• Joseph Rueda

Salomé o los errores


Salomé, a los cinco años compartías las tardes y las noches conmigo. Hacíamos tareas juntos. Comíamos juntos. Veíamos Chip y Potato juntos. Cuando hacíamos tus tareas busqué enseñarte algo que me enseñaron a mí mismo cuando tenía tu edad. Me lo enseñó mi padre. Él me enseñó a dar todo de mí en cualquier tarea. Si es necesario, dar el doble o el triple de ti, pero jamás hacer únicamente lo que se te pida. Debes ir más allá. Una vez, en sexto grado, una profesora de Español me felicitó en frente de toda la clase porque le pareció valioso que siempre le preguntara más acerca de los temas que dictaba. Yo buscaba en internet lo que fuera que ella estuviera enseñando y le compartía la información y le preguntaba cosas acerca de lo que encontraba. Curiosamente, siempre perdía español porque era igual de parlanchín a ti, así que reprobaba la materia por convivencia. Siempre la perdía con Insuficiente (cuídate de no hablar mucho en el salón, pues por lo que veo, también sufres de ese mal que sufrimos todos en la familia: hablar mucho y hablar fuerte). Pero bueno, volvamos a mi papá. Él era asesor comercial. Vendía autos. Los fines de semana salía de Bucaramanga para visitar los pueblos aledaños y hacer negocios con comerciantes y terratenientes de la zona. Así que mientras sus compañeros vendían unos cuantos autos familiares en la ciudad, mi papá vendía múltiples carros de carga pesada en diferentes pueblos. Vendía autos con más valor y en mayores cantidades. Él es un gran vendedor.

Yo no siempre he seguido esa regla que me enseñó mi padre. Admito que en ocasiones no doy todo de mí mismo, pero procuro hacerlo constantemente. Lamentablemente, el modo en que mi papá (con quien ya no tengo contacto) me enseñó tan valiosa lección fue doloroso, humillante. Durante muchos años fue severo conmigo ante cualquier muestra de error, de “debilidad”, de mediocridad. Esto causó que yo fuera muy duro conmigo mismo y, una vez crecí y tuve que interactuar con más personas, me hizo ser duro con los errores ajenos. Además, lo anterior desdibujó los límites de la complacencia y de la autocorrección. En algunas ocasiones hacía todo lo posible para satisfacer a alguien con mis acciones; en otras, me mostraba demandante y no permitía ningún tipo de equivocación por parte de amigos o parejas. En últimas, buscaba evadir cualquier error. Propios o ajenos, los evitaba a toda costa. Pero cualquier persona sabe que evitar los errores es una tarea ciega (y un tanto estúpida).

Tengo 22 años. Ya he herido a muchas personas y me he herido a mí mismo en muchas ocasiones a causa de esta “ética del esfuerzo”. Te cuento un ejemplo: llegué a dormir entre tres y cuatro horas diarias durante siete meses solo con el propósito de demostrar que podía con todo, que no podía errar. Logré lo que me propuse: mantener un trabajo que necesitaba con urgencia y subir mi promedio académico. Vi muchas materias mientras trabajaba. Ahora que veo hacia atrás, sé que pude haber visto dos o tres materias y haber evitado la sobrecarga. Logré mi cometido, pero ¿a qué costo? No entraré en detalles, pero fue un precio muy alto que rompió mi relación afectiva con el mundo y conmigo mismo. Mi cuerpo, además, se sentía cansado. No lo traté bien porque “no podía equivocarme”. No dormía, no comía bien. Tomaba entre 4 y 6 energizantes diarios. Fumaba mucho. Todo por la ética del máximo esfuerzo que, de ser violada, venía acompañada de una ética muy severa del auto flagelo, del castigo.

Quizá hoy en día hay rastros de la severidad con la que me trataba y con la que trataba los demás. Pese a que parece casi extinta, creo que aún está en mi corazón, Salomé. Salomé, tú que al colorear te sales de las líneas y dejas espacios en blancos, que a veces confundes el cinco con el ocho, que a veces trazas líneas chuecas o muy gruesas, que haces la n al revés. Al principio sentía una profunda ira cuando eso sucedía e intentaba hacer que otra persona en la casa se encargara de ayudarte pues prefería evitar que cualquier tipo de palabra hiriente saliera involuntariamente a causa de mi ira, temía que mi actitud fuera hostil. No obstante, ahora solo yo puedo ayudarte. Mi abuela es impaciente y está enferma. Mi abuelo escucha poco y ya comienza a perder la memoria. Tiembla con más frecuencia, se distrae fácilmente, olvida las cosas con regularidad. Mamá está lejos (y sé que te extraña) y tu hermana también se fue de casa. Ahora solo yo puedo ayudarte. Nos sentamos en el comedor día por medio a hacer tareas: matemáticas, español, artes e inglés. —Salomé ¿cómo suena la s con la o? —Emmmm, ¡so!. —Muy bien ¿y si le pones una l? —Emmmm, la s con la o, la s con la o… so. Y la l que suena a llllll… sol. —Eso, ahora escríbelo. Y Salomé, tú lo escribes. Escribes ‘sol’ con el crayón amarillo pollito, porque el sol es de ese color.

Te preguntarás qué hago cuando te equivocas. Si no lo recuerdas, no te preocupes. No niego que llego a enfadarme en algunas ocasiones porque no soy paciente (pero lo disimulo muy bien). Tus errores me parecen valiosos. Si haces algo mal, te pido que lo rectifiques, te enseño cómo deberías hacerlo. Si coloreas mal, te pregunto si crees que puedes hacerlo mejor. Me dices que sí y lo mejoras. Tienes un gran sentido crítico, eso no lo niego. Es una manera más sana, creo yo, de enseñarte a hacer las cosas con esfuerzo, pero también a aceptar los errores.

Un profesor de filosofía, a quien aprecio mucho, me enseñó que la vida es un borrador, que no hay nada definitivo. Espero poder mostrarte, Salomé, si es que me mueve algún tipo de motivo justo, que el amor que siento por ti admira tus errores y tus aciertos, y que no quiere que pienses que algo en la vida es concluyente. Generalmente, nada lo es. Quiero que el amor que sientas por ti y por los otros, te permita considerar los errores propios y ajenos con un espíritu firme. No espero que seas indulgente contigo y los otros, pero espero que no temas a los errores tal como yo lo he hecho. Y espero que ese amor que yo siento por ti, tú lo sientas por ti misma. Espero que celebres las letras escritas al revés y las ardillas coloreadas con rojo (aunque yo mismo te haya dicho que las ardillas son marrones) porque cuando seas grande, hermosa mía, escribirás otro tipo de letras en sentido contrario, dejarás otro tipo de espacios en blanco, te saldrás de otras líneas y, seguramente, también habrán problemas y palabras que no lograrás entender o que harás mal al principio, que no sabrás decodificar ni resolver. Seguramente, Salomé (es muy probable, de hecho), habrá palabras más complejas que ‘sol’ que no podrás comprender y que serán claves para tu vida. Te doy algunas: amor, respeto, odio, deseo, ira, perdón, etc. Y quizá 8+4 sea una operación muy simple en comparación a otras que se aproximan. Sí, de eso debes estar segura. Y puede que tras ver el error, te des cuenta de lo fácil que pudo haber sido la solución. ¡Pero de eso se trata todo esto! —Toma esos cuatro lápices, toma esas ocho crayolas. ¿Cuántas tienes? —10. —¿10? Emmm, cuenta todos los colores y crayolas juntos. Dale. —Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve —¿Qué sigue después del nueve? —Piensa. —Diez. —Sí. —Diez, once y… doce. Son doce. Ocho crayolas y cuatro lápices, son doce entre todos. — Excelente. Si cuentas cosas es más fácil hacer las sumas.

Habrá cosas que no entenderás, que no podrás hacer bien y que seguramente te tomarán más tiempo de lo habitual. Lo sé. Cometerás errores. Te lo digo porque yo los he cometido. ¡No sabes cuántas veces! Hago las cosas al revés o sin tacto, o no las entiendo. Pero quiero que sepas que tu hermano te ama y te enseña con cariño y espera que seas paciente y amable contigo misma y con los demás (a veces fallamos en eso. Yo lo hago). Quiero que sepas que veo creatividad, ingenio, amor y astucia en tus ojos y que ningún error que cometas podrá eliminar tan venerables virtudes. Puede que te salgas de las líneas a veces, claro. Pero escoges excelentes colores y tus trazos ya han adquirido cierta agilidad e irán refinándose aún más con el tiempo, aunque aún así perderás el pulso muchas veces como tu hermano. Puede que escribas algunas letras al revés, pero tienes una memoria que puede asustar al más sabio de todos los sabios. Grandes operaciones y palabras que te desafiarán se avecinan. Espero poder ayudarte en muchas de ellas. Pero en otras serás tú quien tendrá que vérselas por sí misma. Yo he tenido que pasar por algunas sumas cuyo resultado no pude calcular, y he tenido que hacerlas solo. No siempre acertarás. ¡No te desanimes! Tienes un gran espíritu. Confío, Salomé, en que lograrás celebrarte cuando las letras de tu texto estén todas al derecho, y confío en que lo hagas también cuando algunas de ellas estén chuecas. Acoge el error, pues hace parte de ti, de tu magnificencia. Tus errores hacen parte de la niña brillante, astuta, divertida, capaz, maravillosa, persistente, graciosa, inteligente, bondadosa, paciente y creativa que eres. Esta niña también tiene aciertos y ha conquistado a sus cinco años las sílabas, el alfabeto y las vocales. ¡Eso ya es un enorme logro! Eres la niña que pintó una ardilla roja porque había comido ají. Eres la niña que recuerda de memoria los personajes de un programa que vio por primera vez. Eres la niña que dibuja las flores con raíces y regadera para que no mueran en el papel. Eres la niña que llora por los “copétalos” caídos de las rosas que arranca el abuelo del jardín. ¡Te espera un bello futuro! Tienes una sensibilidad pura y desbordante. Yo lo puedo ver. Cuenta conmigo para cualquier operación o palabra que parezca muy complicada, allí estaré. Tengo la cartilla de mi vida para que puedas leerla. Quizá en ella encuentres palabras nuevas (mi cartilla también es diccionario). Tu hermano no es bueno en matemáticas, pero ha tenido muchos problemas y ha logrado resolver unos cuantos. También tengo mis propios colores, mi plastilina, mi escarcha (este chiste lo entenderás cuando seas mayor), mi papel iris, mi colbón y, por supuesto, mis crayolas. Como me gusta escribir guardo muchos lápices y libretas para que dispongas de ellos de la manera en que tú más lo veas conveniente. Todo lo que necesites de mí, está a tu disposición. Pero si no estoy yo, no te preocupes. Hacerlo sin mí, no significa que tendrás que hacerlo sola. Tendrás amigos, novios (o novias). Tendrás maestros, tendrás a mamá, a tus tías y a tu padre. Y, si llegas a tener que resolverlo por tu cuenta (hay cosas que debemos hacer solos) y te sientes confundida y con temor… debes saber que si te equivocas no debes castigarte.

Veo que mi abuela también te ha enseñado a creer en Dios. Quizá cuando crezcas tu fe hacia él disminuya o se extinga, pero siempre es bueno dejar nuestra voluntad en las manos de alguna fuerza divina (así no nos sentimos tan grandes e importantes como solemos hacerlo). Rezar puede servir para mirar en nuestro interior y despachar la desgracia de la impotencia y la duda. Rezar nos puede ayudar a encontrar esperanza y fuerza. Si hallas en Dios la fuerza para cumplir con mi consejo, que nada te detenga. Cualquier medio que sea necesario para que abras espacios en tu corazón en donde aprecies el camino que irás forjando tú misma con la ayuda de otros, deben ser bienvenidos. Pero si tu fe se extingue, hay otras fuentes de esperanza que tú misma irás descubriendo mientras crezcas.

Aprende mucho y equivócate. Si sientes que debes hacer algo, hazlo con mucho empeño y amor. Y si fallas, en la medida en que sea prudente, ríete de ello, celébralo y, claro está, corrígelo. Que tus errores jamás disipen tus enormes virtudes. Te invito a hacer de ellos la antesala de tu felicidad y la parte fundamental de tu grandeza.

Eres humana. Divina y mundana.

“Estos consejos y los que de ellos se derivan, medítalos día y noche, contigo misma y con un amigo con quien congenies, y nunca, ni despierta ni en sueños, conocerás turbación, antes vivirás como una diosa entre humanos; porque en nada se asemeja a un mortal una mujer que viva su vida entre bienes inmortales.” (Carta a Meneceo, Epicuro).

Un abrazo,

Tu hermano que te ama.

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