• Liz Salas

Cancelar al artista: un acto político


Si me preguntan a qué sabe mi infancia, diré Harry Potter. Siempre Harry Potter. El llegar a mi casa después del colegio, almorzar con rapidez y desplomarme en mi cama, aún con el uniforme puesto, a leer por horas las novelas entorno a las aventuras (y desventuras) de Harry, Ron y Hermione en Hogwarts, se convirtió casi en un ritual para mí. Lo cierto es que estos siete libros significaron mi primer contacto con el mundo real, aún cuando estos se desarrollan en uno inexistente; conocí de manera más profunda el significado de amistad y visualicé en Hermione mi primer modelo a seguir. Fui siendo consciente de toda la maldad y crueldad que podían habitar en el mundo con personajes como Voldemort y Dolores Umbridge, pero también reconocí la bondad y la lealtad que los contrarrestaban, con Lupin y Hagrid. Siendo así, mi yo de 11 años se sentía inmensamente agradecida con J.K. Rowling por haberle regalado una felicidad inagotable. Me sentía, incluso, en deuda con ella.


Por eso, las opiniones recientes que ha expresado la autora británica a través de Twitter en contra del activismo trans me generan, más que decepción, una especie de desconcierto. ‘Conozco y amo a las personas trans, pero borrar el concepto de sexo elimina la capacidad de muchas personas de discutir sus vidas de manera significativa.’, expresó la escritora. Como si el ser mujer se limitara a factores biológicos. Como si las mujeres trans, desde el inicio de introspección de su identidad, no tuvieran ya un camino bastante difícil hacia su reconocimiento. Como si no fueran una comunidad históricamente marginada y violentada.


Estas declaraciones me hicieron cuestionar a J.K. Rowling, no sólo como persona, sino también como escritora. Me hicieron preguntar si, aun con todo el disgusto que siento hacia ella ahora, disfrutaré de la misma forma sus novelas que suelo releer con placer. Porque si bien no existe una forma correcta de interpretar ni abordar el arte, su consumo aún así es, en esencia, un acto político que genera un lazo de complicidad con el artista.


Una vez más, entramos en las redes sociales hacia un debate que no es nuevo pero sí muy dividido: la cuestión de separar o no al artista de su obra. Por un lado, están quienes defienden la independencia de la creación, basado en una argumentación del New Criticism que buscaba dotar como ciencia a la literatura. Bajo este pensamiento el arte, por lo tanto, debe ser consumido de forma objetiva, eliminando cualquier rastro del creador y su contexto.


Esta posición persiste y en nuestros tiempos se ha reivindicado con las olas de denuncias que han logrado salir a la luz pública en los ultimos años gracias a grandes movimientos como el de #MeToo, por ejemplo. Woody Allen es, en efecto, un modelo dentro de este debate. El cineasta neoyorquino cuenta con una de las trayectorias más destacadas en el mundo cinematográfico. Se dice, incluso, que las películas de Allen son un género en sí mismo. Y es gracias a esta reputación como director que, aún con todas las acusaciones de abuso sexual y pedofilia en su contra, el cineasta cuenta con un gran respaldo que insiste, ya sea en su inocencia, o en la necesidad de apreciar su filmografía independientemente de sus actos abusivos, pues creen que hacerlo no implica respaldar su moralidad.


Entonces, ¿es consecuente digerir las películas de Allen y rechazar al mismo tiempo los actos sistemáticos de abuso sexual que sufren las mujeres diariamente? Lo cierto es que, aunque sus obras me ofrezcan una Nueva York caótica y encantadora, un humor agridulce, personajes complejos, o a la mismísima Diane Keaton, me es imposible lograr digerir con placer las películas de una persona cuyos actos cometidos en su vida personal condeno tanto. Es una reacción emocional. Y válida también.


El arte, a diferencia de la ciencia, no puede pensarse sin contexto y con niveles pretenciosos de objetividad. Consumir el arte de un artista implica monetizarlo y construirle una plataforma que le permite ser eximido de sus aberraciones. No yéndonos tan lejos, en el contexto colombiano siempre me he cuestionado esa condición de intocable que goza el personaje de Diomedes Díaz en la cultura costeña. Un hombre declarado culpable por el feminicidio de Doris Adriana Niño, cuya música no solo es vehementemente escuchada, sino que también su imagen es fuertemente exaltada en la costa caribe. ¿Cómo puede pasar por desapercibido este hecho al momento de celebrarlo y enaltecerlo como figura cultural?


Como dije anteriormente, nadie puede imponer la forma en que las personas consumen la música, el cine, la pintura, la literatura, entre otras manifestaciones artísticas, pero sí existe un compromiso moral que invade lo personal. Cuando separamos al artista de su obra, y este creador en cuestión ha atentado contra la integridad de una o varias personas, estamos priorizando nuestro entretenimiento por encima de las verdades de las víctimas. Y al mismo tiempo, se remite un mensaje político: estamos erigiendo un camino libre para el artista opresor donde queda expedito de sus actos y palabras, siempre y cuando produzca algo deseable para mi consumo.



Imagen tomada de:

Sebald & Soehne. (2009). Lenz – Eine Deutschlandreise. [Collage]. Recuperado de: https://www.pinterest.es/pin/338121884527599856/


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