• Ana C Palacio

EDUCACIÓN EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS


 




Camilo tiene voz chillona por su escasa edad, pero posee una fuerza que a mi edad yo quisiera tener. Él es contundente, decidido, de opiniones claras, informadas y bien formadas. Tiene 11 años, es mi hermano y mi maestro. Con él tengo largas conversaciones, su juventud y mirada de la vida le dan la posibilidad de tener argumentos limpios, transparentes y nada ingenuos. Él logra descifrarme más de lo que yo a él, pero nunca me dice lo que yo quiero escuchar, solo aquello en lo que realmente cree.


Con el coronavirus y la educación en casa, hemos tenido las discusiones más acaloradas. Al estar 24/7 bajo el mismo techo, he podido supervisar su proceso de cerca, cual “policía carcelera” como me dice él. Pero con 14 años de diferencia entre los dos, entendí que mi misión en su vida era -educar- no en el papel de hermana alcahueta, si no de cuasi mamá -aunque no tan regañona como la nuestra- pues como le digo siempre, cuando mi hermano (23 años) y yo estábamos chiquitos, si conocíamos lo que era el régimen militar.


Su rutina de lunes a viernes se mantuvo bastante cercana a lo normal. A las 6:30 am mi mamá lo levantaba a regañadientes, se bañaba, se ponía una pijama limpia (porque para él, estar en casa es sinónimo de comodidad y aquello del uniforme o un blue jean y camiseta, no eran esto) desayunaba y empezaba el tire y afloje para mantenerlo enchufado con el colegio. La jornada finalizaba a las 3:00 pm y adiós a las clases de futbol, las salidas a hacer vueltas o las idas a donde los vecinos a jugar.


Las primeras semanas fueron un desastre. Como él mismo lo manifiesta “no teníamos claves para entrar al sistema, la gente no iba a clase, el internet se caía, no entendíamos nada”, pero como todo en la vida es de costumbre, con el paso de los días le fue cogiendo la comba al palo, tanto, que tengo que confesarlo, le terminó haciendo conejo al sistema.


En un aula, al estudiante se le obliga a estar allí, al menos de cuerpo presente ¿Con la cabeza?, ese es otro cuento. Como me decía siempre mi mamá cuando yo estaba enferma y no quería ir al colegio o a la universidad “vaya que al menos algo se le queda”. Y es que, en el aula, se crea la necesidad de adecuar el comportamiento a lo que los demás están haciendo y cumplir con lo mínimo, ojos abiertos y disposición de atender y estar. Pero en la casa, seamos honestos, la cama es una tentación muy grande; y la aspiradora, el perro ladrando, las personas hablando, son distracciones más allá de la capacidad normal de concentración en el ámbito académico que tiene un niño o en general cualquier persona media.


De la cama al escritorio, en ocasiones en el piso, en el jardín sobando al perro o en la cocina metido sin permiso buscando chucherías para comer. Cada que iba a echarle un ojito a Camilo a ver qué estaba haciendo, me lo encontraba en una peor posición, y es que sencillamente, su casa no es para lo que le estaban pidiendo que hiciera. Para un niño acostumbrado a ser más un caballito salvaje, que caballo de pesebrera, esta dinámica se convirtió más en un castigo, que en un sueño cumplido de no ir al colegio y quedarse en su casa.


Si una clase normal duraba 40 minutos, Camilo a los 20 ya tenía lista la actividad propuesta y estaba haciéndole ojitos al play station. Es que, con Google al lado, la cosa se vuelve muy distinta. La necesidad de aprenderse las cosas de memoria desaparece, porque el instrumento de consulta está a un click en ventana paralela. La inmediatez hace alarde, y ser “prácticos” como él me dice que hay que ser, se convierte en una religión muy peligrosa al largo plazo. Él lo sabe y lo reconoce “cuando tengamos que volver de forma presencial, vamos a estar jodidos”. Online todo ha sido más corto, más rápido, menos profundo y, en esencia, más fácil.


Las medidas de exigencia bajaron, es innegable. El proceso para todos ha sido difícil, los profesores han luchado como guerreros para mantener el interés intacto, hacer sus clases amenas y trabajar bajo el supuesto que esto los afecta a todos por igual. Aunque tanto estudiantes como profesores deberían estar en su 100%, las condiciones extremas a las que se han visto sometidos hacen que en la realidad otro sea el cuento por contar.


Siendo calendario B, hace una semana finalizó su año escolar, y en sus palabras “se sintió como si no hubiese finalizado aún porque no hubo una gran fiesta de despedida como siempre”. Por los próximos dos meses y medio, podremos olvidarnos de esta locura, así sea de forma temporal. En esta casa, no perdemos la esperanza que para el mes de agosto, el colegio en el que Camilo estudia en Medellín, permita que los estudiantes regresen a sus instalaciones físicas de manera segura.


Y he aquí un punto neurálgico de mi discusión con Camilo. De manera tajante, propia de un niño criado entre abogados (de 5 miembros de mi familia, 3 somos abogados) él tiene decidido no regresar a clases en agosto de manera presencial, puesto que en sus palabras “ yo soy asmático y estoy en riesgo, las estadísticas no lo son todo, y no hay quien me garantice no enfermarme teniendo que compartir con tanta gente irresponsable que no se cuida. Yo no me quiero morir, me faltan muchos viajes por hacer”. Para él, su posición es válida, porque ya está en edad de tener una opinión y que sea respetada y aceptada, y por si acaso tenemos dudas de esto, no tardará en hacer uso de su frase clásica “respeten mis derechos”.


Mis papás, mi hermano y yo, tenemos otra posición. En esta casa somos partidarios del aislamiento inteligente. Hay que volver al trabajo, al colegio, la universidad, a los restaurantes, hoteles, playas, ríos, lagos, bares, cines y teatros, con cuidados, pero entendiendo que la vida no se puede suspender de manera indefinida, cuando no hay garantías de tener pronto una cura para este virus. Los colombianos aprendimos a vivir entre el conflicto, a sobreponernos a él, debemos aprender a vivir entre el virus, siendo responsables con nuestra salud y el cuidado de los más vulnerables ante este, los adultos mayores y las personas con preexistencias.


De este rifi rafe entre tareas, exámenes y una insistencia constante para que el niño prestara la atención que sus profesores merecían, salimos exhaustos y con muchos aprendizajes, y una que otra reflexión para la vida.


Primero, escuchar a los más chiquitos es importante. Para ellos es igual de traumático que para nosotros todo esto que está sucediendo, los afecta de formas que aún no podremos medir. Su salud mental también es frágil y merecen que les prestemos especial atención y cuidado. Al final del día, nosotros podemos salir a mercar, a un banco, a la farmacia, a hacer ejercicio en la calle. Ellos han sido los más valientes, quienes, acostumbrados a los juegos, al colegio, la calle, y en general, que existan personas viviendo “en son” de ellos y su diversión, hayan quedado presos de las circunstancias y condenados a la monotonía.


Segundo, si esta situación es permanente, al menos durante lo que queda de este año, debemos dejar de darle un tratamiento de excepcionalidad y condescendencia por las circunstancias. Ya han pasado casi 4 meses, ya no hay lugar al ensayo y error. Los profesores deben cumplir con los planes académicos en su totalidad, exigirles lo que la vida como es actualmente requiere y la que del mundo del mañana les demandará a nuestros niños. Los temas que no se surtan a cabalidad este año, pasarán como cuenta de cobro al siguiente, y serán los vacíos de conocimiento que quedarán en ellos.


Tercero, el gran desafío para los que son padres o los que fungen como formadores de algún niño o niña, será balancear sus necesidades laborales, con las implicaciones que acarrea tener a un niño en la casa 24/7. Hoy la labor de los padres pasa a ser de co educadores y no solo meros acompañantes del proceso académico de sus hijos.


Cuarto, para los padres y formadores, es una exigencia social, ahora más que nunca, reforzar el sistema de valores de sus hijos. Quien se acostumbra a la trampa, crecerá en ella y replicará el mismo comportamiento en diferentes ámbitos a lo largo de su vida. Es menester que nuestros niños interioricen, que quien hace trampa se engaña a sí mismo, más que a los demás. Con esto, recuerdo con cariño la campaña que el Rector de mi universidad, EAFIT, Juan Luis Mejía, implementó con éxito desde hace un par de años “Atreverse a pensar” buscando concientizar al estudiante sobre las situaciones de corrupción académica y la necesidad de romper comportamientos típicos no deseables.

Quinto, de este tiempo acompañando a Camilo con su educación online, entendimos que, si la virtualidad se convierte en la nueva normalidad, no podremos volver a fallar. Este será un reto para asumir en familia, con el mayor compromiso posible.


Sexto, cuento la visión del problema desde la posición de privilegio de mi familia. En ocasiones las personas suelen satanizar que quien está en una situación privilegiada, reclame o haga frente a una situación. Esto nos afecta a todos, indiferentemente de su condición socioeconómica. Sin embargo, esto sí me genera una gran angustia y preocupación por lo que va a pasar con los niños, niñas y adolescentes que estudian en colegios públicos en el país o quienes estudiando en colegios privados no tienen el sistema familiar o económico para poder asumir la educación desde casa.


El regreso a la educación presencial debería ser una prioridad de nuestros dirigentes. Comprendo el temor de padres y estudiantes, de autoridades académicas y del sector de la educación al decidir, de manera casi mayoritaria tanto colegios públicos como privados, no regresar durante el 2020 a las aulas. Sin embargo, no comparto ni celebro esta determinación, puesto que el costo para muchos de no volver al colegio, es más alto que el riesgo de un potencial contagio.


Es decir, para mi hermanito, no recibir su educación presencial generará una desmejora en su proceso de aprendizaje y de relacionamiento social. Al final del día, nada realmente grave. Pero, ¿qué pasa con aquellos niños que su alimentación depende de asistir al colegio?, ¿con quienes acuden a las aulas como forma de escape a situaciones de pobreza extrema o maltrato en sus hogares? ¿ Se están tomando medidas pensando realmente en estos niños, niñas y adolescentes?


En Medellín hay más de 200,000 mil niños cuya alimentación se asegura por medio de los comedores escolares de sus instituciones educativas. Entrada la cuarentena obligatoria, la Alcaldía de Medellín ha hecho la labor de llevar kits alimenticios a estos hogares en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, ante la dramática situación de estas familias, no se puede asegurar que los menores sean quienes de manera efectiva y en la cantidades requeridas, reciban la alimentación.


El colegio, en los niños en situación de vulnerabilidad se convierte en el escape para salir de la marginalidad, en tener una motivación y anhelo para un mejor futuro. La educación online, en niños que no tienen los recursos suficientes para acceder a una red de internet que permita la navegación, computadores o tablets, genera que a estas generaciones les están marcando una brecha aún mayor en términos de desigualdad y acceso al conocimiento, porque el retraso conforme a quienes sí pueden acceder a los medios para tener una educación virtual de calidad, serán cada vez mayores.


La deserción escolar se presenta como un problema al acecho cada vez mayor, puesto que, ante la falta de facilidades, la criminalidad o simplemente el sometimiento al trabajo infantil, serán opciones aún más atractivas, conforme a la crisis económica en la que va a dejar sumido el país una cuarentena tan prolongada como la que estamos viviendo.


Veo en cada niño vulnerable, el rostro de Camilo. Por esto, hago un llamado apelando a la solidaridad de todos. Es momento de actuar, de hacer algo por aquel que no está en una buena situación, por todos aquellos que necesitan que hoy como sociedad, seamos empáticos y entendamos que, de todo esto que está pasando con el coronavirus, lo más aterrador no será el número de muertes. Será la pobreza, la ralentización de la economía y sus efectos devastadores sobre las generaciones futuras.


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