• Liz Salas

Descansar para resistir


Decía María Inés La Greca que “las buenas alumnas pueden ser positivamente descriptas como subjetividades sedientas: hay algo que se busca, que demanda empeño y a lo cual se le entrega un tiempo invadido por el deseo de encontrar-hacer-tener-poder eso”. Sin embargo, esa misma subjetividad, tan sólidamente constituida por años, está atada a una validación ajena a uno mismo. Es un biocondicional. Así, las buenas alumnas son aplaudidas y halagadas pero a costa de renunciar poco a poco al seguimiento de sus propios deseos. Y me atrevería a añadir algo más: ese algo que tanto se anhela, y es objeto de tanto esfuerzo, es ilimitado y casi que perpetuo. No está muy bien definido, pero aun así se demanda con ansías.


Y en las palabras de la filósofa argentina se halla una parte de mi vida. Siempre me he sentido como una buena alumna; desde muy temprana edad me obsesionaban las buenas notas, mientras las felicitaciones de mis padres eran para mí un fin en sí mismo. Sabía desde los doce años que me apasionaban las ciencias sociales y buscaba siempre la forma de potencializar autónomamente esa pasión. También me decía, en mi inocencia (o ignorancia), que algún día escribiría en The New York Times y estudiaría alguna vez en una Ivy League. En la universidad, mi subjetividad sedienta, como diría María Inés La Greca, se exacerbó y crecían en mí unas ganas de querer comerme el mundo. De planear cada aspecto y cada paso en mi vida.


Siendo así, solo aquello que me permitiría llegar hacia dónde quería tendría valor. Solo aquello que me hiciera sentir útil. Empezando a subestimar, entonces, el trabajo invisible y toda forma de goce que hiciera mi vida más liviana, llevadera y creativa. La productividad se fue constituyendo, por consiguiente, como una medida de valor propio. Asimismo, no importaba qué tanto podía ir tachando de esa lista casi infinita de cosas por hacer, pues aun así, algo se sentía inadecuado.


El deseo de encontrar-hacer-tener-poder eso es perpetuo. Y en sociedades donde se festeja tan inmoderadamente el no dormir, el madrugar (casi que inhumanamente) y el trabajar de más bajo la presumible “berraquera”, se fabrican buenas alumnas que, como yo y muchas otras personas, a veces no se permiten lanzarse al ocio, descansar o simplemente brindarle un espacio a la creatividad. Se crea un sentimiento de culpa frente a estas actividades.


Consecuentemente, se tiende a racionalizar cada minuto por su producción. Sin embargo, esta solo se mide en resultados tangibles; leer, ver cine, escuchar música, salir a caminar: sí, pero mientras me den esa sensación, muchas veces falsa, de que estoy sacando un beneficio rentable de ellas. Que dichas labores me hagan sentir que aprendo algo útil y conveniente. Por lo tanto, el consumo del arte por mero disfrute y ocio es perjudicial a los ojos de esta lógica utilitarista.


Paralelamente a esto, se instaura una cultura del trabajo continuo y siempre activo que moldea a personas autómatas cuya autovaloración es dada por cuán productivas sean. Hemos trasladado el concepto de eficiencia a nuestra vida íntima. Se sistematiza el sentido del presente: planear todo con anticipación, levantarse entre las 5:00-6:00 a.m (porque, según algunos, la clave del éxito es madrugar, por supuesto), estudiar y trabajar al tiempo en función de llenar un curriculum vitae lo suficientemente competitivo pero igualmente, darle espacio a las actividades extracurriculares para formar un perfil deseable; aprender un nuevo idioma y por qué no, a cocinar. Pero no es suficiente: hace falta la formación complementaria en conocimiento informático, porque ¿quién eres en el mundo real si no sabes usar Excel? Y no se nos olvide también cuán importante es darle un tiempo al ejercicio físico para evitar el sedentarismo.


Y así, poco a poco, pareciese que se desdibuja esa línea entre el trabajo y el descanso. Cabe preguntarnos: ¿hacia dónde direccionamos la inactividad que, a la larga, es lo que nos permite distinguirnos como seres humanos? A ti, que lees esto: está bien pasar un día entero en la cama contemplando el techo, poniendo en movimiento tus emociones. Recibir la vulnerabilidad de lo íntimo. Está bien aplazar esa obligación para buscar inspiración en un libro o una película que simplemente te brinde regocijo, si tienes el privilegio de poder hacerlo. También está bien aventarse a la duda e improvisación.


Soltar ese miedo a la incertidumbre que nos desprende de todo sentido del presente.

Debemos, más bien, abandonar poco a poco esa glorificación hacia el overachievement que se traduce, en ocasiones, en una exaltación hacia el trabajo exhaustivo, la productividad constante y la invalidez de la vulnerabilidad. Creemos, por el contrario, seres humanos que se permitan abrazar el descanso y la incertidumbre como una forma de resistencia. A través de esto estamos, sin darnos cuenta, saliendonos de un molde preconcebido que desacredita la vida creativa. Rompemos con ese proceso de automatización del diario vivir y nos convertimos en buenas alumnas con pensamientos reales.


Entradas Recientes

Ver todo