• Federico Ayazo

Cuarentena Obligatoria


Mi biografía es la de la ciudad. Soy un ladrillo, una acera sucia, un pequeño papel arrugado de una publicidad esotérica – sobre un hombre que adivina la suerte– arrastrado y elevado por el viento durante infinidad de cuadras, de norte a sur. Soy la tienda de don Javier, que fía y abre hasta tarde, la señora que vende chance en la esquina mientras teje o la anciana decrepita que está a su otro extremo vendiendo empanadas.



Soy un inquilinato de muchas habitaciones situado en la mitad de la cuadra, con un aire desolado y poblado de gentes fantasmales que migran todo el tiempo; en ocasiones albergo familias con niños que inundan de balonazos y gritos la calle en el comienzo de la noche. En otros momentos soy resguardo de parejas atribuladas que se profieren golpes o insultos o cualquier chisme que encuentren a la mano.



Soy el curioso que observa callado tras la ventana de barrotes, el señor que reparte quesos y leche agria en su carro sucio o la panadería que es garito de taxistas (sus conversaciones hostiles), la desconfianza y el miedo, el señor barbudo que camina rengo con bastón –y utiliza una chancla y un zapato elegante – rumbo a su casa, quién sabe dónde; el sonido del carro viejo, los pitos afanados, la moto congestionada o el bus ansioso, el humo enfermo que despiden.



Soy el ladrido de un perro o el sigilo del gato en las alcobas.



Soy la grabación sobre el medio litro de helado con brownie por solo tres mil pesos, el señor que arregla licuadoras y recursos be chatarra o la masa del tamal, que es más rica que la carne y está recién bajadita de la olla y de Santa Elena, sin uno explicarse bien cómo es eso posible, porque son horas de la tarde y tú lo escuchas pasando desde por la mañana.



Soy la ferretería, el sonido del taladro y los murmullos; los recicladores que escudriñan la basura en busca de algún botín antes de que pase el carro de la basura a medianoche. Soy las fachadas mugrientas y asolanadas que se desgastan día a día por el poniente; también el edificio, la casa antigua, la schefflera florecida y las abejas que la circundan, el poste de luz, la alcantarilla y el habitante de calle que duerme junto a la tapicería.



Soy el vecino con alopecia del piso de abajo que vende ambil, mambe y espiritualidad barata, y que agrede sin razón a los demás cuando está borracho; la sangre que deja desperdigada –después de cortarse con una botella de cerveza y amenazarte– por todos los pisos de la torre y la sensación inefable de que ha ocurrido una masacre que deja tras de sí. Soy la madrugada y la inoperancia de la policía que se hace la de la vista gorda ante estas infamias, los ruidos lejanos y confusos que se pierden en las cuadras largas y la noche.



Soy, en fin, lo que me rodea y especialmente aquello que no puedo nombrar, así que, cuando las avenidas guardan silencio de nuevo, los vendedores ambulantes ofrecen sus frutas y dulces a los espantos del recuerdo, cuando se respira angustia, soledad, miseria, abandono y desesperanza, mi biografía es la biografía de las carencias.

Entradas Recientes

Ver todo