• Daniela Correa Pinto

Dictadores en la vida de otros


Las categorías parecen ajenas a la realidad. Para algunos son solo palabras. Simples artilugios al servicio de nuestra comprensión. Útiles generalizaciones aprehendidas en conceptos con definiciones concretas: adultx, musulmán, negrx, niñx, homosexual, indígena, hombre, mujer, asiáticx, etc. Pero, en realidad, las palabras y sus definiciones (por excelencia políticas) ocultan un poder aprisionador: el de la prescripción.



Son, en esencia, prisiones para la libertad. Tenemos problemas para permitir ser, sin clasificaciones, sin rumbos fijos, sin determinismos, sin etiquetas. Luego de observar a alguien, las personas tardamos entre 100 y 200 milisegundos en catalogarla (Kubota e Ito, 2016). Basta con ponerle nombre, etiqueta para crear una narrativa lineal y coherente al ser y a su respectivo proyecto de vida. Logramos imaginar, de acuerdo con la forma en que fuimos socializados, el relato del sujeto en cuestión. Aunque, probablemente, nunca estuvimos ni cerca de conocer la historia de alguien con las etiquetas con las que enmarcamos a lxs otrxs, poseemos, de entrada, un imaginario limitado e irrefutable sobre su vida.

¿Indígena? Persona proveniente de la selva o lugares profundos de las montañas. Irracionales, iletrados, desactualizados, paquidérmicos. Místicos, tradicionales, religiosos. Habitantes de lugares remotos en chozas de paja. Poco desarrollados. Por eso es que no estudian, porque son perezosos y echados. ¿Hombre? Sujeto fuerte, incuestionable, indeleble. Centro gravitacional del poder y la razón. Fuente económica de la familia. ¿Mujer? Princesa, soñadora, educada, servil, pertinente, prudente, silenciosa. Dedicada, por naturaleza, al cuidado de los otros por su destacable desempeño en este tipo de tareas. Amorosa, romántica, maternal. Con seguridad, madre, porque fueron hechas para amar y entregarse. Nadie ama, nadie educa como ellas lo hacen. ¿Asiático?, ¡chino! Sucio, barato, en fin, indeseado. ¿Musulmán? Radical, violento. Personas de países pobres, sumidos en la miseria de su gente y la pobreza mental de quienes en ellos habitan. Lejanos, poco desarrollados. ¿Negrx? Pobre, criminal, desafortunado. En fin.

Podríamos seguir exponiendo acá relatos sociales sobre lxs otrxs. Extendernos sobre el imaginario y la historia escrita por estos para cada uno. Y, aunque resulta comprensible este intento de clasificar para sobrevivir, el entendimiento limitado sobre lo que el mundo y las personas son, ha terminado por derivar en limitaciones que sancionan a quienes desbordan la significación de estas y muchas otras categorías. De lo contrario, vendrá una oleada de juicios que prohibirán otras formas de ser. Que deslegitiman, desconocen cualquier vida que escape a la linealidad que hemos construido para los cuerpos y sus respectivas etiquetas. Quienes violan las normas del entendimiento, son cuerpos monstruosos.

Dice Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana, que es ahí donde radica el peligro de la historia única. En una suerte de esencialismo a la que no podamos escapar. Una forma de desposeer las experiencias nunca visibilizadas. Por eso, precisamos difundir relatos que diversifiquen y amplíen la forma en la que concebimos a lxs otrxs. Darle fuerza a nuestra imaginación a través de historias alternas a los marcos de entendimiento hegemónicos. Martha Nussbaum lo llamaría “imaginación narrativa”. No es nada distinto a la capacidad de lograr construir, a través de la imaginación, la experiencia, el sentir del ajeno.

La arista más problemática de las categorías radica en sus efectos materiales, tangibles sobre la vida de lxs otrxs. Las historias dominantes no solo constituyen un riesgo para la imaginación. Son limitaciones concretas para las decisiones, oportunidades, posibilidades de quienes estamos fuertemente inscritos en alguna de estas etiquetas. Sobre todo, de aquellos que clasificamos como cuerpos no hegemónicos. Por eso, razón tenían las feministas radicales en decir que lo personal es político. Porque hoy, nuestros cuerpos (y todos aquellos no normativos) siguen en deliberación pública. Porque hoy, el conservadurismo político insiste en perpetuar modelos irrefutables, historias únicas para nuestras vidas. ¿Aborto? ¿Eutanasia? ¿Matrimonio y adopción homosexual? ¿Transex-generismo? Esas son formas monstruosas, expresiones no lineales de lo que la vida debe ser. Sus etiquetas, y la de todos aquellos que hoy siguen creer tener jurisdicción sobre nuestros cuerpos, persisten en aprisionar la vida en formas hegemónicas de la misma.

Deconstruir lo que alguna vez nos vendieron como naturaleza es un proceso complejo y arduo. Implica invertir más energía en las preguntas que en las respuestas predeterminadas y ampliamente socializadas. El reto, más allá de la deconstrucción de categorías dogmáticas, invariables e inmutables, es la configuración libre del proyecto de vida y de la identidad. Emanciparnos de cualquier carga pre-social de poder que limite la posibilidad única, propia e intransferible de interpretar el cuerpo y su destino. Que nadie se atreva a escribir nuestra historia.


Entradas Recientes

Ver todo