• David White Valencia

Nadie sabe tanto.



“La investigación de la verdad es, en un sentido, difícil; pero, en otro, fácil. Lo prueba el hecho de que nadie puede alcanzarla dignamente, ni yerra por completo, sino que cada uno dice algo acerca de la Naturaleza”.

Aristóteles – Metafísica (993a-b)


La realidad es muy compleja, y las capacidades humanas para entenderla son muy limitadas al compararlas con esta. La historia del conocimiento humano está llena de conjeturas, pruebas y, más importante aún, refutaciones. Cada disciplina se encarga de estudiar solo una minúscula parte de la realidad y, aun así, parece imposible para nosotros dar respuesta a todos los interrogantes que dichas disciplinas nos presentan. Por poner un ejemplo, las matemáticas, en toda su exactitud y elegancia, tienen, entre muchos otros, una serie de siete complejísimos problemas sin resolver, denominados “los problemas del milenio”, de los cuáles solo ha sido resuelto uno de ellos de manera oficial.


Aquello que sabemos es muy poco si lo comparamos con lo que sabemos que ignoramos: somos conscientes de que nos faltan muchos conocimientos de disciplinas que no hemos tenido el placer de estudiar. Y si nos piden que ubiquemos cada uno de los lóbulos del cerebro, que expliquemos la relatividad de Einstein, que describamos uno de los pensamientos acerca de la naturaleza hecho por Aristóteles o que enseñemos el funcionamiento de una célula, lo más seguro es que fallemos en varias de esas tareas, a pesar de poder entender la palabra “cerebro”, relacionar a Einstein con la fórmula “E = mc²”, saber que Aristóteles fue un filósofo y decir que la célula es la unidad microscópica que compone a los seres vivos.


Aún más, tanto lo que sabemos como lo que sabemos que ignoramos es absurdamente pequeño si lo comparamos con lo que no sabemos que ignoramos y con lo que, además, jamás podríamos llegar a saber. Respecto a lo primero, la historia nos muestra que el conocimiento no se agota, pues constantemente hay nuevos descubrimientos que nos llevan a ampliar nuestras preguntas sobre lo que nos rodea. Quién sabe cuántas cosas siguen en la oscuridad esperando a ser develadas por nosotros.


Sobre lo segundo, bien decía Kant que solo podemos llegar a conocer aquello que pueda relacionarse con nuestras capacidades racionales, y que todo lo que excede los límites de nuestra razón a la hora de conocer queda irremediablemente incognoscible. Según él, podríamos argumentar horas y horas acerca de temas como la mortalidad o inmortalidad del alma, los límites o la infinitud de nuestro universo o la existencia o inexistencia de Dios, pero jamás llegaremos a nada concluyente, pues dichas cuestiones van más allá de toda experiencia humana posible. Y parafraseando un poco a Hume, ni siquiera podemos estar seguros de que el sol saldrá mañana.


Somos profundamente ignorantes tanto frente a lo que no sabemos que no sabemos como frente a lo que siempre va a ser un misterio para nosotros. Solo basta pensar en el número de galaxias, estrellas y planetas existentes en el universo para darnos cuenta de esto: nuestra razón nos dice que es más razonable suponer que existe un número finito de cuerpos planetarios en el universo que pensar que existen infinitos astros, pero ¿acaso alguien podría aventurarse a dar ese número sin temor a equivocarse, cuando solo podemos hablar del “universo observable”? Nadie sabe tanto como para no necesitar del conocimiento de los demás.


Ni tan poco.


Nuestra vida es una suma casi inabarcable de experiencias y momentos que nos llevan a ser lo que somos día a día, y eso nos va llenando de aprendizajes que, junto a nuestras capacidades biológicas, nos permiten tanto sobrevivir como comunicar lo que sabemos a los demás. Cada quien tiene ciertos conocimientos y vivencias que le son propios, y esto nos permite tanto mantenernos vivos como vivir en sociedad.


A pesar de nuestra minúscula importancia en el universo, que no es más grande que un grano de arena en medio de un océano que parece interminable, somos los únicos seres de los que tenemos registro que son conscientes de sí mismos y que, además, son capaces de comunicar a los otros esa auto-conciencia. La evolución de nuestras facultades nos ha llevado a ver más allá de lo que nuestros sentidos nos permiten, tanto a escala macro como micro, y los avances que hemos tenido como especie desde que la historia documenta nuestro paso por la tierra es digno de admirar. Una prueba de ello es que entre las primeras observaciones de Galileo de los cráteres lunares y el viaje del Apolo XI a la luna hay menos de 400 años, periodo de tiempo que, comparado con los 13800 millones de años que decimos que tiene el universo, es prácticamente igual a cero.


Ansiamos conocer lo que se nos presenta, y adquirir nuevos conocimientos y habilidades nos causa regocijo. Ahora bien, nada de esto sería posible si no pudiéramos comunicar nuestras ideas a los demás y someterlas a debate y consideración. Somos, como seres humanos, extremadamente falibles a cada paso que damos, y debatir nuestras visiones del mundo es lo que nos permite refinarlas, reforzarlas y, no menos importante, cambiarlas. Un profesor al que admiro profundamente nos decía en sus clases, hablando de una cita de Fred Wilson, que la racionalidad es un asunto de cómo cambiamos nuestras creencias después de someterlas a un análisis juicioso y de identificar si las razones que damos para creer en ellas son adecuadas o no.


Someter nuestras ideas al debate con los demás, teniendo presente que somos falibles en extremo y que existen criterios para determinar qué razones son mejores que otras, es fundamental en nuestro diario vivir, no solo para conocer más, sino para ignorar menos. Nadie sabe tan poco como para no tener nada que decir.


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