• Federico Freydell

ARGUMENTUM AD VENEZUELAM

En los últimos años la palabra “Venezuela” se ha vuelto más y más común en la retórica política de todo el mundo, y en especial en aquella que proviene de la derecha política en el período alrededor de elecciones. Parece que ningún candidato presidencial, parlamentario o de cualquier índole que pertenezca a un partido político de derecha pueda dejar pasar la amenaza que, si la izquierda se monta al poder, el país que tanto aman y que quieren dirigir se va a convertir en Venezuela. Es un miedo muy real en la sociedad colombiana: cuando Invamer Gallup pregunta a sus encuestados de forma bimensual si consideran posible que Colombia en algún momento esté como Venezuela, una proporción entre 35 y 57% siempre responden positivamente (en la última encuesta, realizada el mes pasado, 50% afirmaron que eso pensaban, en comparación con 48%, que lo veían improbable). El miedo corresponde a una realidad preocupante; nuestro vecino más cercano, el otrora país más rico de Latinoamérica, empobrecido y convertido en una dictadura bananera que sobrevive al prácticamente regalarle petróleo a China e Irán.




Esta retórica la conocemos muy bien, pero no dejen que las apariencias indiquen algo que no es cierto; no es exclusiva a Latinoamérica, sino que representa un miedo común de muchas personas, y es que una democracia vibrante y desarrollada caiga en la ruina, el autoritarismo y la pobreza absoluta debido al manejo de mala calidad del erario de un montón de socialistas que no saben de economía básica. Este mismo argumento lo presentaban antes de las elecciones los conservadores británicos, que proponían un gobierno fuerte y estable en comparación con el caos que proponía el Partido Laborista, mientras que en Estados Unidos, Donald Trump parece enfocar su campaña principalmente al hecho que Joe Biden es, según él, un “radical de izquierda progresista” similar a Chávez, Castro y Petro (nada más lejano de la realidad) para buscar asustar a votantes latinos en Florida (principalmente cubanos y venezolanos) para que voten por él.

El mal manejo de la economía nacional por parte de políticos populistas y demagogos, y el declive democrático que estos políticos puede causarle a las instituciones, claramente es preocupante. Al fin y al cabo, ningún país se salva, por virtud y gracia de su existencia, de una posible destrucción de su tradición democrática. Sin embargo, es importante preguntarse: ¿es realmente toda la izquierda una amenaza para la democracia? Y, aún mejor, ¿acaso todas las amenazas a la democracia provienen de la izquierda?

Un análisis de la política internacional parecería responder de forma tajante esta pregunta. El declive democrático que han sufrido muchos países no se ha visto cuando el gobierno lo han ejercido partidos de izquierda, de índole más o menos populista. La democracia sobrevivió, sana y salva, gobiernos de la Coalición de la Izquierda Radical en Grecia, y del Partido Comunista en Chipre; parece estar vivita y coleando en Francia, incluso tras cinco “desastrosos” años del socialista Francois Hollande. En España, la democracia que llevaba décadas en un estado cómodo de bipartidismo clientelista parece estar más vibrante que nunca, bajo una de las coaliciones más progresistas de la historia del país. Y por cada año que la izquierda ha gobernado en Venezuela, ha gobernado 5 años en Suecia, 3 en Dinamarca y Finlandia, y 2 en Noruega; los países más democráticos del mundo. Pocos piensan que Sanna Marin o Jacinta Ardern, famosas líderes jóvenes de Finlandia y Nueva Zelanda, se van a robar las elecciones.

Claro, también hay gobiernos ejemplares en la derecha. Pero aquellos que usan el argumentum ad venezuelam para desprestigiar a sus opositores parecen ser los más cercanos a llevar a su país a ese futuro. Mientras que los conservadores en 2015 alegaban ser la única fuerza entre Gran Bretaña y un declive generalizado manejado por los laboristas, lideraron a su país a salir de la Unión Europea, a renegar todos los tratados y acuerdos de salida que hacían con ésta, y, posiblemente, a perder a Escocia ante el auge del nacionalismo de ese país; Trump, que habla del “radicalismo” de Biden, está saboteando instituciones electorales y abiertamente sugiriendo que se va a reelegir a perpetuidad o va a suspender elecciones, mientras en la frontera se montan campos de concentración y se esteriliza forzosamente a mujeres inmigrantes. No tenemos que ir ni siquiera tan lejos para ver un país donde se han monopolizado los entes de control por amigos personales del Presidente de turno, y donde la oposición se aplasta, a veces con desmedida violencia.

Claro está que debemos temer llegar a la dictadura y al colapso económico. Pero así como un libro de “elige tu propia aventura”, hay más de una forma para llegar al peor resultado posible. A Venezuela se llega tanto por la derecha como por la izquierda, y pareciera ser, que igual que cuando se juega Among Us, es una buena idea sospechar al primero que acusa a otro de ser el impostor, o en este caso, el Castrochavista.

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