• Jairo Alejandro Gómez Rincón

El mestizaje, la mimetización del sincretismo cultural en Latinoamérica


Latinoamericanos, latinos, afrolatinos, caribeños, afrocaribeños, son muchos los gentilicios utilizados para contener nuestra compleja historia, cultura y obsesión por la pigmentación. De qué color somos y cuál es el nombre de quienes vivimos en esta región, esa que empieza en México y termina en Tierra de Fuego, comprendiendo grandes islas como La Española y archipiélagos como las Galápagos. En realidad, ¿somos mestizos? Y en ese caso, cuál es la fórmula mágica y la cantidad apropiada de sangre e historia negra, indígena y blanca para serlo.


Latinoamérica ha sido una región perseguida por su identidad, extraviada en los confines y complejidades de lo incontenible, obligada a usar diferentes categorías que tarde o temprano probarán ser insuficientes, al no proveer la visibilidad y representación necesarias de los pueblos comprendidos en estas. Lo que es y no es latino, la amenaza de homogenizar las experiencias y realidades de los pueblos de nuestra región bajo un falso arquetipo, una ilusión de raza mestiza.


La latinidad de los latinos, un sincretismo profundo y heterogéneo, con un espíritu común y vibrante. Los latinos somos una combinación extensa de características fenotípicas: castaños, rubios, pelirrojos y pelinegros, muchas alturas y niveles de melanina; como culturales: acentos y dialectos de un mismo idioma o de muchos, diferentes credos o combinaciones entre ellos. Cualquier intento de simplificación, es un atentado.


Estos atentados son mucho más comunes y sutiles de lo que se llegaría a pensar, pero con efectos devastadores. Nada más miremos la diversidad literaria e histórica de nuestras aulas de clase o más bien, su limitado alcance en temas de representación negra. Uno de los clásicos latinoamericanos es el deseo de independencia y búsqueda de libertad, una experiencia común dentro del imaginario compartido de la región. Eso sí, suponiendo al protagonista como algún criollo, blanco y erudito que regresa de su metrópoli para redescubrir con horror, como su lugar de origen está lleno de abusos a un pueblo sometido por los colonos.


Pero qué pasa cuando el relato de independencia se sale del supuesto imaginario compartido y del mimetismo étnico-cultural del mestizaje. Si bien, nos apegamos a la idea de un pueblo que busca la libertad, este no es de criollos o mestizos sino de negros y esclavos. No es de católicos adinerados sino de animistas vudúes pobres. ¿Todavía es latinoamericano?


El Reino de Este Mundo es una novela publicada en 1949 por el cubano Alejo Carpentier y Valmont, narra la historia de la Revolución Haitiana de 1791 a 1804 desde las experiencias de sus protagonistas, esta fue el segundo movimiento revolucionario del continente, el primero de Latinoamérica y más importante, el primero liderado por negros, así es, negros emancipados liberando a negros esclavizados y fundando el primer éxito de república negra independiente en el mundo, mucho antes que cualquier Bolívar, Santander, Miranda o San Martín.


Su singularidad radica en el protagonismo de las comunidades negras y su deseo de luchar contra las instituciones de la Esclavitud y la Colonia, responsables de aislar a los negros de su tierra ancestral e introducirlos a una ajena, en donde son obligados a renunciar a sus cosmovisiones y tradiciones por medio de una conversión cultural forzada, una que va desde el idioma hasta la religión y amenaza con eliminar su pasado africano.


La historia haitiana es un ejemplo vivo de sincretismo latinoamericano, una respuesta a la opresión y herramienta para que los esclavos puedan utilizar la asimilación cultural forzada en contra de sus colonos, una forma de construcción identitaria. Ejemplos de estas nuevas expresiones culturales son el criollo haitiano, una mezcla entre el francés y las lenguas africanas y la religión, como una de las grandes aliadas de los esclavos en su lucha identitaria y como símbolo de resistencia y unión, la siguieron practicando, asimilando características del cristianismo.


Y sí, probablemente esta no sea la historia de independencia más común e incluso dudaríamos de Haití como un país latinoamericano. Pero de eso se trata, el mestizaje impide activamente reivindicar y visibilizar uno de los diferentes tipos de lucha que se apartan del supuesto imaginario compartido de América Latina, este mestizaje es desconocedor del factor diferencial étnico-racial. Se convierte en un mecanismo de homogenización y segregación cultural, que nos hace ajenos a hitos propios de nuestra historia en un intento de simplificación que atenta contra los nuestros, normalizando el racismo y la discriminación.


La suposición de una latinidad sin un componente afro es la que nos hace creer mejor sociedad por no sufrir de un racismo activo, como el de las políticas de segregación estadounidenses y sudafricanas, cuando en realidad toda la está sumida un racismo pasivo cegador, que le resta importancia a la historia y cultura negra, con serios efectos sociales como la marginalización sistemática y abandono de las comunidades negras. Una deuda histórica sin saldar.


La herencia afro ha enriquecido la cultura latinoamericana desde sus inicios, pero una comunidad latina que activamente invisibiliza referentes negros como el de la Revolución Haitiana, al no ser considéralos legítimos dentro del imaginario mestizo de la región, atenta contra las comunidades negras como los palenques de Colombia y los quilombos de Brasil, al ser desprovistas de representación y visibilidad. En otras palabras, racismo institucional, arraigado y normalizado.


Para Carpentier, lo real maravilloso de nuestra región corresponde a siglos de sincretismos culturales, producto de la convivencia y resistencia entre los pueblos que la configuraron como los indígenas, negros y blancos. En efecto familiar, lo real maravilloso es uno de los antecedentes del realismo mágico de Gabo, del que nos jactamos cuando recibimos un Nobel, pero olvidamos completamente cuando se trata de ver nuestra realidad mágica como una más bien artificial, llena de deudas por saldar.

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