• Tomás Vásquez

Los humanos NO somos un virus



El cambio climático es uno de los grandes desafíos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. Lo que para las generaciones pasadas había sido considerado conspiración o propaganda ambientalista, hoy cuenta con toda la validez científica para respaldarlo. Desde los años 50’, momento en el que se consolidaran los movimientos ecologistas modernos, a este debate se comenzaron a introducir temas como el crecimiento demográfico, sistema económico, huella de carbono, entre otros. Dentro de los diferentes enfoques del ecologismo, existe uno en particular que está resurgiendo bajo argumentos a simple vista inofensivos que se han incorporado subconscientemente en muchos discursos: el ecofascismo.


El ecofascismo es una ideología que combina elementos de ecologismo radical con totalitarismo, xenofobia, racismo, entre otras, y tiene como premisa fundamental una suerte de instrumentalización de la vida humana en función de la conservación de la naturaleza. Un ecofascista justificaría, por ejemplo, el dejar morir a determinado grupo poblacional desprotegido en tanto así logra combatir la sobrepoblación. En Europa, estos movimientos señalan a los inmigrantes y a los pobres de ser los responsables del deterioro del medioambiente debido a sus prácticas anti-ecologistas.


La actual pandemia de COVID-19, en cierto modo, ha desatado una serie de argumentos que, quizá sin quererlo, han reforzado ideas ecofascistas. En expresiones como “los humanos somos el virus que está destruyendo al planeta” o “el coronavirus es la vacuna de la tierra” subyace la idea de que es deseable, e incluso necesario, que se pierdan vidas humanas para poder salvar al planeta.


Otros sectores ven la pandemia como consecuencia lógica –y justicia divina- por el consumo de animales en la dieta humana. Lo que dejan de lado es el detalle de que muchas de las grandes pandemias de la humanidad obedecen a otras razones. La peste negra o el VIH, por poner dos ejemplos, no tienen su origen en el consumo de animales.


Otros justificarían que mueran entre un 2 y 3% de la población –que en Colombia serían aproximadamente 1 millón de personas- para salvar la economía. Pero eso es harina de otro costal.


En todo caso: NO. Los humanos no somos un virus, ni una enfermedad de la que debamos salvar al planeta. El COVID-19 no es un castigo divino ni merecido para purgar a la humanidad. Las consecuencias del cambio climático no son responsabilidad exclusiva –ni siquiera mayoritaria- de los grupos poblacionales marginados. Lo que sí es responsabilidad de todos es distanciarnos de discursos que comulgan con la xenofobia, el supremacismo, el racismo, el totalitarismo, entre otros ismos.


Por supuesto que los humanos tenemos un impacto en el medioambiente, pero no todos por igual. En lugar de caer en la tentación de los argumentos simplistas y encasillarnos a todos como el “virus”, hay que entender el problema de manera integral y asumir una posición política al respecto: cuestionar nuestros propios hábitos de consumo, exigir a los gobiernos una agenda ecológica seria, repensar un sistema económico que colapsa cuando consumimos solo lo necesario, y por último, preguntarnos quiénes son los mayores responsables de las prácticas que están dañando nuestro planeta.


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