• Mauricio Roa

LA ESCABULLIDA DEL DICTADOR

Lo que parecía como una realidad aislada e impune, se convertiría en el derrumbe del general y senador vitalicio Augusto Pinochet Ugarte. Londres en 1998 sería el lugar donde por primera vez un ex jefe de Estado y ex dictador del Cono Sur, se enfrentaría a la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad.


Los ojos del mundo estaban puestos en Santiago de Chile. El avión Águila 707 arribaba la base del grupo 10 de la Fuerza Aérea de Chile (FACH) la mañana nublada y húmeda del 3 de marzo del año 2000. Se había puesto fin a los 503 días de detención domiciliara en Londres del ex dictador Augusto Pinochet. A las 10:27 horas el avión tocó piso chileno y la opinión pública estaba atenta a todo lo que iría a suceder cuando el general saliera del avión en su silla de ruedas. En total había alrededor de 400 invitados especiales. Estaba toda la bancada militar que lo había acompañado en sus años de régimen asimismo como personajes del gobierno de turno, periodistas, fotógrafos, empresarios, personal aéreo, pinochetistas con sus arengas y carteles de apoyo y una banda militar que al momento de abrirse la cabina comenzaron a hacer sonar sus trompetas, trombos, tubas y tambores tocando “La Marcha de los Viejos Estándares”, un himno dedicado a los veteranos que regresaban de la guerra. Todo se veía como una gran celebración por el retorno del senador. En cambio, en el continente europeo, personajes como Joan Garcés, Baltasar García y Jack Straw quienes en ese orden eran abogado querellante, juez de la Audiencia Nacional de España y Ministro del Interior de Inglaterra, consideraban que se había perdido todo el trabajo hecho a lo largo de 17 meses y que una vez más el ex dictador de los años más oscuros de Chile, se había burlado de la justicia. Todos estaban a la expectativa de lo que iría a suceder, si daría algunas palabras o si por el contrario su estado de salud estaba tan deteriorado que no daría espacio para saludar a los invitados. Sin embargo, lo que ocurrió después de que un camión de carga lo bajara en su silla de ruedas a la pista, fue una imagen que le dio la vuelta al mundo.


Cerca a las 23 horas de la noche del 16 de octubre de 1998, el inspector de la sección de extradiciones del Scotland Yard, Andrew Hewitt, acompañado de 12 hombres y de Jean Pateras, traductora de la policía especial, ingresó al centro hospitalario London Clinic ubicado en el número 20 de la calle Devonshire Place con una orden de arresto contra el general Pinochet. En el piso 8, el último del edificio, se encontraba sedado y dormido el senador vitalicio luego estar sometido a una cirugía de columna que muchos le habían aconsejado no realizarse en Londres. Afuera de su habitación estaba el coronel Juan Gana, su guardaespaldas, quien había estado esperando un grupo élite especial de la seguridad secreta británica para la ayuda de la custodia del general. Por esta razón cuando comenzó el operativo de captura, recibió pasmado al inspector Hewitt y a sus hombres, quienes habían ingresado por el ascensor sur del pasillo con sus trajes de protección negros y cascos de seguridad, luego de que le informaran que debía retirarse del edificio porque ahora Pinochet estaría bajo la protección de la policía metropolitana. Según lo que cuenta Gana a la TVN Chile, el capitán se habría negado con el argumento de que él era un oficial del ejército de Chile y únicamente recibía órdenes de sus superiores. La situación se tornó sumamente tensa cuando al momento en que el capitán ingresa su mano por dentro de su chaqueta negra, los 13 oficiales del Scotland Yard le apuntan con sus armas pensando que lo que sacaría del bolsillo interno sería un arma de fuego, sin embargo, lo que salió de allí fue su teléfono celular para realizar una llamada. Después de esto, fue obligado bruscamente a abandonar el centro hospitalario y dejar al general convaleciente bajo la custodia de la policía especial.


Los días anteriores al arresto fueron de gran agitación judicial en los tribunales españoles, especialmente en la Audiencia Nacional en Madrid. En los diarios europeos ya circulaba la noticia en primera plana de que Pinochet había sido visto en Londres, sin embargo no se sabía con certeza por qué razón el senador estaría en el Reino Unido con seguridad diplomática. La razón tenía que ver con la Royal Ordnance, productora de armas del British Aerospace, ya que como se menciona en una carta dirigida al general retirado, se le invitaba a inspeccionar proyectos de defensa armamentística frente a conflictos que pudiesen surgir en años posteriores. Amnistía Internacional aprovechando que había rumores de que Pinochet se había sometido a una cirugía, no dudó en agilizar un proceso de extradición hacia él por los cargos de tortura que ya tenía adelantado. Andrew McEntee, director de Amnistía Internacional del Reino Unido, con la noticia de la prensa en furor, se comunicó con Joan Garcés, abogado a cargo de la acusación española.


En Madrid era sábado. Un fin de semana largo. Día de la Hispanidad, día feriado. Garcés, caracterizado siempre por su poblado bigote blanco y sus circulares gafas cafés, se mostró al principio no muy receptivo con la noticia. Dudaba de que esta vez por fin pudiera ser ejecutada la captura del ex dictador ya que en 5 ocasiones anteriores, se había escapado de la justicia internacional. Sin embargo, al final aceptó y durante todo el fin de semana, en medio de la abrumadora infinitud de hojas, pruebas, testimonios y confiando en que Pinochet no fuera dado de alta de la clínica, recolectó todos documentos necesarios para emitir una orden de arresto y junto con una carta personal dirigida a los juzgados 5 y 6, el martes 13 de octubre llegó ante el edificio oscuro y moderno de la Audiencia Nacional en la calle de García Gutiérrez, para que los jueces, en este caso Baltasar Garzón y Manuel García firmaran la solicitud de interrogatorio y extradición.


Con una España compitiendo con el tiempo para emitir y hacer llegar la orden de arresto a Londres, el gobierno de Chile por su parte ya tenía indicios del adelanto de un proceso judicial en contra del general. El coronel Oscar Izurieta se comunicó con la cancillería de Chile y de inmediato el Ministro de Relaciones Exteriores José Miguel Insulza, rechazó las pretensiones españolas de someter a Pinochet a un juicio. Mientras las tensiones entre el continente europeo y americano se agudizaban, el senador vitalicio, postrado en la habitación 801 de la London Clinic, dopado por los sedantes y encadenado a una recuperación lenta, no podía estar en condiciones óptimas para ni siquiera moverse en una camilla antes del 19 de Octubre.


Al día siguiente de la detención, las calles de Santiago y los corredores del Palacio de la Moneda fueron el lugar donde surgieron los efectos de las medidas tomadas por la justicia española e inglesa. Como no es de extrañar, cada vez que florece una discusión política, las calles chilenas son el escenario principal de expresión social. Luego de 8 años del regreso de la democracia en Chile, se temía que cualquier hecho asilado llevara de nuevo a la sociedad chilena a su mayor punto de ebullición. Los medios locales como Canal 13, TVN Chile, CNN y demás, reportaron la agitación social por parte de los pinochetistas en las embajadas de España e Inglaterra. Se comenzaron a gritar arengas, a sonar cacerolazos, hubo quienes incluso quemaron las banderas de aquellos países en las calles. ¡PINOCHET, PINOCHET, LIBEREN A PINOCHET! ¡VIVA PINOCHET! Eran los gritos que se escuchaban en varias ciudades. Las figuras del gobierno opositor de Eduardo Frei, presidente de Chile en 1998, manifestaron también su inconformidad como un irrespeto a la soberanía nacional. Evelyn Matthei, diputada de la Renovación Nacional, partido simpatizante de Pinochet, le dijo a los medios locales en medio de la manifestación con un tono retador y agresivo “Le haremos la vida imposible a las industrias inglesas y españolas, como también a los miembros de estas embajadas”.


En todo Chile, hubo varios escenarios de movilización social quienes en un grito pedían que se respetara la soberanía del país y la inmunidad al senador vitalicio. Asimismo, se presentaron disturbios en donde tuvo que intervenir Las Fuerzas de Orden y Seguridad Pública de Chile. Tanquetas de los Carabineros se veían por las calles. Chorros de agua derribando a las multitudes. Gritos, lágrimas y algarabía por parte de los fanáticos de Pinochet era lo que reportaban los medios oficiales de la época. En contraste de lo que sucedía fuera de Chile, la opinión pública internacional estaba a favor de la judicialización por los cargo de tortura, genocidio y desaparición forzada del ex dictador.


El primer debate judicial en el proceso Pinochet se dio en el High Court. Allí se discutía si tenía validez o no su inmunidad como diplomático y/o como ex jefe de Estado. A las afueras de la corte se hacía latente en cada esquina la disputa entre los que eran simpatizantes con el general o quienes con arengas y pancartas le decían asesino, genocida y pedían justicia por ello. Desde hacía varios días, la London Clinic había recibido quejas del personal hospitalario por el ruido constante de las manifestaciones anti-pinochetistas, por el acoso día y noche de los periodistas y el bloqueo policial frente a uno de sus pisos. Por esta razón, dada la presión por parte del hospital para darlo de alta a la fuerza, la embajada chilena por su parte estaba negociando con el centro médico para que su salida fuera luego del veredicto de la High Court y por otro lado, los abogados de Pinochet, trabajaban arduamente con el Scotland Yard para que una vez le dieran de alta, en vez de ser llevado a un centro penitenciario, fuera trasladado a otro hospital dadas sus condiciones de salud y requerimientos médicos.


Luego del hábeas corpus interpuesto por la defensa de Pinochet, el 28 de Octubre llegaría la primera victoria para el general. Los 3 jueces le dieron visto bueno a las solicitudes de la defensa y decidieron que el senador vitalicio gozaba de inmunidad por haber sido ex jefe de Estado, sin embargo tendría que seguir con medidas de seguridad hasta que el parlamento británico resolviera la apelación de la Fiscalía en el proceso acusatorio. La tensión en los tribunales, en las calles y en el propio hospital con el pasar de los días se incrementaba. Al día siguiente del fallo, Pinochet fue trasladado al Groverland Priory Hospital, una clínica psiquiátrica a las afueras del norte de Londres. Al general lo envolvía la incertidumbre de un futuro judicial incierto y un estado de salud precario. Su estado de ánimo cada vez estaba más deteriorado, donde su único canal de comunicación era Jean Pateras, la traductora del Scotland Yard.


El día de su cumpleaños, el 25 de noviembre se calificaba como un día histórico para la justicia internacional, se haría la votación en el House of Lords sobre el fallo a favor de Pinochet de la Alta Corte. A las afueras del parlamento estaba la algarabía de la multitud pidiendo justicia y otros, pidiendo libertad. El general comía su pastel de cumpleaños y sus familiares empacaban maletas para irse. Todos confiaban en la decisión del parlamento que ratificaría el fallo del High Court, como tradición británica que era, y haría Pinochet volviera a Chile ese mismo día. Eran las 2:00 de la tarde y como lo describe Mónica Pérez en su libro “Augusto Pinochet, 503 días en Londres” los 5 jueces del parlamento se sentaron de frente en unas bancas ubicadas en el centro de la sala. La incertidumbre crecía segundo a segundo y el momento de la votación había llegado.


Yo desestimo la apelación
Mi voto es para desestimar la apelación
El senador Pinochet no es inmune
El general Pinochet no tiene inmunidad
El senador Pinochet no tiene inmunidad para ser procesado.

Un grito de felicidad y justicia recorría las calles de Londres y de Chile para quienes querían que ex dictador fuera juzgado de una vez por todas por los crímenes cometidos bajo su régimen militar. Las familias de las víctimas en un mar de alegría, celebraran por primera vez después de 8 años de impunidad a los asesinatos, torturas y desapariciones de quienes no estaban de acuerdo al golpe de Estado.


“El Priory fue un desastre” es lo que dice Peter Schaad, empresario y amigo de Pinochet en una entrevista para el TVN Chile. El abrumador panorama judicial del general hizo que la poca tranquilidad y alegría que había en el centro clínico desapareciera en un abrir y cerrar de ojos. Incluso, se llegó a pensar que Pinochet podría morir antes de que acabara el proceso. Las esperanzas de regresar a casa pronto se habían ido y las maletas fueron desempacadas como un viaje que acabase de empezar. Desde ese momento, en la justicia británica, comenzaría un juego político sobre las decisiones que se tomaran entorno al general Pinochet. Las presiones sobre el Primer Ministro Tony Blair por parte de su sucesora Margaret Thatcher se intensificaron y la opinión pública estaba fija sobre la figura del Ministro del Interior Jack Straw quien tenía la potestad de intervenir en el proceso judicial y poner peso sobre un lado de la balanza. Pese a ello, decidió que el proceso siguiera su curso y los tribunales británicos fuesen quienes tomaran la decisión correcta del caso.


A la familia Pinochet se le sumaría otro problema, el próximo destino del general. Los rumores a la opinión pública sobre un nuevo traslado crecían y las quejas de los propietarios de la mansión aparecieron por la afluencia de periodistas y cuerpo policial. Además, estaban de acuerdo en que el senador ya estaba bien de salud y no era necesario que se recluyera en un centro médico. Sin embargo, todas las decisiones eran única y exclusivamente responsabilidad del Scotland Yard. Luego de un estricto punto de vista de seguridad para controlar el movimiento de personas a los alrededores de una clínica, llegaron a la conclusión de que al general se le debía trasladar a una casa. Fue así que comenzó la búsqueda de propiedades que fueran aceptadas por el grupo especial de la policía y que estuviesen dispuestas a hospedar a Pinochet. El 1 de diciembre se llegaría a Virginia Water. Una urbanización de lujo, destinada a los ingleses millonarios amantes del golf. La casa constaba de dos pisos y un jardín amplio. Una arquitectura bastante inglesa con ventanales en sus dos pisos y una fachada de ladrillos. Quedaba lejos de Londres así que era más fácil la custodia de Pinochet y no tenía varios accesos de llegada lo que permitiría que las multitudes de protestas no llegaran frecuentemente. Al final, con el visto bueno del Scotland Yard, alquilaron la propiedad por 6 meses inicialmente por un valor alrededor de los 60 mil dólares.


Las semanas pasaron y la defensa de Pinochet debía cuadrar su próximo movimiento, es así que aprovecharon una declaración de la senadora chilena Evelyn Metthei en donde cuestionaba la parcialidad de la decisión de uno de los jueces que votó en contra de Pinochet, Lord Hoffman, quien era esposo Guillian Hoffman. Guillian trabajaba hacía 27 años en el departamento de comunicaciones de Amnistía Internacional por lo que se le catalogó al veredicto de ser imparcial por tener conexiones con una organización que siempre había tenido una posición en contra del ex dictador. Los abogados de Pinochet impugnaron la decisión ante el House of Lords y pidieron una revisión del fallo para plantear la recusación de Hoffman. La segunda victoria de Pinochet en Londres tuvo que ver con esta estrategia y fue así que el comité de apelaciones de la cámara de los lores anula el dictamen del 25 de noviembre y se ordena un segundo juicio con un nuevo tribunal de 7 jueces.


El 11 de diciembre ocurriría un hecho histórico para la justicia internacional, por primera vez un ex jefe de Estado estaría enfrentado a un juez y sometido a juicio por cargos de violación a los derechos humanos. Ese día de invierno, Pinochet comparecería por primera y única vez ante la corte de Belmarsh y ante cualquier corte del mundo. Los alrededores del tribunal estaban acordonados, la fuerza policial rodeada la manzana y los ojos del mundo estaban puestos sobre los pocos medios habilitados de cubrir la audiencia. Para sorpresa de todos, 20 minutos duró el encuentro judicial entre el magistrado Graham Parkinson y Augusto Pinochet, quien por el cubrimiento de Mónica Pérez de TVN Chile se supo con certeza que el ex dictador no reconocía la jurisdicción de ningún otro tribunal que no fuera chileno para poder juzgarlo. Pinochet salió del tribunal en su silla de ruedas empujado por su hijo Marco Antonio. Se le veía cansado, con un traje de color café claro, una camisa crema y corbata dorada. Sus guardaespaldas y la fuerza policial impidieron el paso de los periodistas quienes esperaban alguna declaración del primer ex jefe de Estado sometido a una audiencia.


Era ya 1999, el 4 de febrero con un nuevo tribunal de jueces para el dictamen de la validez de la inmunidad de Pinochet, se anunciaba un nuevo fallo. La familia del ex mandatario estaba reunida en Virginia Water atenta a las decisiones del parlamento. No querían generar altas esperanzas para luego sentir una decepción como la del primer fallo. Pinochet, pese a que podía salir y caminar a los al rededores de la mansión, se le notaba el agotamiento de su encierro. El fin del invierno se acercaba y con ello las esperanzas de libertad. Los jueces determinaron con una votación de 6-1 que Pinochet no gozaba de inmunidad para ser acusado, sin embargo, redujeron drásticamente los cargos en su contra, limitándolos únicamente a los casos de tortura posteriores al 8 de diciembre de 1988, fecha en que el Reino Unido firmó un tratado internacional de judicialización a este delito. Fue un veredicto sin sabor para la familia Pinochet. Su hijo Augusto Pinochet Hiriart describe a este momento a las cadenas de noticias chilenas como un silencio interminable en la casa de Virginia Water, mientras que a lo lejos, se escuchaban los bombos y gritos de protesta de los chilenos exiliados.


En el centro de Londres, el tribunal de Bow Street, una de las cortes más importantes de Inglaterra sería el lugar en donde el 8 de octubre Pinochet enfrentaría la solicitud de extradición española. Dos campos de batalla, una en las calles y otro en la sala de la corte. Afuera se vivía el nerviosismo de una tensión social incrementada. Gritos de lado y lado de ¡LIBERTAD PARA PINOCHET! Y de ¡ASESINO! ¡QUEREMOS JUSTICIA! Manos pintadas en sangre y carteles con el rostro del general, abundaban las afueras del tribunal. Cada vez era más necesario que entrara la policía británica para controlar a las multitudes enardecidas. El resultado de la corte hizo explotar una bomba de tiempo en contra del ex dictador. Era un hecho la aprobación de la solicitud por extradición al gobierno español. ¡A ESPAÑA! ¡A ESPAÑA! Gritaban sus opositores mientras se abrazaban de felicidad unos a otros. Automáticamente Pinochet estaba en jaque, todo el pliego de 35 cargos por extradición habían pasado la prueba de fuego. Para la justicia ya era un hecho que Pinochet sería extraditado a España por los cargos en su contra. Sin embargo, las jugadas y contra jugadas le hicieron dar un giro inesperado a todo el proceso judicial. Ocho días después, el gobierno chileno solicitó una liberación humanitaria hacia el general por las condiciones de salud en las que se encontraba y que lo impedían de estar apto para ser juzgado. El Ministro Jack Straw desconfió de la información chilena y le remitió unos exámenes con 4 médicos británicos. El resultado fue desalentador para él. Pinochet tenía Alzheimer.


El 2 de marzo del año 2000 Straw tomó la decisión de darle freno al proceso judicial y de permitir la repatriada a Chile del ex dictador. La imagen de Pinochet ahora era de alguien convaleciente, mucho más que antes. Se decía que no podía moverse, ni caminar. Te problemas de sobrepeso, de la columna, de sobre cómo concebía el tiempo. Un sinfín de dolores abundaba al general.


Como lo relata Mónica Pérez, a las 2 horas de la decisión final de Straw, Pinochet dejó atrás como un mal recuerdo su cárcel en Virginia Water. Se dirigía hacia el aeropuerto junto con toda su familia y se divisaba en el fondo el avión Águila de la FACH. Las últimas imágenes del senador en el país británico fueron de un general sin aliento, siendo subido en su silla de ruedas al avión y con un chal en sus hombres para protegerlo del frío. El avión 707 había estado adecuado médicamente por si se generaba alguna complicación de salud en el trayecto. El despegue por fin se dio y el próximo rayo de sol Pinochet lo recibiría en Santiago de Chile.

El gobierno de Eduardo Frei tenía una celebración dirigida al general en el aeropuerto de Santiago. Algo importante pero discreto. Quería tener invitados especiales y que ex jefe de Estado se sintiera feliz de volver a su patria. A las 10:27 horas el avión tocó piso chileno y la opinión pública estaba atenta a todo lo que iría a suceder luego del final de 503 días bajo arresto. Al fondo sonada “La Marcha de los Viejos Estándares” tocada por la banda militar de Chile. Generales, periodistas, fotógrafos, empresarios, personal aéreo, pinochetistas, todos estaban con la incertidumbre de lo que iría a pasar cuando el general bajara del avión. Si daría espacio para unas palabras o si estaba tan enfermo que directamente se dirigiría al helicóptero Puma que lo estaba esperando al final de la pista para llevarlo al Hospital Militar de Santiago. Los ojos del mundo estaban sobre el avión Águila. La puerta de la cabina se abrió y las cámaras grabaron la primera imagen del general. Una mano sostenía su bastón y la otra la tenía sobre su rodilla izquierda. Mientras lo bajaba el camión de carga, los rayos del sol le daban sobre sus cabellos blancos. Su rostro sin dolor, sonreía a toda la multitud. Una sonrisa que para unos era de orgullo patrio, para otros era una burla hacia las víctimas y a la justicia. Todos concordaban en que ese era un momento histórico. En la pista lo recibieron tres generales. Mientras dos sostenían su silla de ruedas, su sucesor Ricardo Izurieta le brindaba la mano. En ese segundo, el ex dictador sacó su última carta y sin alguna dolencia, es más, lleno de honor por su regreso, se levantó y caminó victorioso saludando a los más de 300 invitados y dejando atrás las sombras de un oscuro pasado.

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