• Angelo Cifuentes

Petro vs Goebertus ¿quién tiene razón?



Twitter es, sin duda, la red social favorita de los líderes más importantes del mundo. Mientras que sus cuentas en Instagram o Facebook son normalmente administradas por asesores de su confianza, en la red de Larry -sí, así se llama el pajarito de Twitter- los ciudadanos tenemos la oportunidad de acercarnos a la forma de ser y pensar de los políticos que seguimos. Un ejemplo representativo que tenemos en Colombia es Gustavo Petro que, indudablemente, ha encontrado en Twitter un arma de difusión ideológica: continuamente opina, sugiere y ataca a cualquier tema, circunstancia o persona. Su blanco favorito, hay que decirlo, son las personas. En este último año parece haber centrado su atención en Claudia López y sus simpatizantes. Fue un recio opositor tanto del proyecto que crea la Región Metropolitana de Bogotá-Cundinamarca como de sus ponentes en el Congreso. Entre ellos se encontraba la representante Juanita Goebertus, a quien criticó por considerarla una tecnócrata.


La tecnocracia no es tener argumentos. Es reemplazar el poder de la ciudadanía por un poder de seudo técnicos que al final se subordinan al interés particular”, twitteó, hace poco más de una semana, el senador de Colombia Humana. Como ya es costumbre, su trino suscitó una gran avalancha de apoyos y críticas. De estas últimas, me llamó la atención la de un twittero que, con la intención de cuestionar la afirmación de Petro, subió la definición que la RAE le asigna a la palabra tecnócrata: “Profesional especializado en alguna materia económica o administrativa que, en el desempeño de un cargo público, aplica medidas eficaces que persiguen el bienestar social al margen de consideraciones ideológicas.” Pero ¡vaya definición más engañosa! En efecto, los tecnócratas presumen que sus sabias opiniones están al margen de consideraciones ideológicas, pero nada más alejado de la realidad.


Lo técnico es, en el fondo, un intento por objetivar intereses particulares. Claro ejemplo de esto son los funcionarios como Alberto Carrasquilla, que, en aras del crecimiento económico, defienden medidas como universalizar el IVA porque es lo “técnicamente correcto”. ¿Pero lo correcto para quién? Basta escarbar un poco en el fondo de estas ideas para ver que el halo de cientificidad del que pretenden envestirlas no supone más que el beneficio de unos grupos sociales en detrimento de otros. Lo de ampliar el IVA a los productos de la canasta básica familiar lo ilustra muy bien. Como es bien sabido, el IVA es el impuesto regresivo por excelencia: entre menos ingresos recibe una persona, más se ve afectada por él. Los almacenes de Carulla son la muestra perfecta, pues es común que allí asistan personas de diversos estratos socioeconómicos, pero las que más se ven restringidas en su capacidad de consumo son aquellas que tienen salarios más bajos. ¿En serio podemos afirmar que estas condiciones son las “técnicamente correctas”? ¿Desde cuándo aceptamos, como sociedad, que poner toda la carga tributaria en la clase media es lo que está bien para tener economías estables?


Sé que no lo hemos aceptado y, por lo mismo, es necesario que desendiosemos esa presunción de infalibilidad que tienen los juicios emitidos por los técnicos. Que no se nos olvide: si bien las visiones de este tipo de funcionarios suelen tener un sustento empírico sólido, en la realidad implican ventajas para unos grupos sociales y problemas para otros.


Ahora bien, no por esto se puede descartar el valor que tiene, como dice la representante Goebertus, hacer política con evidencia. Los análisis académicos y científicos son esenciales para que las políticas públicas no sean procesos improvisados, ineficientes o inútiles. Pero lo importante es entender lo tecnocrático como lo que es: concepciones políticas respaldadas por evidencia empírica. De esta manera, resaltamos la importancia que tienen en una sociedad democrática, pero sin caer en el absurdo de pensar que son axiomas “al margen de consideraciones ideológicas”.

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