• Ana C Palacio

CUARENTENA NO, AUTO CUIDADO SI.



Honestamente, ya no creo en la cuarentena. Esta ya no puede ser más, la vía para contener lo que está sucediendo. Si, yo sé lo que estamos viviendo, pero ¿a qué costo presente y futuro, valoran las decisiones que se están tomando? Ese costo, aún hoy inmedible, es lo que no estoy dispuesta a aceptar, porque en mi imaginario, es demasiado alto.


De este eterno aislamiento social, 50 días los pasé en España. Cuando nos impusieron el confinamiento obligatorio ya era muy tarde para muchos. Allá, decidieron a destiempo, y debo reconocerlo, entendimos la dimensión de la situación demasiado tarde. Recuerdo como el director de mi maestría a mediados de marzo, cuando suspendieron las clases presenciales, nos indicó a los no españoles que, si regresábamos a nuestros países de origen, debíamos retornar luego de las vacaciones de Semana Santa. Nunca volvimos, la maestría la terminamos online y el grado, aún estoy a la espera de hacerlo de forma virtual.


Las cifras de decesos por esos días en España eran aterradoras. Para abril, la situación solo se agravaba; y en Colombia ya se encontraban en aislamiento obligatorio estricto. Para esa época, creía fervientemente que el aislamiento era lo mejor. Si en España, con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, estaban ya aplicando criterios de guerra para la selección de pacientes ¿Qué podía depararle a Colombia? Nada alentador.



De España a Colombia viajé el primero de mayo en un vuelo humanitario, pese a que al día siguiente entrabamos en la fase de desescalada y por fin iba a poder volver a la normalidad. Para junio, ya llevaba dos meses y medio en cuarentena como la gran mayoría de colombianos. Por un lado, en España ya se estaba reactivando la economía: restaurantes, bares, el turismo interior, frente a unas cifras de decesos descendientes; Mientras que, en Colombia, el tan esperado pico no se veía muy cercano, pero las cifras de desempleo, proyección de decrecimiento de la economía, cierre de industrias y comercios, si se encontraban al alza.



En el último mes de mi maestría, no hablamos de algo diferente a la pandemia, a la crisis económica que globalmente iba a ocasionar, y como para muchos países esta situación sería de no retorno. Entendí que, la razón del aislamiento obligatorio radicaba en la necesidad de bajar la tasa de contagios, con el fin de preparar al sistema sanitario para atender a pacientes que requerirían atención médica en las Unidades de Cuidados Intensivos. Al final, se reducía a un cálculo estadístico.



Es decir, sacrificamos la economía para prepararnos desde el sistema sanitario para que las personas, indiferentemente de su renta, pudiesen tener atención médica de manera efectiva.



En España las presiones para la reactivación económica fueron incesantes. Para un país dependiente del turismo, la continuidad en el aislamiento implicaba el fracaso de una economía resquebrajada aún por la crisis de 2010. España cerró, se preparó y con sus aciertos o desaciertos, hoy está mayoritariamente reactivada, a la espera de la aprobación de una serie de medidas para su rescate económico, por parte de la Unión Europea. Aun con rebrotes y la posibilidad de cierres parciales, es poco probable que España, vuelva a cerrarse totalmente. Básicamente, económicamente, no puede permitírselo.



Para Colombia, la historia ha sido diferente. Con nuestro frágil sistema sanitario, el temor al colapso de este generó que se confinara a sus habitantes de manera temprana. El problema es que hoy, con la economía en crisis, las cifras apenas de contagios y decesos están llegando a un punto en que la población debería estar en aislamiento total; pero ya no factible. El sistema sanitario, sigue sin estar listo para enfrentarse a lo que estamos viviendo, no hay recursos suficientes para suplir años de malos manejos, falta de infraestructura en la ruralidad, de capacidad de atención en la ciudad. El sistema es incompetente para atender las necesidades normales de la ciudadanía, ni con años de cuarentena lograría ponerse a la par de lo que requiere una situación como esta.


La economía colombiana, es prominentemente informal, en donde gran porcentaje de la población vive del rebusque y del día a día. Esto significa que llevar más de cuatro meses con altas restricciones a la circulación y movilidad por el territorio, es un lujo que las personas no pueden permitirse. En el momento en que alguien tiene que escoger entre cuidarse y subsistir, va a elegir subsistir, al costo que socialmente esto implique.

Colombia, ¿Quién te va a rescatar? No tenemos un padrino rico, no hacemos parte de ningún club que pueda salir a responder por nosotros. Tenemos al Fondo Monetario Internacional, y las implicaciones que genera tener que acudir a este. La economía no se espera que crezca, tampoco que se recupere en los próximos dos años, las finanzas públicas están en crisis, el valor del petróleo está por el piso, ad-portas de una catástrofe sanitaria, y con la economía parcialmente parada. Me atrevo a decir, que lo que vamos a vivir en Colombia, va a ser la crisis social más grande en los últimos años.



Cuando en la casa toca hacer recortes, lo primero que se van son los lujos. Cuando en el Estado hay que hacer recortes, lo primero que se va es la inversión en desarrollo. Se dedica lo poco que hay a generar mecanismos de transferencia de recursos a la ciudadanía más vulnerable, se acude a la deuda interna y externa, y se empeña el alma al diablo, si es necesario, con tal de contener la situación.



Permitir que en Colombia la brecha social sea aún más grande, debe ser inadmisible. Pero retrasar lo inevitable, también lo es. Medidas como la cuarentena, en este punto, buscan salvaguardar a la ciudadanía y evitar un colapso total del sistema sanitario. Parar más la economía, generará que las medidas que se tengan que tomar en esta nueva legislatura y desde presidencia, se enfoquen a reformas que harán retroceder en derechos a trabajadores y pensionados y en subvenciones que acrecentaran la deuda pública y el déficit fiscal.



El costo del déficit fiscal y una deuda pública, de la magnitud que se requerirá para mitigar los efectos en la economía, generará que la inversión pública se recorte; se castigue a la ciudadanía con altas cargas impositivas, lo que provocará la huida de la inversión extranjera, la fuga de capitales, la pérdida de poder adquisitivo de las rentas medias y un empobrecimiento extremo de las rentas bajas.



Cuando la tasa de desempleo en mayo alcanzó el 21.4% y el decrecimiento económico en el año se sitúa en un 8.3%, comenzaron a sonar campanas de reformas, para nada populares y unas más necesarias que otras. De flexibilización laboral a reforma pensional, de renta mínima vital a reactivación de subsidios. Si bien no tengo claridad sobre cuáles van a prosperar y cuáles no, solo llega a mi mente el dicho “ayúdate que yo te ayudaré” y si no reactivamos la economía, no estamos haciendo nada.


Pero reactivar la economía no es bajar salarios, no es eliminar garantías y retroceder en derechos que se han adquirido por la lucha preexistente de muchos. Ayudarnos, no es llenarnos de subsidios y acostumbrar a la población a estos, generando desincentivos al trabajo. Reactivar, es darle apertura al comercio, a las fronteras, a los sectores productivos en una mayor capacidad, apostarle al turismo sostenible, a la inversión en migración a las TICS en sectores que pueden hacerlo.



Este si es el momento de los cambios legislativos, de reinventarnos como tanto lo han dicho en estos meses; pero no para ser menos, sino para ser más. Para que con lo poquito que hay, no se pongan paños de agua tibia, que solo generarán mayores problemas a futuro. En su lugar que se realicen cambios normativos estratégicos, en puntos clave para la economía colombiana y sus dinámicas.



Nos tenemos que cuidar del virus, pero cada ciudadano debe ser responsable y generar los protocolos adecuados de bio-seguridad para poder retornar, a una nueva normalidad, que todos ansiamos vivir. El temor es válido, nadie quiere enfermarse o perder a un ser querido. Cuidarse no es no salir a la calle, es hacerlo como nos indican que es altamente seguro. Del cuidado, somos responsables todos y de salir adelante como sociedad, también.



Mi invitación hoy es a hablar por aquellos bares, restaurantes, discotecas, hoteles, comercios, empresas, que se están cerrando. Por aquellos que han perdido sus empleos, emprendimientos, negocios. Alzo la voz, porque el aislamiento se debe levantar, el paternalismo no puede ser selectivo. La justificación no puede ser aislarnos para cuidarnos, cuando de forma efectiva no tienen cómo mitigar el hambre. A cuidarnos y a cuidar del otro, pero forzándonos a convivir con un virus, que como bien lo sabemos, no se planea ir en un buen tiempo.


Entradas Recientes

Ver todo