• Jhonny Jiménez Rodríguez

El silencio y la soledad digital: una lectura de Carson McCullers


“Decir algo, intentar expresarse, es justamente eso: un intento. En el acto lingüístico, y sus múltiples componentes, se desdibuja lo que en la cabeza era una masa informe. Intento fallido por manipular en la lengua lo que se siente, se piensa. Y aún más fallido: procurar que el otro lo sienta con igual intensidad”.






Para Carson McCullers, escritora estadounidense, el amor es una forma más de la soledad. «No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento le hace sufrir», dice en La balada del café triste publicada en español por Seix Barral. Su nueva soledad no viene únicamente de la dificultad de que el amor suceda tal como se espera, sino que es imposible decirlo y transmitirlo al otro de manera acertada. En la obra, Miss Amelia se enamora de un jorobado, el Primo Lymon, pero la relación resulta en un círculo trágico en el que él la utiliza para conseguir la atención de Marvin Macy, quien regresa para vengarse de su exesposa, la protagonista.



Miss Amelia le habla al jorobado. Es a él y solo a él a quien revela su interioridad más profunda a la par que lo lleva a habitar las zonas más íntimas de la casa: «Aquella era una de sus pruebas de amor». Tales pruebas de amor, incluso más allá de las físicas que paulatina y constantemente le entrega, se constituyen a la par del gesto diario de hablarle, de dar forma a los pensamientos y compartirlos. El amor en McCullers es también un deseo de comunicación en crecimiento. Una necesidad. El deseo de conectar con el amado no solo en el espacio, también en la lengua. Hacer del otro la escucha ideal, porque «cuando se ha vivido alguna vez con otra persona, es un tormento tener que vivir solos […] es preferible caer en manos de nuestro peor enemigo», dice en La balada del café triste. Ese intento lingüístico es el que nos conecta, más allá de que el otro sea únicamente un receptor.



Luego de la traición del Primo Lymon, Miss Amelia se recluye en el silencio más profundo. No vuelve a hablar con nadie ni abre de nuevo su casa. El silencio, en este caso, es una consecuencia del amor. Es la reafirmación de su naturaleza y de cómo, sin importar cuánto se dé, el resultado solo es el vacío que se presentía en el amor. Desde luego, hay que reflexionar sobre ese “dar” para el amor y en qué medida se constituyen así las relaciones como transacciones comerciales. De cualquier manera, para Miss Amelia caer en el silencio y apartarse es renunciar a todo intento por conectar. Es renunciar a la lengua, incluso. Creo yo que la lengua, entonces, supone la soledad. Decir algo, intentar expresarse, es justamente eso: un intento. En el acto lingüístico, y sus múltiples componentes, se desdibuja lo que en la cabeza era una masa informe. Intento fallido por manipular en la lengua lo que se siente, se piensa. Y aún más fallido: procurar que el otro lo sienta con igual intensidad. Claro, hay mucho del pensamiento que se completa en la expresión misma y cabe hacerse varias preguntas sobre si realmente existe antes como una nebulosa o si es más dependiente de la lengua. Para McCullers, el pensamiento y el hablar sí parecieran regiones distintas. Y la comunicación completa y armónica, imaginación.



Yo no creo que el silencio, sin embargo, tenga una relación tan afín con la soledad. Más bien, el silencio tiene sus líneas informes y siempre incomprensibles que a veces moldean la soledad de otras maneras. Soñamos que encajan. El silencio, quiero decir, no es la forma de la soledad. Tampoco me atrevo a creer que exista solo una, pues suponer la forma definitiva de algo es problemático y desconoce sus propios vacíos. Vacíos que se llenan de múltiples maneras como lo demostrará otra de las obras de McCullers: El corazón es un cazador solitario. Allí el protagonista, John Singer, es un hombre sordo cuyo compañero de vida, también sordo, enloquece y es recluido en un centro mental. Singer se muda al no soportar habitar los mismos espacios sin el otro y su silencio es ideal para que los demás personajes lo llenen con sus pensamientos y así saciar su soledad. El silencio los conecta. Cada uno confía en que comparten un secreto único con el mudo. No obstante, él confiesa, en una carta que nunca le entrega a su amigo, que realmente no los entiende: «Así hablan todos ellos cuando vienen a mi habitación. Estas palabras que hay en su corazón no les dejan descansar, por lo que siempre están muy ocupados». Nuevamente, un deseo por decir y que alguien más escuche sin que se oponga y así encontrar un refugio apropiado para las palabras. Darles forma y que no se enfrenten al rechazo. Ninguno de los personajes que le habla a Singer espera de él una respuesta extensa, sino que con sus gestos sutiles se satisfacen para dotarlo de cualidades que lo hagan digno de ser su receptor.



Yo pienso que hay que leer más a McCullers y, tal vez, reconocer que en nuestras soledades hay algo compartido: una frustración que nos conecta. La soledad, y no hablo de estar solo, es particular ahora. Con el encierro nuestras relaciones parten de contactos espectrales a través de la experiencia digital. Hablamos con alguien a través de una pantalla que al apagarse solo nos devuelve el reflejo de nosotros mismos. Incluso, nos hemos obligado más a vernos a través de múltiples cámaras y pantallas que, al menos a mí, solo me recuerdan que llevo largo rato en el mismo espacio físico, mientras confío en la ficción de la virtualidad. Hablamos y habitamos distinto, entonces. La comunicación se enfrenta a nuevos rasgos que hacen aún más difícil expresar lo que sentimos. Aun así, no dejamos de hablar, teclear y mover las manos como John Singer para contarle a su amigo mudo que tiene mil palabras en su corazón que tampoco lo dejan descansar y solo a él podría contárselas. ¿No es solitaria esta incomunicación? ¿Nuestro reflejo, luego de tantos meses, no es una confirmación de que llevamos horas imaginando a los demás? Imaginamos y somos imaginados y así conectamos en la dificultad de estar juntos. Me parece que el silencio ahora tiene otra manera de ser. No decimos nada, pero tecleamos todo el rato y todas las voces están en nosotros. Soñamos que los demás están y nos escuchan, que habitan esa ficción de las pantallas y la internet. Nos aliviamos; al parecer no estamos tan solos. Por eso, mientras leo a McCullers, más que sentirme en compañía, he descubierto otras soledades y, entonces, la mía se siente distinta.


(Hopper, Edward. Morning Sun, 1952) Imagen tomada de: https://historia-arte.com/obras/hopper-sol-de-la-manana


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