• Life & Peace Engaement Foundation

Sobre violaciones y sus efectos secundarios



En estos días leí una noticia que hablaba sobre la ley que presentó la senadora María del Rosario Guerra, con la cual se pretende que para abortar se tenga en consideración la opinión del futuro padre. Cuando creí que mi asombro no podía ser mayor, y que la discusión por la legalización del aborto libre, sin condiciones y gratuito no podía estar más embolatada, me tope con una nueva noticia. Esta vez con un proyecto de ley, presentado por un hombre, que busca entregar un mínimo vital para las mujeres que hayan quedado en embarazo a causa de una violación y decidan no abortar.



Como si una violación no fuera un acto suficientemente aberrante, ofrecer dinero a una mujer por cargar con una vida que no fue concebida por elección, obligarla a parir y a continuar con todos los procesos que la maternidad demanda, es simplemente repugnante. Vivimos en un país donde las oportunidades son limitadas, las desigualdades son incalculables y las personas, en especial las mujeres, se ven forzadas muchas veces a realizar trabajos que no desean para poder sobrevivir y llevar algo de comida a sus casas.



Desde mi experiencia personal, que espero no sea la de muchas de ustedes que me leen, no podría imaginarme cargar con una vida que no desee traer al mundo, menos con una persona que me forzó y me penetró sin que yo quisiera. Tal vez la primera parte no me la imagino porque nunca he estado embarazada, lo que sí puedo imaginar es el sentimiento con el que se vive después de ser víctima de una violación.



Salí por unas cervezas con un amigo y terminamos en una casa donde solo habían hombres. Me gustaba tomar y cuando salía tomaba mucho. Esa noche no fue la excepción y me emborraché tanto que no logro recordar nada de lo que pasó después las cervezas y los primeros tragos de aguardiente. El último recuerdo que tengo de esa noche es estar en un cuarto acostada, inconsciente, sin poder hablar ni decir nada, recuerdo estar con quien en ese entonces era “mi mejor amigo”. No recuerdo cómo llegué a mi casa, la hora en que llegué o el estado en que llegué. La mañana siguiente me desperté, porque iba tarde para algún sitio, sentía un dolor intenso en mi vagina y cuando me desnude para bañarme, descubrí varios morados en mi pecho y en mi cuello. Me costaba sentarme, la boca me dolía y el sentimiento de culpa era intenso.



¿Qué pasó anoche? Escribir, coger el celular para buscar respuestas, escribir a la última persona con la que te acuerdas tener contacto.

  • Hola, Pepito. ¿Qué pasó anoche?

  • Nada, solo se nos pasaron un poquito los tragos.

  • ¿Tiramos?


No era una respuesta con la que me sentía cómoda, porque aunque soy partidaria del sexo casual y lo he hecho varias veces, por más borracha que esté, siempre recuerdo el momento en el que tomó la decisión de irme a la casa del sujeto y el momento en el que accedo a tener relaciones con él. Nunca, después del sexo casual, me había despertado con morados en el cuerpo, con dolor en mi vagina, con dificultad para sentarme o con dolor en la boca. Nunca supe lo que pasó, a parte del mensaje de Pepito, que por supuesto fue la última conversación que alguna vez mantuve con ese tipo, nunca pude darle explicación a lo que sucedió. Aún hoy en día no tengo claridad sobre esa noche, y si pudiera devolver el tiempo, habría decidido quedarme en mi casa y no salir.



Duré meses sintiéndome culpable, tratando de encontrarle una respuesta a la situación, sin poder hablarlo con nadie, porque ni yo entendía lo que había pasado. Fueron meses de culparme por estar demasiado borracha, por usar ropa “provocadora”, por no poder acordarme de lo que había pasado. Necesité meses para entender que no había sido mi culpa, que nada de lo que había pasado era mi culpa. Era culpa de él que me vio en un cuarto acostada y decidió penetrarme sin que yo dijera que sí, sin poder hablar, sin que pudiera defenderme porque no podía moverme, sin poderme quitar, ni poderlo quitar. Él es único culpable y el único responsable por lo que sucedió esa noche.



Tomo pastillas anticonceptivas desde muy pequeña por un problema en mis ovarios, por eso sabía que las oportunidades de un embarazo después de esa experiencia eran mínimas. Pero, ¿se imaginan que fuera una mujer en condición de vulnerabilidad, que trabaja 14 horas al dia y a duras penas reúne lo suficiente para llevar comida a su casa, la que sufre la violación y por su condición decide tomar el “mínimo vital”? No se confundan, esto no protege ninguna vida, solo nos obliga, nos fuerza a parir seres humanos que luego se volverán invisibles para el sistema.



¿Cuántas historias como la mía tienen que pasar?, ¿cuántos testimonios deben salir?, ¿cuántas mujeres deben morir realizando abortos clandestinos? Para que ustedes llamados “pro-vida” (que si me preguntan a mí deberían llamarse pro parto, porque después del parto poco les importa la vida) entiendan que el cuerpo es nuestro. Que los cambios hormonales que sufrimos durante este proceso de gestación no son cualquier cosa. Que son 9 meses en los que se forma un sujeto dentro nuestro cuerpo y que es toda una vida la que sacrificamos para traer una vida al mundo. Riesgos, cambios hormonales, y eso sin hablar del parto y lo que viene después de este.



No es matar, es entender que no pueden obligarnos a parir como si nuestro único propósito en la vida fuera este. Es entender que la opción de abortar en condiciones adecuadas, asequibles y de conocimiento público es un derecho: nuestro derecho. La solución no es entregar plata y lavarse las manos, es proteger a la madre de las situaciones que puedan derivar en una concepción forzada y crear políticas públicas que aseguren educación sexual y reproductiva para todas y todos.



A la senadora que pretende que la opinión del padre sea tenida en cuenta para realizar un aborto y al senador que pretende evitarlos dando un mínimo vital (poniéndole un precio a la vida), les digo que sobre mi cuerpo decido yo. Sobre tener sexo con alguien decido yo. Sobre gestar y parir decido yo, y me están privando de mi derecho a elegir porque me niegan y me castigan si escojo una opción diferente a parir.



¡La maternidad será deseada o no será!



Nota: Quiero pedir perdón a todas mis hermanas que han pasado por lo mismo que yo y que han denunciado, perdón por no ser suficientemente valiente para denunciar a mi agresor y contar mi historia de manera anónima. Llegará el día en que sea tan valiente como ustedes y pueda dar mi testimonio con nombres propios. Por ahora, les agradezco su valentía y fortaleza, sus historias nos dan fuerza y esperanza a las que aún no somos capaces de hablar. Hermanas, a todas y cada una de ustedes, YO LES CREO


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