• Andres Felipe Cuadros

HOGARES COLOMBIANOS: ¿UNA TRINCHERA DE GUERRA?


Perderíamos la cuenta si quisiéramos sentarnos a enumerar las problemáticas que como país nos agobian. Social, cultural y políticamente Colombia sigue hundido en dinámicas y costumbres que no permiten que vayamos avanzando hacia la configuración social de país que todos nos soñamos.


Es una realidad a gritos que en Colombia respecto a nuestras propias problemáticas somos selectivos; escogemos qué nos indigna y cómo lo hace, y, además, qué no es tan importante como para indignarnos. Y si como ciudadanía somos selectivos, también lo es el Estado, el gobierno de turno (de los últimos 20 turnos), los medios de comunicación, etc.


A propósito de esas realidades, casi que ignoradas, escogí una que viene siendo cotidiana en miles de hogares colombianos, que aún no hemos podido enfrentar y, más triste aún, nuestros dirigentes no han querido darle cara. Creo yo, esta problemática hace parte de una cultura de normalización “peligrosa” que nos ha mantenido en la casilla de lo “no grave”, debido al carácter de costumbre que generaciones anteriores le asignaron a la violencia, como si fuera ésta la única herramienta para reflejar autoridad, ellos se aprendieron y , además, nos enseñaron a solucionar todo a golpes.


Solo en 2019 en Colombia los casos de violencia intrafamiliar denunciados fueron 67.229- cifras de medicina legal-  y, aunque parezca escandalosa, es una cifra ínfima al lado de los miles que no fueron denunciados. La mayoría de estos casos se quedan en soluciones inservibles: una conciliación en una comisaría de familia, una compensación económica irrisoria, y en muchos casos, el policía que atiende el caso es negligente y se las da de conciliador.


Lo realmente preocupante de que las “soluciones” sean poco efectivas es que como consecuencia, según medicina legal, el 53% de los casos reinciden. El flagelo de miles de hogares, aún con denuncias hechas, pasa por la desazón de la violencia y la impotencia de que a pesar de la denuncia las instituciones en su hábitat negligente no pueden defenderlos. No puedo imaginar la impotencia de quien debe vivir así. 


Y cómo no hablar del 2020, pues la cuarentena disparó a cifras alarmantes y evidentes los casos de violencia intrafamiliar, solo en el primer trimestre de este año ya había más de 15.000 casos denunciados. Sin haber pasado aún por fechas como el día de la madre, navidad o año nuevo, fechas que suelen despertar la violencia en nosotros, y que sumado a agravantes como el trago y las sustancias psicoactivas (SPA), forman el caldero perfecto para la violencia en casa. 

Si bien estamos plagados de campañas hechas por el establecimiento, a pesar de la prevención, y de las acciones a nivel local, distrital y nacional, es evidente la incapacidad del Estado para encontrar una solución. No solo una que mitigue los casos de manera inmediata, sino que los disminuya y posea proyección al futuro: replantearse las políticas públicas para favorecer cualquier acción en contra de este monstruo.


En efecto, es importante buscar soluciones reales, efectivas. Estamos urgidos   de que la academia colombiana se piense una estrategia para conjugar con el hogar la educación para la paz y la sana convivencia. Es decir, toda una hoja de ruta encaminada a sacar el chip de la violencia durante  el proceso de formación académica, que además sirva como eje trasversal de todos los proyectos y modelos pedagógicos. Tenemos en la pedagogía la herramienta de desinstalación de esa violencia que nuestros padres y abuelos nos enseñaron a ver como normal.

Necesitamos con urgencia que la política pública en contra de la violencia en los hogares empiece a abarcar el control del consumo del alcohol y las sustancias psicoactivas (PSA). 


Según Eddy Salazar, investigador de la Universidad Javeriana,  el alcohol y las drogas se han convertido en agudizantes de la violencia en los hogares. Afirma que, de la misma manera que el alcohol y las drogas han Sido vistos como un "escape”, ayudan a propiciar trastornos mentales y emocionales que favorecen comportamientos agresivos, y más si el agresor creció también en un ambiente familiar hostil. Del 100% de los casos denunciados para el periodo 2007- 2008, el 66% fueron infringidos por hombres es estado de alicoramiento o bajo el efecto de una sustancia alucinógena.


Hablando entonces de replantearse las acciones desde la institucionalidad, lo más urgente será crear o fortalecer conductos regulares. Los caminos de esa institucionalidad tienen que ser efectivos, con capacidad de seguimiento de acción y de control. Deben darle fin a la cantidad de sufrimientos burocráticos para que se pueda denunciar y, más aún, para que la denuncia tenga efecto. Estos conductos deben garantizar la no repetición, la protección total a la víctima y la sanción y resocialización del victimario. 


La violencia intrafamiliar debe ser considerada un problema de salud pública, se debe abordar desde la economía y salubridad, pasando por la salud mental, salud emocional, las condiciones socioeconómicas y la calidad de vida. Es hora de dejar atrás lo que las generaciones anteriores normalizaron tanto tiempo: la violencia física y psicológica dentro de la familia son reales y causan un deterioro a la sociedad que sigue replicando estas conductas.


 Lo realmente cierto es que le hemos dado mucha espera, que además somos incapaces aún, tanto de prevenir como de mitigar y que con urgencia debemos desinstalar la violencia de nuestra cotidianidad, porque ¿cómo será Colombia un país en paz, si nuestros hogares siguen siendo trincheras de guerra?


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