• Susana Vargas

Acoso sexual en el ámbito académico: la condena de la mujer a la deshumanización


La violencia machista se refleja de muchas formas y en muchos sentidos,- la agresión sexual es sólo una de ellas. Gaslighting, slutshaming, entre muchas expresiones micromachistas que perpetúan la cosificación y sexualización de la mujer son por desgracia parte de la cotidianidad, como si estuviésemos condenadas a la deshumanización. Muchas veces, la mayoría del tiempo, es una violencia invisible. Y así como se evidencia de tantas maneras, se presenta en múltiples espacios; el universitario está muy, muy lejos de estar exento de estos comportamientos. Caemos en el error de que en la formación académica está la solución para detener las dinámicas machistas, pero lo cierto es que ni siquiera en ese escenario estamos seguras.


Estudiantes y profesores que enarbolan la bandera del “cambio”, que hablan con elocuencia sobre el problema de la misoginia institucional, y que públicamente dicen reconocer la importancia de la lucha feminista, de puertas para adentro replican comentarios y acciones que no hacen sino perpetuar un sistema que supuestamente buscan desmontar. Es la mecánica de la violencia invisible, justificado con un “no me di cuenta”, “fue algo inocente”, o “no es para tanto”, es la reafirmación del ejercicio del poder masculino en lo cotidiano. Al parecer, el esfuerzo de las mujeres por ser tomadas en serio ha sido tan desestimado como es etérea la predicación de la igualdad en boca de estos sujetos.


Es por eso que nuestra tarea como feministas es ahora tan compleja; visibilizar estas dinámicas requiere de generar incomodidad en los espacios académicos y sociales, de demostrar que el lenguaje al que estamos acostumbrados está plagado de expresiones violentas, de reconocer que hemos sido testigos y también somos culpables. Si el problema es estructural, hay que propender por nuestra propia reinvención y la de nuestras interacciones sociales. Y, sobre todo, hay que exigir que dentro de las instituciones se desarrollen mecanismos reales y efectivos de denuncia en todo caso de abuso y violencia de género, que realmente haya acompañamiento y sensibilización. Ha quedado más que claro que los mecanismos existentes no son suficientes; las estudiantes nos sentimos solas y vulnerables, y ello es muy diciente de las falencias actuales en las universidades a lo largo y ancho del país.


El acoso sexual y las actitudes misóginas no son casos aislados. El lenguaje de violencia de género es generalizado porque a la gente le parece normal. Desnormalizar esas conductas es parte del proceso, y el rechazo de todo acto de acoso es imperativo. Pero esto no es tarea exclusiva de las mujeres; la carga debe recaer también sobre cada individuo que alguna vez ha caído en la dinámica del menosprecio y abuso hacia la mujer, aun siendo consciente de sus actos, y sobre quienes han sido testigos y han protegido a los culpables. Recordemos que el silencio es complicidad.




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