• Maria José Gómez

Menstruar: Un secreto a voces



La salud menstrual ha sido por muchos años un tema ignorado y es, en algunos casos, motivo de vergüenza y un asunto del que no se debe hablar en público. Desde que comencé a menstruar, a los 12 años, en mi casa nunca se ha hablado del tema en frente de mi papá y las ocasiones en las que he manchado de sangre mi ropa o la cama, mi mamá me obliga a cambiarme porque “mi papá no tiene que verme así, ni mucho menos enterarse de esas intimidades”. No hace falta que lo diga, su mirada me indica que debo callarme cuando inicio una conversación sobre este tema.


Con el paso de los años perdí el miedo a hablar sobre esto e incluso, ante la mirada inquisidora de mi mamá, cuando estoy menstruando, grito que siento que se me va a salir el endometrio por la vagina o que me voy a desangrar por la vagina, a modo de chiste, claro. La menstruación, para mí, ya no es un tema del que deba hablar en privado y, por el contrario, trato de hablarlo lo más que puedo, en especial con mis amigos que se identifican como hombres, para que sepan del tema y empecemos a crear discusiones que permitan tener en cuenta lo que compete a la salud menstrual, sexual y reproductiva de las personas que menstrúan. (Recordemos rápidamente: no todas las personas que menstrúan son mujeres y no todas las mujeres menstrúan).


Dentro de estas conversaciones que tengo con aquellos que están interesados, he llegado a la conclusión que menstruar dignamente, como la gran mayoría de cosas en este país y en este mundo, es un privilegio de clase. No todas las personas menstruantes tienen acceso a toallas o tampones que puedan cambiar regularmente, tampoco tienen acceso a agua potable para poder limpiar su vagina y la sangre residual que queda en ella cuando menstruamos y, además, no les es posible realizar el cambio de toalla o tampón en un lugar con suficiente privacidad para hacerlo de manera cómoda.


En mi cruzada por sacar de la privacidad temas que no tienen porqué serlo y de pensar estrategias que permitan hacer de la menstruación digna un derecho y no un privilegio, me enteré de un “novedoso” método para recoger la sangre menstrual durante los días que dura el periodo. Digo novedoso en comillas, porque la verdad es un invento patentado desde 1935, por Leona Chalmers. Esta mujer buscaba una mayor comodidad para las personas menstruantes, sin embargo, su invento se vio opacado por un dispositivo desechable, no tan cómodo, pero que permitía menor contacto con los genitales y con los residuos menstruales. Al parecer untarse los dedos de sangre menstrual, jamás ha sido una opción. El tampón fue inventado por un hombre y rápidamente fue el método predilecto para recoger la sangre menstrual, pues permitía mayor movilidad y absorción de la sangre menstrual. Lo que este doctor olvidó mencionar y aún hoy en día muchas mujeres desconocen, es que con el pasar de las horas el tampón comienza a deshacerse y las fibras con las que fue fabricado quedan dentro de la vagina, pudiendo ocasionar problemas a largo plazo.


Si cuando comencé a menstruar me hubieran hablado de la copa menstrual, me hubiera aterrado por el simple hecho de meter algo así por mi vagina, hubiera pensado que iba a dejar de ser virgen y me hubiera dado total y absoluto asco que la sangre cayera en un recipiente que luego tendría que desocupar, lavar, volver a introducir y asegurarme con mis dedos (que obviamente quedarían todos manchados de sangre) que quedará en la posición correcta. La primera vez que escuche de la copa menstrual fue a los 16 años y jamás se me ocurrió reemplazar los tampones por una cosa así. Hoy, después de un año utilizando la copa, puedo decirles que me hubiera ahorrado muchas incomodidades, manchas y dolores, si me hubieran enseñado a ponerme la copa tan pronto como comencé a menstruar.


Las preguntas que me hice cuando descubrí la copa fueron demasiadas, ¿cómo se usa?, ¿qué tal se me quedée atorada?, ¿me dolerá ponerla? ¿cómo sé cuál es mi talla?, pero después de encontrarle respuesta a todas esas preguntas, vinieron las más importantes, ¿porque dentro de nuestras clases de educación menstrual no nos enseñan, o al menos nos dan la opción, de escoger entre toallas, tampones o copa menstrual? ¿Porque no nos dan acceso a el método más cómodo, seguro y económico que existe para recoger el flujo? La conclusión a la que llegué es que no nos enseñan de la copa menstrual, por la misma razón que nos dicen “no te toques ahí” cuando somos chiquitas, porque el contacto con la vagina debe ser limitado y no debemos tocarnos ni conocer esa parte de nuestro cuerpo. Nos condicionan para creer que todo lo que implique contacto con nuestros genitales está mal y no debe ser utilizado. Tocarnos está mal, conocer nuestro cuerpo es un pecado, explorarnos está prohibido, darnos placer es una aberración y utilizar métodos seguros para menstruar dignamente está mal visto. Aún y con todo esto, muchos hombres y mujeres creen que el feminismo y todo lo que el movimiento promueve no es necesario.


Inclusive para aquellas personas que tenemos el privilegio de escoger con que queremos recoger la sangre que sale cada 28 días por nuestras vaginas (puede ser más o menos dependiendo de quién menstrua), se nos es negado nuestro derecho a conocer todos los métodos por culpa de esa concepción de que tocarnos está mal y la desinformación nos convence de que esa no es la mejor opción. Pero, al fin y al cabo, a pesar del tabú y la desinformación, nosotras podemos escoger, existen personas que no corren con esa suerte y que se ven obligadas a reutilizar toallas y tampones, con sangre descompuesta en ellos.


Si hubiéramos hablado de nuestra menstruación y hubiéramos sacado ese tema de la esfera privada porque “no tienen porqué saber esas intimidades”, tal vez hubiéramos popularizado la copa desde 1935, tal vez los países tendrían políticas públicas que aseguraran una menstruación digna, tal vez nos conoceríamos más, tal vez nos tocaríamos más, tal vez nuestra educación sexual y reproductiva sería más enfocada en nosotras, tal vez para este momento menstruar dignamente ya no sería un privilegio de clase.


La copa cambió mi manera de entender mi cuerpo, me ayudo a conocerlo, me quito el miedo de explorarlo, me hizo entender que menstruar dignamente es un privilegio de clase, que tengo un deber con el medio ambiente y que tenemos una responsabilidad con todas las personas menstruantes, para que menstruar dignamente sea una realidad para todas ellas. La copa me hizo darme cuenta de la cantidad de espacios que nos han robado porque hay cosas que son “tan íntimas” que nunca deberían ser compartidas en público, al contrario, debemos esconderlas y nunca hablar de ellas, pero ese silencio no hace más sino contribuir a la desinformación y coopera con este sistema que nos ha silenciado durante tanto tiempo.


No contarán con la comodidad de nuestro silencio nunca más, tengamos conversaciones que incomoden, cambiemos los supuestos, tocarnos está bien, conocer nuestro cuerpo es fundamental, explorarnos es necesario, darnos placer es espectacular y utilizar métodos seguros para menstruar dignamente debe ser una realidad. Cambiemos nuestra manera de relacionarnos con nuestro cuerpo y saquemos de la privacidad esos asuntos que nunca debieron serlo.

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