• David Mejía Rave

Historia de dos almas



Ante el sublime resplandor de la Ciudad Eterna flaquean turistas inadvertidos. Acompasados por un seráfico ensamble vocal, corren los niños entre jardines tallados por los clásicos. Junto a las aguas diáfanas de las fuentes monumentales, y el cauce del Tíber con sus afluentes, descansa la historia de la religión católica y del arte.


En estrambóticas terrazas, la nueva aristocracia enrevesada por los vicios mundanos y carnales se regodea entre saturnalias decadentes. En ínfulas intelectuales, carnavalizan el arte a través de frustraciones infantiles y la desaparición de mamíferos en las ruinas del Coliseo. Jep Gambardella, un escritor de vocación frustrada en busca de la belleza, pero abrumado por la nada, se mueve alrededor de esta Roma que se debate entre su eternidad celestial y sus excesos irremediables.


La Grande Bellezza” de Paolo Sorrentino es una disyuntiva entre dos ciudades atrapadas en un mismo territorio. Retrata las dos caras de Roma en un conjunto de fragmentos sociales a través de la mirada de un protagonista que coexiste entre 2 realidades: una plaga de excesos y demasías de fútiles; y la cuna de la cultura de natural belleza que se ha mantenido a la vanguardia del arte desde el movimiento neorrealista.


La película se desarrolla por medio de contrastes entre los espacios, la música y la puesta en escena de los personajes. La dualidad se hace expresa desde el comienzo de la película: Una primera escena entre monumentos, ambientada por las voces de una coral tranquila, sublime. La segunda escena, en contraposición, es una fiesta con fuerte carga sensual y música estridente. Entre las dos primeras secuencias, el director logra presentar dos referentes estéticos heterogéneos, desde donde se plantea con firmeza el objetivo del largometraje.



“De pequeños, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta: ‘el coño’”.



Esta frase se acomoda a esa percepción decadente de la Roma moderna, a la nada que abruma a Jep y su existencia nihilista. Sorrentino plasma esta percepción en sus imágenes. El encuadre, en especial cuando se toman ángulos extremos, involucra distorsiones que tienden a transformar o mostrar la realidad divergente del sujeto. La cámara se ocupa de filmar al personaje de Toni Servillo en planos incómodos: al revés. No está en el centro del encuadre, no tiene especial preponderancia en el cuadro, pero aun así llama la atención entre el río de rostros que conforma la multitud. La posición antinatural de la cámara denota esa parte de su vida descontrolada por la juerga y empapada por la frivolidad de la sociedad en la que vive. Sin embargo, sigue dominando el plano, no solo hace parte de esa envergadura social mundana, destaca en la misma. En la secuencia, la Cámara se mueve desde arriba sobre su eje hasta tener a Jep de frente. Este tipo de paneos manteniendo al personaje en cuadro suelen utilizarse para enfatizar su relación con el espacio. En este caso, Jep “no quería ser un simple mundano, quería convertirse en el rey de los mundanos. No sólo quería participar en las fiestas, quería tener el poder de hacerlas fracasar”.



“[…] pero yo respondía: ‘el olor de las casas de viejos’. La pregunta era: ‘¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida?’. Estaba destinado a la sensibilidad”.



La segunda escena acaba con esta frase que expone la otra cara de Jep y de Roma. A pesar de que el contraste entre la primera y la segunda escena muestra con mucha fuerza ambas realidades, la imagen es más cautivadora y expresiva. Guarda relación con la caracterización del personaje. En esta escena el espacio es más sublime. El protagonista se encuentra visitando una exposición fotográfica en un lugar con una arquitectura de estilo más clásico. Las líneas del suelo y las que separan la cúpula de la pared dirigen la atención hacia Jep, pasando por las fotos que se encuentra contemplando, y por una serie de intervalos de luz y sombra marcados por las columnas exteriores. Los artistas, en general, han utilizado los contrastes de luz con objetivos simbólicos. Mientras la luz suele representar pureza, virtud, verdad, la oscuridad se asocia con lo desconocido, el miedo, lo reprochable. El claroscuro que presentó Caravaggio.


La Grande Bellezza” es una película magistral en términos estéticos. Sorrentino logra crear diferentes referentes para entender varias dimensiones de una temática transversal a todo el filme: la belleza. Muestra diferentes formas de lo bello, o la belleza que esconden diferentes formas. Los espacios, la música, la variedad de los personajes que se mueve entre cardinales obsesionados con la cocina, una monja con una enorme pero discreta vitalidad, y un grupo de aristócratas intelectuales. Se vale de la muerte, el amor, la nada y la religión para hablar de la belleza. Esta forma de abordar un tema que no se concentra en preceptos concretos le da más valor a su discurso. Los cortes en movimiento y los planos que parecen ser siempre dinámicos hacen que la película simplemente fluya entre diálogos potentes y encuadres que fascinan ya sea por su equilibrio, sus atrevimientos técnicos o el choque visual que generan.


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