• Ana María Cubillos

Si yo fuera una víctima


Un sector del pueblo colombiano comienza sus días acompañados de una taza de café, un desayuno y algo de noticias mientras se preparan para sus labores diarias. A otros, por el contrario, solo les basta su café. Existen casos en los cuales despertar simboliza la

esperanza de que los disparos y gritos durante la noche solo hayan sido un mal sueño.

Finalmente, el último ejemplo, aquel que, sin deseo de un café, inicia su día con la ausencia de alguno de sus familiares. Cada persona vive su propia verdad y la importancia brindada a lo ocurrido a nuestro alrededor depende de un proceso individual. No obstante, existen situaciones que sobrepasan la realidad unipersonal. Así como lo son las recientes masacres, los asesinatos a líderes sociales y excombatientes, los actos de violencia sexual en contra de mujeres y niños, o sencillamente cada acto de violencia que nos retorne a la época más dolorosa del país.


Aunque no podemos caer en el error de generalizar, somos conscientes de que no ser

víctimas directas o indirectas del conflicto armado dificulta entender la realidad de quienes sí lo han vivido, sin embargo, no es excusa para ser indolentes. Siendo este el factor que más ha estado presente dentro de nuestra sociedad en los últimos años, y para explicarlo planteo dos teorías.

Primero, ha sido tanto el dolor sufrido como país que una nueva gota de sangre se derrama sin siquiera sensibilizarnos, reflejando la costumbre de normalizar fenómenos relacionados con la violencia. Segundo, nos transformamos en seres humanos que viven el día a día enfocándose en los intereses propios y superficialidades, que únicamente opacan el llanto de regiones invisibilizadas que claman por ser escuchadas. El punto central se encuentra, entonces, en que la reacción de muchos colombianos frente a los nuevos actos de violencia pareciese no ser relevante dentro de la cotidianidad que están viviendo, dando a entender que la memoria colectiva de lo ocurrido durante los últimos sesenta años no existe.

Si yo fuera víctima, haría todo lo posible para que nadie más repitiera mi realidad. Si yo

fuera víctima, desearía tener las mismas oportunidades que otros tienen. Si yo fuera

víctima, anhelaría tomarme esa taza de café sin ningún temor. Si yo fuera víctima esperaría tener gobernantes que implementen políticas no desde la Casa de Nariño, sino desde el territorio donde fui afectada. Si yo fuera víctima, querría conocer colombianos que no me traten con lastima cada vez que me ven. Si yo fuera víctima, soñaría con una sociedad que hace justicia a mi dolor a través de la memoria…

Sin embargo, todo lo anterior sigue siendo un sueño. Como dijo Enzo Traverso, “no se trata de identificar justicia y memoria, sino que frecuentemente hacer justicia significa también rendir justicia a la memoria”.

Finalmente, y sin profundizar en la política de seguridad del actual gobierno, deberíamos cuestionarnos si vale la pena seguir responsabilizando solo al abandono del Estado, o si fuimos nosotros, a través de la pasividad, quienes también abandonamos nuestro país. Tal vez “Si yo fuera víctima” se debería transformar en el nuevo hashtag de nuestra realidad. De esta forma, le prestaríamos la misma atención que a las demás tendencias en redes sociales y nuestra actitud frente a cada acto de violencia desencadenaría acciones que rindieran honor a todos aquellos que han perdido su vida en el marco del conflicto armado interno.

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