• Susana Vargas

Pornografía y feminismo, falsa dicotomía


Mia Khalifa es uno de los nombres más buscados en internet a la hora de ver pornografía. Millones de usuarios a diario revisan los 11 videos en los que la artista fue protagonista durante su corta carrera como actriz porno, y a pesar de solo haber estado en la industria por un total de 3 meses, cuenta que fue la época más oscura y tormentosa de su vida. Cuando este fin de semana abrí redes sociales y me encontré con que una petición online llamada “Justicia por Mia Khalifa” alcanzó más de 1´500.000 firmas, abogando porque los videos de ésta ex-pornstar fueran eliminados de la web, supe de inmediato que hablaría de esto en mi próxima columna.


Khalifa actualmente es comentarista deportiva y es muy exitosa en lo que hace, pero su pasado en la industria porno después de años de haberla dejado la persigue con horror. Se ha convertido en una de las voceras más visibles en contra de las prácticas predatorias de la pornografía, que se aprovechan de actrices incipientes y mujeres jóvenes que se ven forzadas a estar en una industria que las maltrata, infravalora, abusa y explota.


Sabemos que el porno tradicional es altamente machista y centrado en el placer masculino, excluyéndonos en gran parte de disfrutar esa exploración de la diversidad sexual en internet. Un vídeo porno heterosexual generalmente solo apunta a la excitación sexual masculina, en el cual el deseo y placer de la mujer pasa a un segundo plano. Ésta se caracteriza no como un sujeto de deseo en sí, sino como un objeto que provoca el deseo de un hombre, siempre a plena disposición de él y no de su placer personal. No es mera coincidencia que el porno que más consumen las mujeres en PornHub es el lésbico, aún siendo heterosexuales.


Así pues, dentro del discurso feminista existe una dicotomía muy grande cuando se habla de sexualidad femenina, y tiene que ver con la pornografía. Por un lado, la industria tradicional pornográfica muchas veces ha encerrado todos esos micromachismos que atentan contra la percepción de lo femenino, instrumentalizan a la mujer y pervierten la noción de consenso. Las críticas que se le han hecho son múltiples y fundadas. Pero, por el otro, el goce y disfrute del porno por parte de las mujeres es un reclamo válido por adueñarnos de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad.


La liberación sexual de la mujer siempre ha sido un tema que para mí es supremamente interesante y, aunque ha sido explorado en la literatura feminista, siento que no se habla lo suficiente de ello en la cotidianidad. Hablar de masturbación femenina y exploración sexual desde lo socialmente aceptado es limitado para las mujeres porque el modelo de sexualidad en nuestra sociedad es estrictamente falocéntrico. La representación social y el discurso normativo del sexo lo ha convertido en un tabú que nos impone culpa y confusión a la hora de querer explorar nuestros deseos sexuales.


El discurso feminista, entonces, se apropia de ese derecho a acceder a ella de manera autónoma e informada. La educación sexual que recibimos desde una corta edad es supremamente sesgada, basada en ideas preconcebidas de estereotipos de género y dinámicas patriarcales, de investigaciones científicas lideradas mayoritariamente por hombres que a lo largo de la historia nos han arrebatado nuestro derecho a gozar y disfrutar de la sexualidad sin tabúes ni prejuicios. La pornografía es un reflejo de esa aproximación a la sexualidad desde lo masculino, abanderado por la deshumanización de la mujer.


Sin embargo, aunque parezca, mi intención no es satanizar la pornografía; hay una crítica muy fuerte hacia la forma en la que se ha abarcado tradicionalmente esta industria, pero quiero recalcar que es posible y necesaria una reapropiación y resignificación de estos espacios entendidos como una herramienta de subversión para la emancipación sexual de la mujer. María del Mar Ramón habla muy acertadamente sobre este tema en su libro Tirar y vivir sin culpa, en el cual propone que es necesario que nos apropiemos de los métodos de las representaciones ficcionales del sexo, volviendo protagonistas a quienes han sido excluidas de éstos.


Es plausible promover desde el feminismo una producción ética del porno que reemplace la imagen de las mujeres como víctimas de estas dinámicas opresivas y controladoras por un sello de empoderamiento femenino, gestionado y direccionado por mujeres que eligen y disfrutan hacer y ver pornografía. En mi intento por descubrir esa nueva forma de asimilarlo, me topé con el concepto de porno feminista, descrito por Catalina-Ruiz Navarro. Es una aproximación al porno ético y porno amigable que abre paso a la expresión sexual de las mujeres, y también incluye la ética de las prácticas laborales justas, respeto por los y las artistas y una garantía de que hacen porno porque quieren. Se esfuerza, pues, por retratar a todos los artistas que tienen poder en su placer, “incluso si ese poder es elegir regalarlo”. El porno feminista refleja la diversidad de deseos y placeres que experimentan todo tipo de personas, y se esfuerza por incluir a quienes se han visto excluidos como espectadores en la industria tradicional.


Ir en contra de la instrumentalización de la mujer y abuso a las actrices y los actores en la industria pornográfica no es ir en contra del porno per se. El porno puede convertirse en una herramienta que permita descubrir nuestros deseos, nuestra sexualidad, reafirmarnos como dueñas de nuestros cuerpos. Hacer efectivo nuestro derecho a una sexualidad libre implica tomar esos espacios y volvernos nuestros, volverlos seguros. Mia Khalifa no se aparta mucho de este punto de vista cuando invita a apoyar a las actrices porno que se apropian de su contenido y tienen control sobre su trabajo, y que se empoderan de esos espacios que tradicionalmente han sido liderados por los hombres. Como mujer y feminista, me rehúso a aceptar ese discurso moralizante que constriñe nuestra sexualidad y nos impide disfrutar del porno, pero también abogo por esa resignificación que implica producirlo de una manera ética. Reapropiarnos de ese espacio es un acto político muy poderoso.

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