• Mauricio Roa

La gota que rebosó el vaso


El pasado 9 de septiembre Bogotá vivió una de las noches más oscuras de su historia, en mi percepción, más compleja y cruda que aquella del 22 de noviembre del 2019 con el toque de queda. Los ánimos de la ciudad iban enardeciéndose desde la creciente crisis económica y social que ha producido la pandemia, además de la ola de violencia en el territorio nacional que se ha incrementado en estos dos años de desgobierno de Iván Duque. Todo se juntó y estábamos sujetos a una bomba de tiempo que tarde o temprano iría a estallar.


Lo que sucedió con Javier Ordoñez no es ni mucho menos un caso aislado de la brutalidad de la fuerza policial del país, pero sí el que la condenó. Desafortunadamente en Colombia siempre se tiene que tocar fondo para cuestionarse las estructuras institucionales y sus abusos de poder. Pero, lo que hemos visto en estos últimos meses es que Colombia tiene la capacidad de tocar un fondo cada vez más profundo. ¿Será que con la masacre ocurrida la noche del 9 de septiembre, por lo menos Bogotá tocó fondo? Dejémonos sorprender.

Yo venía pensando desde el inicio de la pandemia que, con unos ánimos mínimos, pero no inexistentes de un Paro Nacional que quedó en pausa o en “vacaciones” de diciembre y enero no se demoraba en aparecer un nuevo estallido social en Colombia. Sin embargo, me podrán decir conspiranóico o loco al pensar que la pandemia le cayó como anillo al dedo al gobierno nacional y en general a todos los gobiernos para suprimir la protesta de una manera legal, mediante decreto. No permitir aglomeraciones. Claro está que es para un bien común, ni mucho menos, estamos atravesando una pandemia sin precedentes, pero no podemos negar que esto fue beneficioso para la clase política dirigente. En general lo que se ha visto es un uso excesivo del Estado de Emergencia, en mi opinión, una restricción exagerada de las libertades individuales lo que permite que instituciones como la Policía hagan un abuso de su autoridad y fuerza. ¿Pero a eso como ciudadanos cómo podemos responder, si la pandemia se ha vuelto una excusa para que el pueblo esté ciego, sordo y mudo?


El asesinato de Javier Ordoñez fue la gota que rebosó el vaso. Terminó derramando el vaso de sangre que día a día Colombia riega con ansias. La masacre ocurrida en Bogotá de 13 personas y más de 200 heridos de bala es el pleno ejemplo que las cosas no iban, van y probablemente no irán bien. El 2020 golpeó al país de una manera que nadie se imaginó: crisis económica, política, social, ambiental, sanitaria, etc. Tal vez estemos entrando en el derrumbe como país y sociedad. No hay optimismo, no hay esperanza con un gobierno que diariamente sale en televisión diciendo que todo está bien pero que su pueblo muere de infinitas formas al otro lado de la pantalla, por eso no me dio tristeza ver la ciudad en llamas y en caos, era necesario, como sociedad necesitábamos ver esas imágenes para saber de frente que todo estaba mal, que todo tenía que arder y convertirse ceniza para volver a nacer. No me duele ver un CAI en llamas, no me duele ver ardiendo un Transmilenio. Los bien pensantes se llenan la boca diciendo que nosotros mismos tendremos que pagar los daños con nuestros impuestos, pero prefiero eso a que con nuestros impuestos se paguen armas que se usen en contra del pueblo, que se usen para matar, como ya sucedió. Llaman vándalos a quienes rompen vidrios y rayan paredes, pero no a quienes hicieron que se derrumbara el puente Chirajara y tampoco no a quienes hicieron de Hidroituango una catástrofe ambiental y arquitectónica. En fin, la hipotenusa.


La bomba de tiempo de la cual he hablado a lo largo de este texto no sé si ya estalló o está en conteo regresivo. Pero de lo que sí estoy seguro es que como sociedad no saldremos igual después de ella. ¿Mejor o peor? Dejémonos sorprender. Hoy más que nunca se debe salir a las calles y hacerse pronunciar, hacer notar a una sociedad que por el miedo estaba paralizada y siendo víctima de decretos con fuerza de ley y fuerza de sangre, pero que dijo no más.


Por último, quiera entablar una reflexión para la generación de nuestros padres y abuelos. Si bien ellos son los principales contradictorios de la forma en que nosotros como jóvenes actuamos frente a estas complejas situaciones, sin embargo, es incoherente que ellos juzguen y reprendan nuestra manera de pensar, si nos ponemos a ver, el país y el mundo entero está en la mismísima mierda por culpa de las decisiones de ellos, no de nosotros.


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