• Juan Felipe Cruz

¡Al carajo con la indignación selectiva!


Es usual encontrar episodios embarazosos y graciosos en la política colombiana, casi hasta el punto de volverse un escenario habitual y en el que las personas están atentas, como aves de presa, a cualquier error para burlarse de quien lo haya cometido. En una época tan globalizada e interconectada como la nuestra, resulta imposible que un error pase desapercibido y que no se viralice en cuestión de segundos. Desde el famoso “le voy a dar en la cara, marica” del expresidente Álvaro Uribe, pasando por la pesca de tuits viejos de Hassan Nassar, jefe de comunicaciones de la Presidencia, hasta el más reciente de estos “escándalos” en el que la protagonista fue la senadora de la Alianza Verde, Angélica Lozano.



Este último episodio es particularmente especial ya que tuvo lugar menos de un mes después de que al presidente Iván Duque fuera grabado mientras dialogaba con un miembro de su gabinete y se refirió a la senadora Aída Avella con la expresión “la vieja esta”. Este episodio desató una ola de críticas, burlas e insultos hacia Duque que provenían de distintos interlocutores, ya fueran personas del común o miembros del Congreso de la República. Uno de estos fue el caso de la representante a la Cámara, Ángela María Robledo, quien salió a defender a su colega a capa y espada de tan desmesuradas declaraciones.



Por otra parte, Angélica Lozano fue víctima de uno de los episodios más frecuentes en esta nueva normalidad: no apagar el micrófono durante reunión. En esta ocasión la senadora no desactivó el audio y fuimos testigos de un fuerte desahogo (algo muy humano) dirigido hacia sus compañeros de trabajo. No obstante, siendo un momento muy similar a lo que le ocurrió a Duque, las reacciones fueron diametralmente opuestas. Por ejemplo, las personas lo tomaron como algo jocoso, normal e incluso comentando que todos hemos sido Angélica Lozano en algún momento. ¿Por qué? ¿Por qué las reacciones tan distintas ante episodios claramente similares, coloquiales y, sobre todo, humanos? ¿Por qué uno de los casos atentó directamente contra la dignidad, recorrido, identidad y lucha de Aída Avella y el otro fue simplemente catalogado como un error?



Este es solo un ejemplo de la hipocresía, amarillismo y mojigatería que caracteriza a la sociedad colombiana, defectos que han significado una tara cultural seria que ha contribuido al estancamiento del país. Muchas veces el debate político se centra en este tipo de discusiones, cuando en realidad hay temas mucho más relevantes y que merecen mucha más atención. Pero el problema de la indignación selectiva no se queda solamente en la nimiedad de las discusiones, sino que nos sumerge en una espiral autodestructiva de radicalización. Un buen ejemplo de esto es la reacción general ante el movimiento Black Lives Matter en contraste a lo que se produce cuando se convocan marchas en nuestro país.



Me causó gracia ver cómo muchas personas, que se oponen abierta y vehemente a las protestas en Colombia, decidieron adherirse a la tendencia del Blackout Tuesday. Esta fue una iniciativa que buscaba generar conciencia sobre los abusos policiales a los que está sometida la población afrodescendiente en todo el mundo. Ante esto me pregunté ¿por qué si pueden sentir empatía hacia iniciativas nacidas en otras partes del mundo, pero al mismo tiempo experimentar tal aversión hacia movimientos locales que buscan reivindicar las mismas garantías sociales? ¿Por qué está bien que marchen y se manifiesten “allá” e inmediatamente se estigmatiza al marchante colombiano?



Entiendo que uno puede sentir empatía hacia causas que no necesariamente lo afecten directamente, pero es que en Colombia se ha generado toda una campaña de desprestigio a las marchas. Con frecuencia vemos cómo esta es utilizada en debates sobre educación, trabajo, seguridad, desigualdad y política como una manera de invalidar el argumento y forma de pensar de quienes apoyan la protesta como mecanismo popular de transformación. ¿Cuándo dejaremos de alabar e imitar todo lo que suceda de puertas para afuera? ¿Hasta cuándo permitiremos que la hipocresía, el amarillismo y la mojigatería sigan marcando el ritmo de la discusión en Colombia? ¿Cuándo será ese día en el que abandonemos ese molesto doble rasero que tanto nos caracteriza? ¿Un poco de congruencia es mucho pedir?



Por ejemplos como estos y más es que hoy digo ¡al carajo con la indignación selectiva!


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