• Julián D. Rubio

El bueno, el malo y el feo: Un análisis de actores en la coyuntura del 21 de octubre.

En dos semanas la protesta ciudadana volverá a florecer en las calles, algunos analistas la han proyectado como un terremoto social y político que sacudirá la terrible crisis en la que estamos, pero… yo no soy un hombre de esperanzas, después de todo, nací colombiano. El 21 de octubre vendrá y lejos de los simpáticos deseos de los manifestantes, nada ocurrirá, auguro -en el mejor de los casos - una bonita foto de mucha gente reunida, de esas fotos que ya sobran y que ninguna incidencia política tienen. Nos aguarda un fracaso muy rimbombante.



Para efectos prácticos, y para no escribir este análisis aburriéndome a mí mismo, traeré ante ustedes una analogía de los actores inmersos en la coyuntura del 21 de octubre, categorizados como si de una película del viejo oeste se tratara, he aquí El Bueno, El malo y El feo.


El bueno: Siguiendo con el estereotipo adulador a la protesta ciudadana, la acción colectiva y los movimientos sociales, ‘El bueno’ son aquellos sectores que se movilizarán este miércoles 21 de octubre, a saber, el comité del paro nacional, la minga indígena, Fecode, partidos políticos, otros sindicatos y la ciudadanía que se agregará espontáneamente a la movilización. Como sucede en absolutamente todo ámbito, lo bueno no es perfecto, y nuestros buenos muchachos son de todo menos unos buenos estrategas. Esto es flagrante, por ejemplo, en las declaraciones de Gustavo Bolívar, quien celebró que la marcha de este 21 de octubre se de en el protestódromo de los sindicatos, la típica y absurda marcha a la plaza de Bolívar. Por supuesto, esta manifestación se da en detrimento directo a las marchas descentralizadas que llevaban la protesta social al resto de la ciudad y que lejos de no tener razón como indica el senador Bolívar, estas mini marchas buscaron vincular sectores que no suelen manifestarse, reducir los costos de movilización en una pandemia que exige guardar distancia física uno del otro y evitar trasladarse en transporte público.


Sin embargo, no entender los costos actuales de la movilización, ni la importancia de su carácter descentralizado no es lo más cuestionable de nuestros buenos muchachos, si hay algo imperdonable y a su vez preocupante, es el hecho de que ‘los buenos’ siguen sin entender algo esencial que la Minga indígena siempre ha tenido claro: la protesta no se trata de hacerle saber al gobierno que somos muchos en desacuerdo o que queremos cosas; la protesta es ante todo un acto de poder donde se busca obligar a los actores políticos a tomar acciones a favor de los protestantes. Por esto no hay nada más absurdo que convocar una ‘manifestación’ sencillamente para sacar una foto y mostrar que somos muchos -como celebró Bolívar- el ‘paro’ del 21 de octubre no busca ejercer poder, no busca negociar, busca ‘mostrar’ y por ello, no será más que un simpático ruido sin trascendencia política.


Y para aquellos que consideran importantísimo mostrar que somos muchos, que queremos cosas y que estamos molestos, les recuerdo que es 2020. Duque y el partido de gobierno puede saber qué solicita la ciudadanía, si somos muchos o pocos y si estamos molestos sin necesidad de una marcha. Para eso están las redes sociales y el análisis de sus datos, cosa que Duque ya ha hecho a través de firmas como Du Brands y tarea que ejercen permanentemente las Bodegas uribistas para voltear la opinión. La única razón para mostrar que ‘somo muchos’ es para jugar como onvres a medirnos la verga con el gobierno y amenazar al mejor estilo de la Colombia Humana con que se tiene una gran masa, un pueblo de abejitas afiladas para el 2022.


El Malo: Si nuestros buenos muchachos son la movilización ciudadana, El Malo es por naturaleza aquél que se opone a ellos, es decir el gobierno (o para los más refinados, el establecimiento). Ahora bien, si el estereotipo de la movilización ciudadana es su carácter bueno, hermoso y puro, el de un gobierno uribista-conservador es en definitiva la atrocidad, el autoritarismo y el control milimétrico de Álvaro Uribe sobre las acciones de gobierno… y vaya, que los estereotipos no siempre son correctos.


Nuestro Malo sí es autoritario, eso no se pone en duda, pero eso sí, lejos de ser un gobierno coherente como si de una clase social se tratase, es un establecimiento diverso que incluso en su corazón -el uribismo- tiene una fractura evidente. Duque para sorpresa de muchos constituyó su propio gabinete y su gestión incluso es criticada por los conservadores y uribistas. Es decir, el gobierno tiene mucha más independencia de la que su estereotipo le otorga, sin embargo, esto no hace que las cosas sean mejores.


Fuera de escena AUV dado sus procesos judiciales y estando el uribismo centrado en las elecciones de 2022, Duque ha tenido tiempo y espacio para ser lo que es, un idiota. Ivancito se ha negado a revisar su gabinete de amigos pese a que estos torpedean su gestión y su imagen, metafóricamente. Duque es aquel niño de colegio que va perdiendo por goleada el partido, pero que aún así, no se atreve a cambiar sus jugadores puesto que la amistad apremia más que la victoria. Iván se equivoca cuando cree que sus enemigos están en las calles. No. Sus enemigos departen ahora mismo con él.


A esta obsesión con sus amistades tóxicas, se suma la falta de inteligencia política. Visto por analistas, Duque es el mejor amigo de la revolución armada, pues sus acciones solo tienen sentido si están orientadas a aumentar las contradicciones del sistema, porque visto desde cualquier otra lógica, no tiene ningún sentido nada de lo que hace el gobierno. Ya desde 2019 las declaraciones y acciones de Iván Duque avivaban el paro del 21N, cuando inflaba las expectativas del paro y abrazaba dogmáticamente a las fuerzas ‘públicas’ que reprimían y violentaban a la ciudadanía manteniendo vigente, semana tras semana, la indignación para movilizarse. Sin embargo, tras los acontecimientos del 9 de septiembre, Duque y su gabinete rebozaron el vaso. Tras la masacre en Bogotá salió a defender a la policía y a estigmatizar la protesta... solo un idiota o un arrogante haría tal imprudencia. Si no ha ocurrido un estallido social es porque Duque es solo un poco más idiota que los 48 millones de personas que aún no lo hemos bajado de la presidencia.


En definitiva, se equivocan los analistas que creen que Duque hablará con la Minga, o que intentará frenar el supuesto terremoto social y político que se cocina. Después de todo, Duque no entiende ni ve lo que pasa, incluso Enrique Peñaloza tiene más inteligencia política que él. Todo indica que el único mérito por el que Duque es presidente es por su fidelidad – a lo mejor, en su vida pasada fue un perro-. La cuestión es que un país no se sostiene de fidelidad a las personas y a los dogmas. En estos momentos extraño a serpientes políticas como Santos ¡qué asco!


El Feo: Llegados hasta aquí, es fácil suponer que la coyuntura no nos presenta un duelo tenso entre pistoleros del medio oeste ambientado con la música de Ennio Morricone, por el contrario, el 21 de octubre es más bien una producción dirigida por Robert B. Weide y su inmortalizada banda sonora de créditos. Y en este duelo cómico en el que ninguno sabe qué hace, El feo no se constituye como un tercer actor, sino como el pasivo observador, El feo es -y somos- el resto de la sociedad.


Aún cuando la crisis económica, sanitaria, humanitaria, social y política desquebraje el despojo de nación que habitamos, mantenemos una actitud observadora y a veces indiferente. Gran parte de la población se niega a observar la evidencia fáctica, y al igual que Iván, se mantienen fieles al dogma y los líderes personalistas que siguen. Aún aquellos que se movilizan y aquellos que ven la protesta a lo lejos no terminan de entender lo que sucede, se han olvidado por completo de los más de 2 años de movilización pacífica que no han surtido efecto, rechazando las vías de hecho, pese a que es el único camino que queda para ejercer poder ciudadano.


Somos observadores e indiferentes que despreciamos el poder popular, y vemos nuestra esperanza volcada en el voto que, seguramente, estará mal orientado en las siguientes elecciones. Creemos ilusamente que la solución está en 2022, que ‘los vamos a derrotar en las urnas’. Gracioso, por cierto, porque en el mejor de los casos desde los sectores alternativos pondremos presidente pero no congreso, y ahí da lo mismo, porque ningún cambio estructural podrá ser posible si no se consiguen mayorías parlamentarias.


El país no tiene timón, pero tampoco se está yendo a algún estallido social. Las preocupaciones ciudadanas están siendo explotadas por la alta política que poco o nada interactúan con las bases ciudadanas, todo con el fin de solventar las problemáticas en las elecciones, aumentando para sí misma los votos posibles. Nuestra falta de valor como ciudadanos nos atrapó en un ciclo tonto de representación, donde nos autoengañamos pensando que la única forma de participar y cambiar el país son las elecciones. A partir de aquí, toda la política es política electoral. A partir de aquí, la movilización social no tendrá efecto. A partir de aquí, oficialmente somos una nación de tontos. A partir de aquí, renuncio a la esperanza sinónimo de juventud. A partir de aquí, renuncio a este intento de país.


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