• Joseph Rueda

¡Que se tomen las hijueputas casas!

Queremos que nos ayuden ¿a qué? A tener una vivienda digna”.


—¡Que les den esas hijueputas casas o las quemen! El 30 de abril del 2020 cerca de 288 personas, entre ellas migrantes venezolanos y desplazados del conflicto armado, se tomaron el conjunto San Isidro ubicado en el municipio de Soacha alegando que no tenían un lugar en donde vivir (“Cerca de 300 familias se tomaron conjunto en Soacha”, 2020). —¡Que se tomen esas hijueputas casas! ¡No hay algo más humillante que pasar la noche en la calle! ¡Y más si no es en la ciudad o el país de uno!— Alegaba mi abuelo al televisor mientras escuchaba la noticia. —¡¿Y los derechos de esa gente qué?! ¡Que si los desalojan se tomen las casas de los perros oligarcas que no sirven pa’ni mierda!—Alegaba mi abuelo.


Mi abuelo, cuyo discurso político está fuertemente afectado por la retórica gaitanista, en ese momento habló del aspecto humillante de la noticia y del hecho mismo de negarle el hogar a una persona. Tener una vivienda digna es un derecho contemplado en el Artículo 51 de la Constitución política de Colombia. Sin embargo, en muchos casos, se suele desdibujar la idea de vivienda digna pues se piensa en ella como una construcción destinada para el alojamiento de personas. Y si bien esa definición es parcialmente correcta, permitiría que mucha gente estuviese satisfecha con que hospedaran a las personas sin hogar en albergues y lugares de paso. Después de todo “tendrían donde dormir, comer y bañarse”. No obstante, tener una vivienda digna, a la que aquí llamaré hogar, compromete regiones fundamentales de la vida de los seres humanos que van más allá de tener donde “dormir, comer y bañarse”. Este derecho a la vivienda digna, cuyo contenido es abstraído, debe ser concretizado y descrito para destacar su importancia. Las determinaciones materiales en las que vivimos afectarán directamente nuestra percepción del mundo, de nuestra identidad e, incluso, de nuestras relaciones esenciales con la corporalidad propia y la de otros. Tener una vivienda digna compromete la posibilidad de configurar una identidad y de enunciarla dignamente. Si se niega el derecho de tener un hogar, se afecta y se destruye la identidad de una persona o de una familia. La toma de ese conjunto residencial de Soacha representa un intento realizado por esas personas de afianzar su subjetividad y hacer que otros la reconozcan. Fue un acto sumamente digno y manifiestamente político. Quiero celebrarlo aún siendo consciente que las razones que los impulsaron a tomarse el conjunto deben ser tenidas en cuenta y jamás romantizadas. Me dedicaré a describir qué constituye morar en un hogar para revelar su importancia.


El habitar se constituye como uno de los modos de ser de los seres humanos. Según Heidegger, construimos para habitar. Casas, condominios, avenidas, puentes, presas, edificios, muelles, estadios, aeropuertos, muros, son todas construcciones. Si atendemos a la afirmación: “construimos para habitar”, debemos hacer la salvedad, quizás muy obvia, de que pese a que habitemos en muchas construcciones “no todas las construcciones son moradas”(Heidegger,2020, p.1; énfasis agregados). Este modo peculiar de ser del habitar, a saber, el alojamiento en un hogar, tiene un carácter esencial en la manera en la que habitamos otras regiones del mundo, pues construye nuestra identidad. ¿En qué consiste pues el habitar en un lugar al que llamamos hogar y qué diferencia tiene con las otras construcciones? ¿en qué sentido constituye nuestra personalidad? ¿en qué sentido se ve influenciado el habitar otros espacios con el morar en una casa?

Grosso modo, nosotros no vivimos el espacio como si fuera algo que estuviera frente o fuera de nosotros. Más bien, nos fundimos en él. Los espacios están abiertos debido a que entran en nuestro modo de habitar. Somos en la medida en que erigimos los espacios sobre cosas y lugares. Allí descansa entonces el habitar: nuestra relación con el espacio no es otra que el habitar sobre los lugares “que nosotros llamamos construcciones” (Ibíd,p. 5). Habitamos al construir lugares y las cosas que los ocupan, moramos en tanto realizamos actividades y desarrollamos rutinas en esos lugares. Los lugares y las actividades allí desarrolladas se entretejen en un manto nervado, vivo que involucra a los objetos, otros lugares, a las personas y sus actividades. Allí los lugares terminan estableciéndose en relaciones significativas que dan cuenta de la tradición histórica y la identidad de las personas (cf. Young, 2005, p. 125). A través del construir, el ser humano instala su lugar en el mundo, se afirma como alguien con identidad e historia. A través del habitar esa identidad e historia se reafirma (Ibíd.). La especificidad de las vidas de las personas, la manera en la que se ajustan a su entorno natural y su identidad se ve reflejada principalmente en las cosas que construyen y fabrican, las cuales llegan a tener un significado histórico.


Así, tendemos a pensar que el problema de los destechados se soluciona buscando albergues para que la gente “coma y duerma”. Pensamos que toda actividad en un espacio presupone un tipo universal de habitar. Si bien esta solución representa el primer paso para hacer sentir a alguien en casa, no puede reemplazar un hogar. Los albergues son viviendas, pero no son hogares. En el hogar se da un tipo determinado, muy específico del habitar. ¿Por qué? Pese a que los refugios y las casas que se construyen procuran ofrecer un albergue, el habitar no consiste exclusivamente en estar en medio de paredes, bajo un techo y rodeados de muebles dispuestos para nuestra estadía en una relación enajenante. Tanto el hotel como el albergue tienen todo -materialmente- para que se les considere una casa: hay una cama, agua, comida. Pero ninguno es un hogar porque están hechos para cualquier persona, “para todos y nadie en particular” (Young, 2005, p.139;. Lennep, 1987, p. 211).

Los objetos de un hogar nos afectan en relación con la intimidad que mantenemos con ellos (cf. Van Lennep, 1987, p. 210). Nunca estamos presentes de manera anónima e impersonal con los objetos de nuestra casa y ellos tampoco lo están en relación con nosotros. La interacción en el espacio de una casa siempre se da bajo los términos de intimidad (cf. Ibíd. p. 211). Cuando entramos al cuarto de un amigo, entramos a su intimidad. Los objetos y su orden dan cuenta de aspectos de su personalidad. La personalidad se despliega en los cuartos de la casa, particularmente en el cuarto propio. En un albergue o un hotel no soy responsable de la disposición espacial de los objetos. Estos vienen arreglados y dispuestos por otros, lo que me hace indiferente a su modo de existencia. Son arreglados para cualquier persona, conseguidos por otros. Allí el sujeto no puede expresar su personalidad (cf. Ibíd. p. 212). Si bien la vivienda se convirtió en una comodidad burguesa, de lo que se trata es de reafirmar este derecho en tanto derecho y no como un privilegio. No pretendo romantizar el fetichismo de la mercancía, el punto no es que en una casa podamos comprar y acumular lo que queramos y por eso sea valiosa. En sentido estricto, incluso una casa lujosa también puede ser inhabitable, pues puede mostrarse extraña para quien habite allí. Mi punto es afirmar que asegurarles una vivienda digna a las personas les permite afirmar su existencia y desenvolverse históricamente en un nicho.


A diferencia de la neutralidad de un espacio como el cuarto de hotel, un albergue o un lugar de paso, el hogar permite la posibilidad de materializar la identidad. Hay dos elementos que hacen del hogar un hogar. El primero de ellos es que en nuestra casa la configuración espacial, el orden de nuestras pertenencias, está reflejado como una extensión de nuestros hábitos corporales, como una extensión de nuestras rutinas. La segunda razón es que en casa podemos conservar cosas con significado histórico y personal (cf. Young, 1987, p. 139).


El hogar es una expresión de la personalidad de una familia. El cuarto, es la expresión de la personalidad propia. Estos lugares (hogar y cuarto) no expresan la personalidad en el sentido de que son completamente originales (así como las personalidades no son completamente originales), sino en la manera en la que disponemos de los objetos presentes en la casa (cf. Lennep, 1987, p. 210). Cabe resaltar que el hogar en tanto reflejo de la personalidad va más allá de las elecciones decorativas que tomamos para adornar nuestro hogar y que representa una expresión de nuestros gustos. Más allá de eso, se trata del despliegue de nuestra corporalidad en el espacio porque siempre mantenemos una relación con los objetos que nos rodean. En todos los espacios ocurre esto, pero en nuestros cuartos, en la casa, tenemos agencia sobre el orden de los mismos. La disposición corporal está estrechamente relacionada con la comodidad que se siente en un espacio. Esta comodidad no está subordinada a la función de los muebles, sino a la manera en la que los muebles son organizados y dispuestos con respecto al cuerpo. Frente a mí hay unas rosas, unos lirios, margaritas e iris abrazadas en un florero de cristal esmeralda. Me gusta tener flores. Tras el computador, frente a mí, el jarro de tinto que me prepara mi abuelo para pasar las noches siempre es fácil de agarrar si dejo que el jarro me de la espalda. A mi lado izquierdo siempre dejo los libros y las libretas para anotar, pues soy zurdo. Uno también habla de cierto olor en las casas, de cierto ambiente que se mantiene presente en ellas y que nos da cierta sensación de familiaridad (cf. Ibíd.). Este aspecto de intimidad característico del habitar en las casas expresa una relación de familiaridad única con uno mismo respecto a un entorno.

Habitar también es cuidar, dice Heidegger ( cf. 2020, p. 4). En un sentido puede entenderse este cuidar como un preservar que no es pasivo, como una mera contemplación. Cuidar es una actividad creadora de significado, productiva (cf. Young, 2005, p. 150). En la casa se cuidan y se preservan objetos que pueden convertirse en objetos históricos; históricos en la medida en que abren un mundo ya acaecido (cf. Heidegger, 2000, pp. 418–424). Los objetos históricos guardados en casa se heredan y se transmiten, dan cuenta de la historia de la familia y su nación. En mi casa, por ejemplo, mi abuela me heredó unos pendientes de perla (ella no lo sabe), una máquina de escribir Olivetti 44’, un tornamesa Panasonic, algunos álbumes de fotografía, libros, etc. Yo también traigo objetos de mis viajes y mis experiencias propias. La casa se presenta como un espacio que contiene objetos que reflejan la historia del país, la de la familia y la historia personal. La casa, y las personas que cuidan de esos objetos, permiten que la tradición histórica se transmita y exprese quiénes somos, el lugar de dónde venimos y cómo nos hemos constituido. El hogar, entonces, permite guardar esos objetos, cuidarlos, preservarlos y transmitirlos. Sin casa, este ejercicio es técnicamente imposible. Primero porque el número de objetos que se pueden conservar en los bolsillos o en bolsas es reducido, y, segundo, porque es difícil cuidar muchos objetos en la intemperie. Movilizándolos constantemente, las probabilidades de que se dañen o se pierdan es alta. Acá la disposición corporal y el carácter significativo de los objetos se cristalizan en los hábitos. La casa no es un arreglo de cosas arrumadas en una zona. En su disposición espacial se encuentra el registro silente de hábitos corporales, de las rutinas; la extensión de la personalidad de alguien se ve reflejada en su modo de disponer espacialmente de los objetos y ese arreglo es significativo. Muchas abuelas organizan la cocina (especialmente los condimentos) según la frecuencia en la que usan ciertas ollas, la manera en la que cocinan, sus gustos. La existencia humana es la que constituye el espacio, las cosas que nos rodean se presentan como el espacio el cual nosotros mismos somos, en tanto sujetos que son en el espacio. Cuando digo “mi cuarto” no expreso una posesión, sino mi relación con el lugar en la que mi existencia se ha dado (cf. Lennep, 1987, p. 212). La casa es un reflejo del cuerpo. Aquí la casa se muestra como materialización de la identidad. Nos identificamos con los lugares en los que residimos en el sentido de que la identidad personal también depende de nuestra configuración corporal.

Quiero aclarar que llegar a tener un hogar no asegura la construcción de una identidad. En los hogares muchas veces la mujer tiene un papel meramente asistencial, es relegada a las labores de la casa y la privacidad de los hogares permite la violencia doméstica (que es una forma de humillación la cual nada aporta con la construcción de una identidad). No podemos negar que en muchas casas la gente no se siente “en su hogar”. Esto no puede justificar la privación de acceder a este derecho fundamental para la configuración de la identidad. Lo que indican estos factores es que ya es hora de pensar en modos de habitar más comunitarios, barriales, ecológicos; comunidades donde haya una red de mujeres que velen por ellas y logren protegerse de acosadores o abusadores. Pero para construir esa comunidad se necesita de una casa.

Es lamentable que estos rasgos fundamentales de nuestra identidad sean privilegios. Muchas personas viven en cuartos donde apenas caben, cuartos donde hay seis o más sujetos durmiendo. Otros duermen bajo un puente, en los parques. Una persona que no tiene casa se le despoja la posibilidad de tener una existencia individual(cf. Young, 2005). Como dije, la casa es la extensión del cuerpo de una persona y dicha relación extensiva es íntima. Muchas de las acciones que se hacen en una casa, deben hacerse —en la mayoría de los casos— en privado: bañarse, dormir, tener sexo, etc. La casa permite la formación de la existencia individual que muchas veces debe darse a puerta cerrada y por lo tanto permite la privacidad. Nadie puede tener cosas propias, por ejemplo, si todo el mundo puede acceder a ellas. Nadie puede desarrollar hábitos corporales que sean reflejados por el espacio, si ese espacio es alterado por todos. Nadie puede dar cuenta de su historia personal si no tiene objetos con que afirmarla(cf. Young, 2005).


En la nota periodística, que traje a colación al principio, la reportera decía: “A pesar de los problemas económicos que dicen tener y por los cuales los desalojaron de los lugares donde vivían, los participantes de la toma propusieron comprar los apartamentos pagando una cuota mensual por cada uno de ellos”(2020; énfasis agregados). Luego la periodista, muy eminente, muy pertinente, muy empática le pregunta a uno de los ocupas: “¿Cómo harían ustedes para pagar la cuota de un apartamento acá si no tienen con que pagar un arriendo en otro lado?”. Y la nota, sin quererlo, afirmó a través del tono inquisitivo y demandante de la periodista, —la muy pobre, que tuvo que bajar hasta Soacha, para inquirir a los ocupas por abusivos—: Ante todo y por sobre todas las cosas, la base de la sociedad moderna occidental es la propiedad privada y hay que defenderla sin importar la dignidad de nadie. Los ocupantes, los destechados, que dicen tener problemas económicos quieren comprar esta propiedad nueva. ¿Y cómo lo harán? No nos interesa que no tengan vivienda, sino que desocupen esta y si la van a comprar… qué ridiculez, pero si la van a comprar que den el dinero. Si no tuvieron plata p’al arriendo ahora sí van a tener para comprar un apartamento nuevo. Aquí quienes hacemos historia, quienes podemos preservarla, quienes tenemos identidad somos los que tenemos propiedad privada. Punto.

La nota periodística, tal como lo dijo mi abuelo, fue humillante. El mismo hecho de que las personas no tuvieran un lugar propio es humillante. Una sociedad ha fallado, o “no es decente” en la medida en que sus habitantes tengan razones para sentirse humillados por sus instituciones (cf. Margalit, 1998, p. 22). Cuando alguien humilla a otra persona lo hace porque le considera menos humana, más imperfecta (cf. Ibíd. p. 91). Si se le priva a una persona de una comunidad (de un conjunto de derechos, de una comunidad histórica) en razón de un rasgo de su identidad (no tener dinero para un arriendo) se le humilla, y no se le reconoce su subjetividad, no se reconoce su humanidad. No reconocerle a una persona que una vivienda digna, un hogar, es parte constitutiva de su identidad es negarle la posibilidad a esa persona de tener su lugar en el mundo. No solo un lugar físico, sino todo lo que este implica. Rechazar a una persona mediante actos humillantes, como negándoles ese derecho fundamental de una vivienda digna, es “rechazar el modo como esta se expresa a sí misma como humana” (Margalit, 2010, p. 119). El problema para la periodista no era que estas personas no tuvieran donde vivir, sino que ocupaban un sitio sin pagar por él. ¡Qué descaro!

Se me sugirió hacer columnas que propusieran alguna solución al problema que planteo. Esta es mi propuesta: ¡Que se tomen las hijueputas casas! -Y no las de Soacha, que en su mayoría son compradas por familias trabajadoras de clase media y baja-. ¡Que les den esas hijueputas casas o que ellos las quemen!

Bibliografía:


  • “Cerca de 300 familias desplazadas se tomaron conjunto en Soacha.” (Abril, 2020). Recuperado de: https://noticias.caracoltv.com/ojo-de-la-noche/cerca-de-300-familias-desplazadas-se-tomaron-conjunto-en-soacha

  • Colombia (2016). Constitución Política de Colombia de 1991. Bogotá: Imprenta Nacional.

  • Heidegger, M. (2000). Being and Time. (J. Macquarrie & E. Robinson, Eds.). Oxford, UK: Blackwell Publishers.

  • Heidegger, M. (2020). Construir, habitar, pensar. (E. Barjau, Ed.). Retrieved from http://blogs.fad.unam.mx/asignatura/camila_morales/wp-content/uploads/2013/06/Construir-pensar-habitar.-M.-Heidegger1.pdf

  • Margalit, A. (1998). The Decent Society. (N. Goldblum, Ed.). Cambride, Massachusetts: USA. Harvard University Press.

  • Marion Young, I. (2005). House and Home: Feminist Variations on a Theme. In On Female Body Experience: “Throwing Like a Girl” and Other Essays (p. 188). Oxford, New York: USA: Oxford University Press.

  • Van Lennep, D. . (1987). The Hotel Room. In J. J. Kockelmans (Ed.), Phenomenological psychology (p. 252). Massachusetts, USA: Kluwer Academic Publisher Group.

Entradas Recientes

Ver todo