gustavo Petro recibiendo fajos de billetes para una de sus campañas. En su momento, fue una noticia que generó bastante ruido y que se mantuvo como el centro de la discusión durante varias semanas. El gran crimen moral – porque legal no había ninguno – residió en la práctica antiestética y escandalizadora que suponía recibir, en un ambiente muy enigmático, dinero en efectivo. Pero más allá de eso ¿cuál era el gran problema? ¡Ninguno! Y, sin embargo, el video fue la clave para desviar la atención del debate de control político que se le adelantaba a Néstor Humberto Martínez, el entonces Fiscal General. El segundo caso ocurrió cuando Iván Duque dispuso el avión de la presidencia para transportar a sus hijos y a algunos de los amigos de sus hijos. Esto desató la indignación de un gran sector de la ciudadanía, que no podía concebir tal atentado contra la moral pública. ¿Que si era algo reprochable? Seguramente sí, pero ese no es el problema. El problema aparece cuando este tipo de cosas – que, seamos honestos, no tienen ninguna consecuencia significativa para nuestra vida en sociedad – se vuelven el tema principal de nuestras discusiones políticas.

Y es problemático fundamentalmente por dos razones. La primera es que invisibiliza los hechos que realmente tienen impacto para el grueso de la población, como el que ocurrió recientemente cuando los dueños y gerentes de los bancos privados se repartieron ocho billones en dividendos, de los quince que el gobierno, a través del Banco de la República, desembolsó para que se convirtieran en créditos destinados a las personas más afectadas por la pandemia. ¡Ocho billones de pesos embolsillados en cuentas personales! ¡Eso equivale a una reforma tributaria! Y, en cambio, fue algo que tuvo una escasísima difusión en los principales medios de comunicación (en parte porque los banqueros son sus dueños. Pero el tema de la alianza oscura entre sector privado y medios de comunicación será objeto de una próxima columna).

La segunda razón es que terminamos desprestigiando a la política por acciones que son completamente naturales dentro de su ejercicio. Si escuchamos que líderes como Claudia López hacen campaña con la consulta anticorrupción o Germán Vargas lleras con las obras y casas que entregó, seguro que estamos listos a lincharlos mediáticamente. Pero eso no sólo es algo ingenuo, sino, además, necio. Es como pretender boicotear a un abogado penalista por cada caso que asume. En el terreno público, hacer campaña con iniciativas que se han liderado es algo completamente normal. Lo que pasa es que le hemos hecho juego a los medios de comunicación para satanizar y juzgar la actividad política bajo unos estándares puritanos absurdos que lo único que hacen es desnaturalizarla y deslegitimarla por cosas que le son inmanentes.

Ese es el gran problema de que nuestra discusión pública esté centrada en cosas inocuas o, en su defecto, naturales en el juego político. Por supuesto que las declaraciones salidas de tono o los viajes imprudentes de los funcionarios públicos pueden ser motivo de rechazo, pero volverlas el objeto por excelencia de nuestra deliberación, solo desdice de nuestra capacidad como sociedad para hacer juicios de valor sensatos y para entender las causas estructurales de nuestros problemas. Dicho de otra forma, es válido denunciar los hechos folclóricos y llamativos con los que los funcionarios públicos y líderes políticos nos sorprenden a diario, pero que eso no reemplace ese 90% que no se ve, pues es ahí donde reside la capacidad para hundir a un gran barco o a una gran sociedad.

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