• David White Valencia

Sobre la medición del tiempo

“Solo presuponiéndolo [al tiempo] puede uno representarse que algo existe al mismo tiempo (simultáneamente) o en tiempos diferentes (sucesivamente)”.


Immanuel Kant – Crítica de la razón pura (B46) (2017)




Solemos ubicarnos bien en el tiempo: somos capaces de recordar eventos del pasado que nos marcaron, imaginamos posibles sucesos en el futuro que quisiéramos que ocurrieran, sabemos que el martes viene después del lunes y tenemos claro que una hora dura más que un minuto. Sin embargo, y aunque desde pequeños nos adecuamos a ver relojes por doquier que nos indican el paso del tiempo, no es habitual que nos preguntemos por el tiempo mismo: ¿qué es el tiempo? ¿Podemos cambiar el curso de las cosas o todo está predeterminado? ¿Por qué no hemos podido retroceder en él? Es más, nos enseñan a leer los relojes análogos para que apliquemos la multiplicación por cinco y a estar pendientes de la hora para aprender a ser puntuales, pero ¿por qué se le mide como lo hacemos?


Las primeras preguntas han sido motivo de reflexiones filosóficas, físicas y astronómicas durante muchos siglos. Pensadores de la talla de Newton, Leibniz, Einstein y Aristóteles han formulado diferentes respuestas al respecto, dándonos cada uno diferentes perspectivas sobre el tema, todas con buenos argumentos y cada una más refinada que la de sus predecesores. Sin embargo, el objetivo de estas líneas es pensar con más ahínco sobre la última pregunta: ¿por qué medimos el tiempo del modo en que lo hacemos? ¿Será que en la naturaleza existen realmente las horas o los minutos?


Parto de un punto básico, expresado en la cita de Kant que abre este escrito: el tiempo es la forma que tenemos de organizar los eventos como simultáneos unos con otros o como sucesivos unos a otros. Sin el tiempo, no seríamos capaces de organizar nuestra experiencia en un antes y un después, de diferenciar las causas de los efectos ni de percibir el movimiento (pues este solo es posible en el tiempo). Ahora bien, y aunque todos los fenómenos de nuestra experiencia ocurran bien al mismo tiempo, bien unos después de otros, la manera que tenemos para medir su paso es enteramente convencional.


Me explico: si pensamos en una porción de tiempo cualquiera, nos solemos referir a ella en relación con otras porciones de tiempo más pequeñas: un año son 365 (o 366) días, un día tiene 24 horas, una hora tiene 60 minutos y un minuto tiene 60 segundos. ¿Y un segundo? Podríamos decir que es la sexagésima parte de un minuto, pero caeríamos en una definición circular. Ahora bien, si revisamos la definición de “segundo” que se usa actualmente, que es la unidad básica de tiempo (así como el metro es la unidad básica de longitud), nos encontramos con la noción del tiempo atómico:


“Un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K”.


¿Podría alguien admitir sin problema que piensa en un segundo tal y como se define por el Sistema Internacional de Medidas? Es más, ¿por qué ese número en específico? ¿Será que si en un segundo ocurren más de nueve mil millones de oscilaciones de dicha radiación, una más o una menos hacen que ya no sea un segundo? Además, el cero absoluto (0 K) es inalcanzable, lo cual afecta, aunque mínimamente, la definición.


Si pensamos en esta cuestión más a fondo, la medición del tiempo se basa en un principio convencional, no absoluto ni basado en razones independientes de nuestra subjetividad. Lo anterior se deriva del hecho de que el tiempo es continuo, por lo que no se detiene o cambia cada que nuestro reloj hace tic-tac. No hay en el universo algo tal como un segundo, o un minuto, o un año. Solo podemos hablar de la medición del tiempo desde una perspectiva humana, pues vemos que las cosas en el tiempo cambian, no el tiempo mismo. Siendo más refinados, las delimitaciones específicas de tiempo que usamos (segundos, días, décadas…) no existen ontológicamente, sino epistemológicamente.


Con lo anterior me refiero a lo siguiente: organizamos toda experiencia en el tiempo, y la forma en la que medimos específicamente dicho tiempo es totalmente dependiente de nuestra perspectiva del universo: por ejemplo, medimos el año como el periodo de tiempo que tarda la tierra en volver a un mismo punto respecto del sol. No tenemos herramientas para hablar del paso del tiempo por fuera de las delimitaciones que, convencionalmente, le ponemos, aunque esto no significa que dicha convención sea una mera arbitrariedad del tipo “a unos tipos les dio por decir que eso era un segundo”. Suponer eso es ignorar que debemos delimitar los eventos en el tiempo para poder organizarlos y que sean significativos para nosotros, además de que equivaldría a desconocer la gran utilidad que presenta para nosotros ponernos de acuerdo en qué hora es.


Referencias:

Kant, I. (2017). Crítica de la razón pura. Madrid: Gredos.


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