• Julián D. Rubio

El fuego que aún duerme: estrategias y reflexiones para el estallido social.

Bogotá, 9 de septiembre de 2020: El aire antes gélido hoy se torna caliente, el palpitar de la confrontación estremece la ciudad a la par que voces hirvientes claman justicia. El viento lo dice, se avecina una tempestad, una de rabia y dignidad.


Hoy, la zozobra que había cubierto la movilización social desde diciembre se derrumba. El levantamiento de la cuarentena y el asesinato de Javier Ordóñez resuenan en los cimientos de la patria; un nuevo Paro Nacional es llamado a tomarse el país y, sin embargo, aun cuando la patria tiemble, poco o nada se logrará si no reflexionamos sobre el pasado y miramos el futuro con más estrategia que esperanza. El Paro Nacional del 21 de noviembre nos ha dejado más que recuerdos y antecedentes de lucha: sus errores y éxitos son la clave para una nueva movilización exitosa que logre transformaciones tangibles.



La complejidad del 21N, como todo acontecimiento importante, otorga material para escribir un libro, pero de su abundante complejidad se rescatan dos elementos claves para el futuro que se posa en nuestras manos. El primero de estos elementos es la cacerola, la cual para mis allegados más ‘combativos’ parecerá un chiste, pero ya explicaré su importancia. El segundo elemento, al contrario de las cacerolas, explica el fracaso de la movilización pasada, es decir, la ausencia de una demanda general que lograra agrupar las peticiones ciudadanas, generando el poder simbólico-discursivo para producir una ruptura.


Un jueves meses atrás, después de una larga jornada de manifestaciones, la noche cayó, y entre la oscuridad, bañada sutilmente por luces de alumbrado, emergió poco a poco un sonido desconocido. Era insistente, irregular, cosquilleaba los oídos y estaba bañado de intriga. La indignación se volvió sonido, Colombia descubrió el cacerolazo.


Aunque el cacerolazo se constituyó como una herramienta simbólica, su utilidad movilizadora no se agotó ahí. El cacerolazo, en suma, fue un evento descentralizado que irrumpió en las locaciones inmediatas de la ciudadanía. Es decir, a diferencia de las marchas que exigen el desplazamiento de los ciudadanos a puntos de concentración (generalmente ubicados a grandes distancias), el cacerolazo tocó a la puerta de la gente en la noche, donde la participación en el mismo no chocaba con compromisos laborales o de otro tipo. Este hecho permitió que los eventos del 21N penetraran en múltiples círculos sociales y vinculó a la ciudadanía que no hace parte de los grupos de interés tradicionales, como los sindicatos, estudiantado o movimiento indígena. El cacerolazo hizo que El Paro sindical se volviera un paro social.


No es un capricho, es un hecho: si se aspira impactar al país, las movilizaciones que se avecinan no pueden pretender soportarse en los grupos que tradicionalmente se han movilizado en Colombia. El nuevo paro debe buscar descentralizar la lucha y debe democratizar el acceso a la protesta. Pretender que las nuevas movilizaciones sean esencialmente de sindicatos y movimientos sociales sin vincular al resto de la ciudanía es retornar a un punto anterior al 21N.

Ahora bien, aun cuando amplios sectores participen o al menos simpaticen con la movilización social, esta por sí misma no lleva a nada concreto. Generar una ruptura implica que la agitación social logre articular sus demandas o, al menos, que las diversas demandas existentes logren identificarse con una demanda común a todas. ¿Por qué? Porque cuando la demanda es clara y generalizada es más fácil para la totalidad de la población simpatizar -o no- con la lucha y, así mismo, exigir a la contraparte su cumplimiento. Este fue el caso de Ecuador y Chile, donde las demandas generales son fácilmente identificables, pese a existir múltiples detonantes que movilizaron a la población.


Colombianos, nunca nos han faltado ni rabia ni razones, pero desde 1991 hemos carecido de un horizonte general hacia donde llevar nuestras demandas. No es que no existan luchas generales que puedan agrupar las diversas demandas ciudadanas, el problema es que su constitución simbólica-discursiva siempre es profundamente compleja. Por ejemplo, durante El Paro Nacional de 2019 se intentó alzar como demanda general la resistencia a las reformas tributarias-laborales-pensionales (y una suerte de contrarreforma), pero, además de no ser suficientemente englobada dicha demanda, los líderes sindicales-sociales cargaron con información muy compleja esta petición. De alguna manera, Ernesto Laclau tiene razón cuando en su texto “Populismo, ¿Qué nos dice el nombre?”, explica que la demanda que estaría llamada a arropar a las demás debe ser relativamente vacía, sin un particularismo fácilmente detectable, ‘flotante’ entre las demás banderas de lucha.


En todo caso, la noche es radiante, y no es precisamente la combustión de los Centros de Acción Inmediata (CAI) aquello que la hace brillar. La noche brilla porque se alzó en la ciudadanía una petición general con un grado de complejidad aceptable, sin particularismos sectoriales, una demanda ‘flotante’ y fácilmente aprehensible: la lucha contra la violencia policial y la necesidad de una reforma a las fuerzas públicas. Después de todo, el único policía que no se llega a odiar es el que nos perdona los comparendos.


Sin embargo, aún cuando este elemento clave -la construcción de una demanda general- parece estar en vías de resolverse, no hay que reservar esfuerzos en la movilización, ni en replantearnos sus objetivos, las circunstancias cambian y puede que esta demanda general no logre la articulación que parece tener ahora mismo. A corto plazo la estrategia tampoco permite tregua, es fundamental democratizar el acceso a la protesta, vincular a la ciudadanía en general y blindar de legitimidad la movilización, pues, aunque para los compañeros combativos es evidente que “la acción violenta no es toda igual, sino que es justa la del pueblo buscando libertad”, el resto de la población ve con reproche o con miedo las vías de hecho conllevando a que la movilización se vea ilegítima y ajena a la ciudadanía.


En fin, es septiembre, el viento cruje contra las ventanas y las nubes se amotinan cubriendo el cielo. No sería para nada despreciable acompañar este paisaje con nuestras arengas. A lo mejor, cuando la lucha esté ganada, el sol salga y la inmensidad del cielo nuevamente se devele. Protestemos con fuerza, protestemos con rabia o con amor, pero, sobre todo, protestemos inteligentemente. Que nuestros corazones no sean lo único que arda.


Foto: Colacho


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