• Jessica Vargas

MI ABUELA, UNA ABUELA NOT PRINCESS

Crecí en una familia donde tanto mis abuelos maternos como los paternos han sido campesinos. Mis abuelos paternos mantienen sus tierras y nunca habría imaginado todas las historias que tenían guardadas con ellos. Mi abuela está a punto de cumplir 90 años, es una mujer bastante fuerte, no ha dejado de trabajar, sigue cuidando de sus gallinas y se acuerda perfectamente de las historias de su niñez y juventud, casi que una joya invaluable con historias de la vida campesina, la vida rural y el ser mujer dentro de una época patriarcal y machista; una historia de casi cien años que jamás había sido explorada, al menos por mí.

Un día, dentro de los primeros de esta cuarentena, fui con mi hermano a visitarla, antes nuestras visitas eran cortas, de paseo, ella con sus labores diarias y nosotros con esa venda en los ojos, la venda de la gente citadina que se cree poseedora de la única verdad. Nuestras visitas empezaron a ser más recurrentes y cada día descubríamos, como quien abre el baúl de los recuerdos que está guardado en el ático, lleno de polvo, las invaluables historias de la vida campesina de los años 40´s y 50´s.

Recuerdo mucho un día en el que tuve que ir sola, mi abuela ya había terminado con los quehaceres del día. Nos sentamos a tomar gaseosa y empezamos a ‘echar cuento’. Como joven defensora de los derechos de las mujeres, siempre había querido saber cómo había sido para ella ser mujer, su juventud, su historia con mi abuelo, y cómo se sentía ahora. En ese momento me sentía idiota por no haber indagado sobre su vida muchísimo tiempo atrás, pero quizás ni ella y ni yo, teníamos la confianza que habíamos desarrollado en medio de la cuarentena.

Cuando ella empezó a hablarme de su juventud empezaba a sentir que su ser mujer joven no había sido tan distinto al mío. En el campo, en su época, era normal que las mujeres se casaran jóvenes y tuvieran hijos, en casi todos los casos, los matrimonios eran arreglados como una forma de garantizar la estabilidad y el apellido de las familias. Ella, estaba negada a hacerlo con prontitud, fue una rebelde, criticada fuertemente por no quererse casar a temprana edad. Mi abuela, con una risa casi que picarona, me contaba: “yo tuve varios novios, pero a ninguno le daba besos, nos íbamos a tomar una cerveza o un vaso de chicha y ya”, no quería casarse todavía. Casi que, a sus 25 años, mi edad, conoció al hijo de uno de los comerciantes más fuertes de miel de la zona. Al papá de mi abuelo le gustaba mucho mi abuela como nuera porque era una mujer trabajadora, diferente y podría ser buena compañía para su hijo mayor. Y así fue, se casaron. Mis abuelos tenían unos ahorros, compraron una tierra y empezaron a hacer su casa. Los hijos no se hicieron esperar. Las primeras, por ser mujeres, ocasionaron el enojo de mi abuelo ya que él quería tener hijos varones, hombres que trabajaran la tierra y siguieran con el “linaje” del apellido Vargas. Su desprecio era tal, que mi abuela tuvo que trabajar fuerte para poder mantener a sus primeras hijas. Los años pasaron y el primer hijo varón llegó a la vida de la familia. Mi abuela cuenta que mi abuelo fue muy mujeriego, un hombre que era perseguido por mujeres por su dinero y a él eso le gustaba. Cuenta mi abuela que para sacar a sus hijos adelante se valía de sus gallinas y vacas, cruzaba el río para poder llevarlos a la escuela, porque eso sí, siempre quiso garantizarles el estudio, aunque ellos no entendiesen lo que a ella eso le costaba; criar nueve hijos prácticamente sola, garantizar el almuerzo de los obreros y la supervivencia de su familia, no era tarea fácil, pero ella supo hacerlo muy bien.

Mi abuela, como muchas de las mujeres de las zonas rurales, en varias ocasiones fue víctima de violencia doméstica, una realidad que ha cambiado muy poco si contamos que la diferencia de tiempos es casi de más de cincuenta años. Mi abuelo llegaba tomado y violento, ella me cuenta que eso era normal en la vida campesina: la fuerza del hombre por encima de la voluntad de la mujer; pero cuenta que un día se cansó y tomó fuerzas de donde no las tenía y se atrevió a responderle a mi abuelo, le dio un golpe tan fuerte que él se quedó quieto, lo sostuvo del cuello de su camiseta y le prometió que sería peor la próxima vez que él intentara pegarle. Yo le pregunté que si no le había dado miedo hacer eso y me dijo: “tenía nueve hijos que cuidar, una casa que había construido con mi propio esfuerzo y no iba a permitir que él me la quitara”, porque él muchas veces la amenazó con sacarla y traer otra mujer, una más joven. Separarse nunca fue una opción para ella, no podía sostener sola a sus nueve hijos, los comentarios de las familias y la gente iban a ser sobre la incapacidad de ella de mantener un hogar, y no iba a permitir que le quitaran todo lo que había construido con mucho esfuerzo, su casa, sus hijos y su vida.

Y podría quedarme aquí sentada, escribiéndoles lo valiente que fue ella, valiente porque como lo he dicho en muchas ocasiones, ser valiente se convirtió en sinónimo de sobreviviente, y no todas las mujeres, y menos en esa época, se atrevían a desautorizar o enfrentarse a sus hombres, al patriarcado.

Allí supe que ese ser mujer valiente, es ser una mujer distinta, es ser una mujer que representa muchas que al final no ha podido hablar, denunciar, a todas aquellas que han perdido la vida por temor a sus victimarios. Allí supe una parte de mi vida, una parte de mi pasado, una parte de esa mujer no princesa, de esa mujer que rompe todos los estereotipos de lo que la sociedad nos ha dicho que debemos ser como mujer, de lo que la sociedad espera que seamos como mujer.

 
Datos importantes:

Un estudio de Minagricultura [1] afirma que en Colombia hay cerca de 5,1 millones de mujeres que habitan las zonas rurales. De ese porcentaje, el 81,8 por ciento se dedica a la producción de alimentos para el hogar o a los trabajos de mano de obra, como el trabajo en los cultivos. Las mujeres dedican más del doble de horas a los trabajos de cuidado del hogar, que no son remunerados.

[1] Recuperado de: https://semanarural.com/web/articulo/la-situacion-de-las-mujeres-rurales-en-colombia/1460

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