• Federico Ayazo

APARTAMENTOS


Los vecinos no existen.


Ya no silvan


o tiran piedras a la ventana


de tu cuarto


para que salgas


a jugar.




Tu madre


se ahorra ahora el aliento


que malgastaba antes


al gritarte


con la caída de la tarde


cuando iba siendo hora de la cena


y seguías escondido


detrás de un carro


o una basura


en silencio


para no ser descubierto.




Se acabaron los sancochos


y las fiestas de garaje


hasta temprano


en la noche,


donde las descubriste a ellas


o ellos.



El estómago de la calle


gime hambriento


por los pedacitos de carne


que antaño dejabas


desperdigados


al caer de la bicicleta.



Los vecinos no existen,


aunque a ratos escuches


sus murmullos:


una empleada que grita


a los niños en el pasamanos,


un triatlón monótono


de carros y motos


sin dueño,


el golpe de una olla


en el suelo,


una pelea violenta,


la explosión de un suicida,


voces telefónicas


cómplices


o amenazantes


que ríen o increpan.


Una tórtola que ronca.



Así incluso


veas a ratos sus cuerpos,


la carne que tocas,


solo son fantasmas


o malos agüeros


que te reflejan


en los incómodos espejos


de los ascensores.



Los vecinos no existen,


así se obstinen


los noticieros


y los diarios


insulsos


en demostrar lo contrario.


Díganme si no,


¿quién ha visto uno?

Entradas Recientes

Ver todo