• Martin Arango

Lo que sí tiene nombre


El sentimiento de perder un hijo no tiene nombre. Eso narra, de manera casi poética, Piedad Bonnett. No lo sé, no me consta. Ni haciendo la mayor elucubración lograría percibir una mísera parte de su dolor. Pero ¿necesito vivirlo para entenderlo?, ¿necesito vivir su tragedia para concebirlo? Al menos yo no lo creo así. ¿Necesito padecer la esquizofrenia de su hijo para tener empatía? Tampoco lo creo de esa manera. Por más que como sociedad lo invisibilicemos sí hay enfermedades mentales, situaciones y personas que tienen nombre. Hay nombres que no queremos tratar. Hay nombres que manejamos como leyendas. Nuestra carencia de empatía nos lleva a negar su existencia. Le restamos valor a lo que “el otro” pueda sentir. Mientras no me afecte a mí, mientras no lo padezca yo, no existe. Sin embargo, sí que existen, las enfermedades mentales sí existen.



Me cuenta un amigo, el clásico amigo, que vivir con una enfermedad mental no es fácil. De entrada, empezará perdiendo. El estigma social puede llevar a que decida aislarse para que la gente no lo sepa, o para que quienes lo saben no lo juzguen. Quizá no será, cómodamente, usted mismo en sociedad. Podrá sentirse solo al estar rodeado de cientos de personas. Un vacío en su interior lo acompañará día y noche. Los pensamientos, y en general su cabeza, serán un nudo donde poner orden por su cuenta será casi imposible. Tendrá miedo al futuro. La toma de decisiones, aunque parezcan sencillas, se le dificultarán de sobremanera. Rendirá a medio ritmo en el estudio y en el trabajo. Lo que lo hacía feliz puede volverse en un tedio, ni usted ya sabe qué quiere. Teniendo “todo”, no lo disfrutará. Y, de paso la gente se lo recordará manifestando mil y una veces lo desagradecido que es usted con la vida. Que estar bien es una decisión suya. Que “querer es poder”.



Si usted resulta de aquellos que necesita de medicamentos para alivianar los síntomas, tampoco la pasará bien. No solo resulta un lujo poder costear el tratamiento o la terapia semanal, pues la compra periódica de los fármacos demostrará de nuevo otra desigualdad social en la que usted es parte de alguno de los extremos. Será usted de los que puede o de los que no puede darse este privilegio. Aunque con el consumo juicioso de lo recetado podrá sentir una notable mejoría, es muy probable que se tenga que adaptar a vivir, no solo con un gasto vitalicio, sino con efectos secundarios que se volverán sus nuevos aliados. Una relación tóxica que le da vida, pero se la cobra a su manera. Mareos, dolor de cabeza, falta de concentración, temblores, acidez, entre otros se convertirán en sus compañeros de viaje. Puede que muchas veces, tanto estos efectos, como la necesidad de medicarse sean temporales, pero cabe la posibilidad de que sucumba a la necesidad o dependencia a ellos. Así, otro combate con usted entra en escena. Una dinámica hegeliana del amo y esclavo: esta vez no con su enfermedad, sino con la sumisión al tratamiento.



Es vivir su vida con una mochila de 20 Kg -dependiendo del caso- que quizá jamás podrá abandonar. Le dicen que excederse con el alcohol no es viable. Usted, con su sabio uso del libre albedrío, se pasa por el forro la advertencia. Tranquilo, doble guayabo. Sus monstruos aparecerán de nuevo, esta vez usted los trajo bebiéndose con sus amigos el mayor depresor. Pero ¿se podía actuar de otra manera? ¿se puede evitar las borracheras en plena juventud? ¿se debe censurar esos placeres? ¿Qué responderá cuando le pregunten por qué no está tomando? Independiente de cómo actúe, absteniéndose o pegándosela, el futuro se la cobrará. De nuevo profesará que nada tiene sentido, nada vale la pena. Tiene encima su propia nube, como en los muñecos animados. Vive sin energía, sin ganas del futuro. Su relación con la muerte se vuelve más amable, se saludan, se acarician, se tientan como en una faena de ensueño.



La sociedad postindustrial en que nos encontramos no nos ayuda, nos desgasta. Su ritmo, sus comparaciones, sus estándares de éxito nos vuelven débiles. Somos instrumentos de un mecanismo más grande, poderoso e inentendible. Hormigas desorientadas en búsqueda de un aliento de tranquilidad, evitando sucumbir a la pisada de un gigante. Nos vemos débiles, lacónicos, inútiles. Buscamos refugio en la rutina, en lo que la sociedad entiende como lo correcto, el deber ser. Caemos sedados y abrumados, pero sabiendo que no somos nosotros mismos, alienados.



Así es, en esta lucha de la vida muchas veces “el otro” estará en ventaja, el que no carga con el peso de la mochila. Igual, usted podrá vivir con el peso de su secreto, o con el dedo acusador que le apunta por hablarlo, por confesarse como si se tratara de un delito. La decisión es suya, haga lo que le dé más tranquilidad. Sin embargo, no todo es malo. Tendrá momentos de lucidez, momentos de felicidad plena. La sensación de la vida “normal” volverá eventualmente a usted. Los colores regresarán, le restará piedras a su mochila. Y, se dará cuenta que usted pudo, salió de esa. Aprendió, aprendió mucho. Al fin al cabo, la culpa no es del paciente, es de la sociedad y sus equivocados juicios de valor (sin valor alguno). Se dará cuenta de que pudo. Eso cuenta mi amigo, el clásico amigo.



Trabajemos en nuestra carencia de empatía, en lo que hacemos con quien nos rodea y su realidad. Hagamos un trato, como dice Mario Benedetti, no llenemos de falso contenido las palabras y falsas promesas a nuestro amigo. Que un “cuentas conmigo” no sea hasta dos o hasta diez, sino que sea realmente contar contigo. Reevaluemos nuestra forma de tratar con los demás. Redefinamos nuestros conceptos de amistad, démosle humanidad. Escuchémonos.



Igual tranquilo. Este país necesita un psiquiatra. Necesitamos un psiquiatra. Sí, usted y yo requerimos de un especialista en la salud mental. Urge perder como sociedad el tabú que existe al respecto de la salud mental, no se trata de estar “loco”, se trata de cuidarse a usted mismo. Pues, si se rompe un pie usted va al médico, si tiene diabetes usted va al médico, si tiene ansiedad o depresión, por mencionar las más frecuentes, usted también debe ir al médico y buscar ayuda. Evite falsos expertos. Loco sería quien lo juzgue por hacerlo. Como en muchos otros problemas en el mundo, y sobre todo en este país, nos hace falta poner debates sobre la mesa, mencionar los nombres, discutir realidades: las enfermedades mentales sí existen, la salud mental sí importa ¡A la mierda el que le diga lo contrario!



Si no cree en este tema, usted tranquilo, pronto lo descubrirá. La próxima pandemia es de la salud mental.

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